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El pochoclero, un personaje histórico de la peatonal grutense

Un calco con el gauchito del Mundial 78, que a duras penas sobrevive en uno de los cristales de su carro repleto de pochoclos y copos de nieve, testimonia sus inicios como vendedor ambulante en la peatonal de Las Grutas.
"Ese año arranqué acá", sostiene con orgullo Pedro Alfaro, mientras señala la imagen descolorida de 38 años. Instalado siempre en la Primera Bajada, frente a la feria de artesanos, Alfaro resalta que desde su puesto puede establecer un certero diagnóstico del desarrollo de la temporada, tema que preocupa al universo comercial veraniego.

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"Está flojo, como hace mucho no se veía", sostiene el vendedor, quien se vanagloria de haber pasado en este tiempo distintas realidades económicas que suelen reflejarse en el ánimo de los visitantes.
El sábado por la noche, en el acto de festejo por el aniversario 56 de Las Grutas, el pochoclero más famoso recibió un reconocimiento por su trayectoria y contribución al crecimiento del balneario. La distinción la entregó la Comisión de Asuntos Históricos, la Cámara de Comercio local y el Municipio de San Antonio, e incluyó también a otros vecinos.
"Fue un honor realmente que me tengan en cuenta", destacó junto a su carro momentos después de la ceremonia, donde reveló una sentida emoción.
Entre sus valores se le destaca su labor solidaria, pues suele colaborar con cuanta campaña se organiza para ayudar a alguien. También es conocido porque todos los veranos rifaba una estadía completa. Participaban sus clientes, que debían asentar sus datos en los propios cucuruchos de cartón donde sirve los pochoclos.
Una vida con la gente
Alfaro es oriundo de la zona y recuerda que antes de vender golosinas en la calle, a los 9 años comenzó a confeccionar artesanías con caracoles y conchas de moluscos. Su puesto fue uno de los primeros que tuvo la feria. Después surgió la alternativa de los pochoclos y no la desaprovechó, siendo aún hoy su sustento de vida. Tiene tres carros y se distinguen por su impecable estado. "Los lavo todas las noches", afirma.
No le ha ido nada mal. Su hija mayor se recibió de diseñadora de modas y produce indumentaria para perros, mientras que la menor estudia Medicina en Córdoba.
Además, enaltece su trabajo porque dice que le permite conocer mucha gente. Se ha hecho amigo de turistas que vienen habitualmente, como el caso de un rosarino que se convirtió, hace ya 25 años, en su proveedor de maíz.

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