El Trébol, un oasis dentro del barrio Martín Fierro

Cada vez son más los pibes que se acercan al comedor de Rosa Burgos.

En la región hay muchas personas que trabajan solidariamente desde el anonimato sin esperar un reconocimiento más que la satisfacción de poder ayudar al prójimo. En el barrio Martín Fierro y desde hace ya 7 años, Rosa Burgos (53) fundó el comedor y merendero El Trébol, un lugar que además de ofrecer el alimento de todos los días, brinda cariño y contención a medio centenar de niños. “No busco ser reconocida, sólo quiero ayudar a cambiar las cosas”, afirmó.

A 500 metros al sur de la Ruta 65 y a pasos del desagüe P2, se encuentra El Trébol. Luego de atravesar una calle angosta sin veredas y con casas a ambos lados, curvas que desorientan y perros que acompañan durante todo el recorrido, un gran cartel verde anuncia el lugar de encuentro barrial. A un lado está la casa de Rosa, donde vive con su marido y dos de sus hijas, y a la par un gran salón que comenzó como quincho y con el tiempo se transformó en comedor.

En sus inicios, allá por el 2008, el lugar funcionó como un ropero solidario en el que se recibían prendas de vestir y se les entregaban a los vecinos más necesitados. Rápidamente se transformó en un merendero al que comenzaron asistiendo tres niños y luego se convirtió en un comedor en el que ahora almuerzan más de 50 personas y otras varias que pasan a buscar su vianda.

“Me levanto a las 6 y después de unos mates me pongo a hacer el pan. Amaso y cocino 10 kilos por día. La mitad se come con el almuerzo y el resto, para la merienda”, explicó Rosa. Mientras, de fondo, se escucha la risa de los niños que jugaban disfrazados en el patio. Esa tarde (el viernes último) había fiesta: se entregaban los juguetes y las cajas navideñas a las familias del lugar. Rosa puso parte de su sueldo para comprar la mercadería.

“En el comedor trabajamos con mi hija Jenny (20). Yo salía todas las mañanas en la bicicleta a recorrer casa por casa para juntar las donaciones y también por los negocios. No tenemos ningún político que nos ayude, es todo a pulmón. Lamentablemente hace un tiempo me robaron la bicicleta afuera de un comercio cuando estaba cargando los alimentos. Ese día me volví caminando y llorando porque era mi movilidad, pero sé que en algún momento la voy a recuperar”, afirmó con nostalgia.

Bajo un techo de chapa, que levanta temperaturas insoportables en verano y mucho frío en invierno, Rosa y su hija cocinan al mediodía los 60 platos de comida en dos turnos. El primero se sirve a las 12, para los chicos que van de tarde a la escuela y el segundo comienza a las 13, para los que recién salieron de clases. Luego, alrededor de las 17:30, reciben a los nenes con una copa de leche y pan.

“Yo todo lo que tengo lo doy. No me quedo con nada. No me importa la publicidad, sólo quiero ayudar a todos los que pueda; a cambiar las cosas”.“Salía todas las mañanas en la bicicleta a recorrer casa por casa para juntar las donaciones y también por los negocios, todo a pulmón. Lamentablemente me robaron la bici”.Rosa Burgos, vecina a cargo del comedor y merendero El Trébol

Mucho más que ofrecer alimentos

“Acá hacemos mucho más que ofrecer alimentos. Nunca limitamos la ración, y el que se quedó con hambre puede comer más. Pero también enseñamos a agradecer lo que tenemos y respetarnos entre todos. Durante las comidas debe haber educación en la mesa y buenos hábitos. La higiene tiene que estar presente por sobre todas las cosas, al igual que los buenos modales”, expresó Rosa. El salón está en construcción falta revocar paredes y colocar el cielorraso. Tampoco cuentan con gas natural y tienen que vender empanadas para cubrir los gastos de la recarga del tubo: en verano cuesta $1400 por mes mientras que en invierno consumen el doble. También está en armado una pequeña biblioteca que por el momento cuenta sólo con algunos cuentos para niños.

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