Iribarren se asoma al final de su laberinto
El juez que investigó el Triple Crimen de 1997 está siendo enjuiciado por su desempeño en la causa. Su trabajo fue, al menos, muy pobre.
Un joven de aspecto burlón, Claudio Kielmasz, se presenta, afirma saber dónde está el arma de fuego utilizada en la matanza, lleva a los investigadores hasta el lugar en que se halla escondida, pasa enseguida a ser testigo clave de la causa y, luego, el gran sospechoso. Al final, se transforma en el único condenado por los hechos y hoy sigue preso en una remota cárcel del sur de la Argentina.
A eso se reduce toda la enorme pesquisa que generó el Triple Crimen de 1997. A una sucesión de situaciones desencadenadas por el propio inculpado, cuyo carácter histriónico y psicopático lo habría llevado a autoincriminarse en el más terrible caso policial que recuerde la región.
No hay más. Sólo miles y miles de fojas judiciales que son la demostración palpable de cuántos vericuetos reales y absurdos puede tener la mente humana y de sus dificultades para establecer la verdad. El responsable de todo esto fue, y es, el juez de Instrucción Pablo Iribarren, sometido en estos días a juicio político por mal desempeño en sus funciones.
El resultado del jury todavía deberá esperar algunos días. Los alegatos están pautados para el lunes 26 y luego habrá que aguardar la gran decisión. Una eventual destitución del magistrado sería la confirmación de que todo transcurrió de la peor manera durante casi 15 años. Su absolución, en tanto, demostraría que lo único que existe es lo incierto y que con ello hay que conformarse.
¿Pero cómo conformarse? Las tres víctimas, las hermanas María Emilia y Paula Micaela González junto con Verónica Villar, siguen exigiendo justicia y el reclamo no se extinguirá mientras se mantenga su memoria. Sus familiares, primero que todos, no permitirán que el olvido se ensañe contra su recuerdo doliente.
Interrogantes inquietantes
Iribarren debe una respuesta. Muchos años se dilató el proceso que lo tiene hoy en el banquillo de los acusados en evaluación de su desempeño. ¿Hizo lo que debía? ¿Investigó a fondo todas las líneas de acción sugeridas por los hechos? ¿Fue lo suficientemente lúcido para desbaratar las pistas falsas? ¿Fue prudente, se dejó presionar, fue temeroso, se descuidó acaso? ¿Dio pasos reñidos con los procedimientos? ¿Fue un buen juez?
Muchísimas cosas cuestionan su labor. Hasta la autoincriminación de Kielmasz, pocas semanas después del fatídico 11 de noviembre en que fueron hallados los cuerpos de las jóvenes, no había prácticamente nada. O sí. Había el intento, a balazos policiales, de inculpar en el crimen a Hilario Sepúlveda y Horacio Huenchumir. Pese a lo ilusoria de esta pista, Iribarren inicialmente la siguió.
Kielmasz le dio un respiro. Pero nadie creyó, con certeza plena y seria, que fuera el único implicado. Pasaron distintas comisiones policiales investigadoras. La causa se intrincó. La Policía Federal le halló, oportunamente, un sospechoso, Guillermo González Pino. En el juicio que se les siguió a ambos, dio vergüenza ajena cómo la testigo que implicaba a González Pino no se acordaba de nada salvo cuando el fiscal le recordaba, como en un recitado, lo que había dicho con lujo de detalles a los pesquisas. Imposible de creer en la veracidad de ese testimonio, que, para muchos, fue armado. Iribarren había sustentado esta línea, con protección incluida para la mujer.
Muchos más sospechosos pasaron por la causa, algunos, al igual que González Pino, también conocieron la cárcel y el escarnio. El material que sostenía las sospechas no resistió la evaluación de otros estamentos de la Justicia. La causa, más pronto que tarde, se fue plagando de incógnitas. Peritos de la Corte Suprema pusieron en duda estudios clave. Hubo errores que se diría grotescos si no fuera por lo lamentable, como confundir un corpiño con una bombacha. Iribarren era la cabeza visible de toda la investigación.
Sin consuelo
Las familias González y Villar siempre mantuvieron relaciones cordiales, de amor y dolor por las víctimas. Sin embargo, con el paso de los años, la falta de resultados las fueron distanciando en el plano de la búsqueda de justicia. Desde hace tiempo que hacen actos por separado cuando se cumple un nuevo aniversario del crimen. Iribarren no les dio la verdad que hubiera ayudado a confortarlos.
Por estos días se define el destino profesional del magistrado. Su labor, que ya ha conocido reproches en otros casos, lo condenará o, pese a todo, lo salvará. Las opiniones de los familiares y de muchos de los vecinos de Cipolletti y de la región hace tiempo que ya lo sentenciaron lapidariamente con la peor de las calificaciones.








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