El mecánico de cuatro generaciones que se maneja en un Ford A

La historia de Américo Tabossi, conocido como 'Mico', un experto y amable mecánico que se pasea en su 'chatita' por San Antonio.

POR LUIS URIBE - Especial

Aunque es habitual verlo transitar por las calles de San Antonio, es imposible no prestarle atención cuando pasa con su típico sonido carrasposo. Es que es un Ford A modelo 1930 que funciona fenómeno y exteriormente luce impecable, casi como si recién hubiera salido de fábrica.

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“Anda bien, a su tranquito, pero bien”, sostiene Américo Tabossi, conocido como 'Mico', un experto y amable mecánico que trabaja en su impecable taller de la calle Belgrano desde hace 62 años, diez menos de los que tiene.

Lo que dice lo refrenda cuando, tras ubicarse detrás del volante que está a la derecha, pone en marcha la “chatita”, como la llama él con tono afectuoso. Una sola vez acciona el arranque y el motor queda regulando. Un gesto en su sonrisa marca el grado de satisfacción.

Pone primera y arranca. Arrancamos, mejor dicho, porque compartió con LM Neuquén una vueltita por el centro de la ciudad.

Ni bien comienza a confundirse con el resto del tránsito surge la sensación de que deslumbra al resto del mundo. Conductores y peatones clavan la mirada en el vehículo azul lustroso, y muchos saludan con brazos en alto.

Hace 33 años se la compró a un vecino de San Antonio, quien a su vez se la había adquirido a otro. Le recordaba su niñez y los viajes que hacía con su familia por la Línea Sur en un rodado parecido.

El mecánico de cuatro generaciones que se maneja en un Ford A

Tabossi recuerda que el motor andaba, pero el estado del resto era lamentable. La chapa carcomida por toda la carrocería, la pintura había desaparecido, por dentro estaba muy mal, no tenía parabrisas y las cubiertas casi no servían.

La comenzó a restaurar con sus propias manos y a introducirle algunas adaptaciones para poder utilizarlo sin riesgos. Por ejemplo, le instaló un nuevo sistema de frenos hidráulicos en reemplazo del de varillas original, y le colocó un electroventilador exterior al radiador porque calentaba. Solo le costó los neumáticos, que tienen la particularidad de ser con rayos, pero alguien de Bariloche que pasó por el taller los consiguió en Buenos Aires. También le agregó indicadores de temperatura y presión del aceite para mayor seguridad y espejos retrovisores.

El resto está original. “El motor, la caja de cambio y el diferencial”, destaca. Dice que es posible adquirir repuestos en el mercado. Hace un tiempo compró un repuesto del burro de arranque en un local de la avenida Warnes, en Buenos Aires. Otra opción es pedirlos a Estados Unidos.

Ford A Tabossi.JPG

El autito se ha convertido en un emblema para la comunidad. En él sale a realizar trámites, pagar compromisos o repuestos. También ha ido hasta Las Grutas y al Puerto Del Este.

Además, suele participar en los desfiles para el aniversario del pueblo -10 de julio- y es difícil que quien pase por su taller no se tome una foto. Incluso van exclusivamente para eso.

Una vida en el taller

La mecánica la lleva en la sangre. Es una pasión que heredó de su padre, uno de los pioneros en la reparación de vehículos y máquinas varias de la región, y que también administraba el desaparecido cine Belgrano, mientras trabajaba en Receptoría de Rentas, hoy AFIP/Aduana.

Nacido en San Antonio, se crió en el taller. Pero a los diez años le empezó a meter mano a los motores, y no paró más, salvo los años en que se trasladó a Comodoro Rivadavia para estudiar Técnico Mecánico, entre 1960 y 1965.

“El tema de los fierros lo traigo adentro. Pienso seguir hasta que Dios me de salud”, afirma durante la recorrida. En todos estos años tuvo como clientes a cuatro generaciones. “El abuelo (que ya no existe), el hijo, el nieto y el bisnieto”, sostiene alegre.

El taller fue su sostén, con el que pudo construirse la casa y mantener a su familia compuesta por su esposa Leontina y su hijo Mauricio, radicado en Cipolletti.

Tabossi y esposa.JPG

Recuerdan que cuando recién se casaron y había que arrancar el hogar, trabajaron dos noches enteras hasta terminar un auto. “Para un cambio de aros yo desarmaba el motor y ella lavaba las piezas con nafta. Después lo armaba y a las 10 estaba en marcha”, evocan juntos. Ese sacrificio produjo sus resultados y hoy Tabossi prefiere no dedicarle tanto tiempo.

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