El día que el Chala Parra se jugó la rodilla y la carrera para bancar a su equipo y al DT

Pablo Parra es ídolo de Cipolletti por lo que hizo en la cancha, regalando pinceladas mágicas como ningún otro por estas tierras. Pero también en otros clubes lo recuerdan con cariño porque jugó arriesgando su físico para no dejar en banda a sus compañeros. Aunque le costara mucho dinero.

Por Luciano Carrera - carreral@lmneuquen.com.ar

“Jurame que si vamos perdiendo por un gol, me ponés en los últimos 15 minutos. Jurámelo”. El pedido desesperado de Pablo Parra resuena en el vestuario, pero no conmueve a su entrenador. Decidido a no arriesgarlo incluso con su puesto de trabajo en serio peligro. La rodilla del volante más talentoso que dio el Alto Valle lo impide jugar desde hace un año. Pero el Chala se tiene fe para embocarla de tiro libre, para meter una asistencia o un zapatazo desde afuera del área, para inventar, como tantas veces, una vaselina inesperada que deje parado al arquero rival, salve a su equipo y asegure la continuidad del entrenador.

En noviembre de 1999, Aldosivi de Mar del Plata venía a los tumbos en el Nacional B. Había hecho un acuerdo con River pero la media docena de futuras estrellas que le habían mandado desde Núñez casi ni jugaban. Algunos, como el Chala, habían pasado por las inferiores del Millonario con buenos rendimientos, pero el salto a Primera fue un sueño que nunca llegó.

Hasta allí, el equipo en el que jugaban el ex Boca Néstor Merlo, Fabio Radaelli y Mario Marcelo había sumado tres victorias, dos empates y cuatro derrotas, pero eran las dos últimas caídas en fila, una de ellas en casa ante Cipolletti con un gol de Cisneros, las que habían puesto al equipo al borde de la zona de descenso y a su entrenador, Hugo Zerr, con la soga al cuello.

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La dirigencia del club ya le había marcado la cancha al técnico que había ascendido con Nueva Chicago. Si no volvía de Córdoba con un buen resultado en su visita a Racing por la décima fecha de la Zona Interior, su salida del club era un hecho. En la semana habían hablado con su reemplazante, que ya estaba listo para entrenar al equipo el lunes si todo salía mal.

El Chala Parra jugaba poco y nada en ese equipo a un año de una lesión que marcó su paso por el Tiburón. El 11 de octubre del 98, apenas un par de meses después de su llegada a un club que unas semanas antes, de la mano del Indio Solari, se había quedado a las puertas del cielo (y del ascenso a Primera) al perder la final ante Belgrano de Córdoba, el cipoleño se rompió los ligamentos cruzados y los meniscos en una acción intrascendente en el Mundialista contra el Almirante Brown de Arrecifes que dirigía el Tata Martino.

Pegado a la raya, por la izquierda del ataque, el ex lateral de River Fabián Basualdo lo desacomodó cuando el Chala quería rescatar una pelota que se iba afuera. Su cuerpo giró ante el golpe, pero su rodilla no. Los tapones quedaron clavados al césped sobre el que, un segundo después, Parra estaba tendido, inmóvil, sabiendo que había pasado lo peor.

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Epígrafe: El Chala se rompió en octubre del 98 y tardó un año en volver.

Un año le costó volver a jugar. Pese a sus 26 años, Parra no pudo recuperarse para el inicio de la siguiente temporada, y solo gracias a su enorme talento el entrenador lo usaba a cuentagotas, un puñado de minutos por partido para que frotara la lámpara luchando contra esa rodilla maldita que nunca terminaba de curarse.

El Chala ya había probado de todo. Pero tenía una última esperanza. En Córdoba, en su paso por Talleres, había caído en manos de un médico que hacía milagros con las rodillas de los jugadores. Y lo fue a buscar. La ocasión era perfecta. Aldosivi iba a visitar suelo cordobés y él fue sumado entre los 16 nombres que irían por un resultado que sostuviera al técnico en su puesto. Nada podía salir mal. La visita al médico para conseguir un nuevo diagnóstico y un tratamiento salvador estaba asegurada.

Parra cumplió con el trámite, visitó al médico milagroso y se llevó los trazos de un nuevo tratamiento para su rodilla. Pero también un diagnóstico inesperado: tenía una distensión de ligamentos. En la semana, un golpe lo había dejado herido, aunque no imaginaba el grado de la lesión.

Sin tiempo para llamar a otro soldado que llegara desde Mar del Plata a horas del partido, Hugo Zerr decidió sumar al cipoleño al banco, pero sabiendo que no lo iba a poner nunca. No estaba en condiciones, y la receta del médico para curarse al fin la rodilla podía quedar trunca si se rompía en la cancha de Racing esa noche. Iba a estar entre los 16 solo para salir a la cancha con los cinco suplentes.

Así se lo hizo saber al Chala, que tuvo una reacción inesperada. “Está bien. Pero si vamos perdiendo, me vas a poner en los últimos 15 minutos”, le dijo al DT. La negativa fue obvia, y total. Pero el Chala insistió, como cuando no le salía una gambeta y buscaba revancha en la jugada siguiente: “Jurame que si vamos perdiendo por un gol, me ponés en los últimos 15 minutos. Jurámelo”. El pedido no conmovió a Zerr. Pero, como todos, el técnico tenía un punto débil. Y Parra lo sabía. “Jurámelo por tu hija”, le dijo. Y Zerr titubeó. “Jurame por tu hija que me ponés los últimos 15 minutos”, probó de nuevo el Chala, sabiendo que había llegado al corazón del DT y el juramento ya estaba hecho.

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Desde el banco, Parra vio esa noche del 5 de noviembre de 1999 cómo sus compañeros luchaban en la cancha para evitar la derrota. Pero no había caso. Desde la media hora de partido el local estaba en ventaja y él esperaba los dos posibles finales: el gol del empate o que cumplieran la promesa que le habían hecho. Jugado por jugado, el técnico metió dos delanteros más y nada cambió. Le quedaba un cambio. Y cumplir con su juramento. Mandó al Chala a la cancha para el tramo final, a la desesperada, incluso con un hombre menos desde los 29 minutos de la segunda mitad.

El milagro nunca llegó. No hubo una pelota parada salvadora y el talento inmenso del Chala no podía dejar atrás su problema físico. Dentro del campo, pidiendo la pelota, buscando la cabeza de sus compañeros en cada centro, el Chala sufrió como una puñalada el segundo gol de los cordobeses. El tercero fue una estocada de muerte para sus ilusiones, y para el entrenador.

Cuando llegaron a Mar del Plata, golpeados y en zona de descenso, supieron que Hugo Zerr ya no tenía futuro en el club. Su cabeza rodó como la de tantos técnicos que no logran enderezar el rumbo. Parra había hecho lo que le dictó el corazón. Y nunca se arrepintió. Ni en los meses siguientes, cuando su rodilla maltrecha le pasó factura y siguió jugando solo de a ratos, aportando un par de goles (uno en La Visera, en el empate 2-2 de las revanchas) viniendo desde el banco. Tampoco unos años después, cuando intentó cobrar un dinero de la ART por esa grave lesión que lo sacó del Nacional B para siempre y lo puso al borde del retiro profesional con apenas 27 años.

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Un día, en medio del eterno proceso administrativo laboral, cuando Parra ya no se calzaba los cortos y hacía sus primeras armas como entrenador, lo llamaron desde Viedma porque había novedades sobre ese trámite que podía darle unos buenos pesos.

Parra viajó en micro desde Cipolletti hasta la capital rionegrina con una sonrisa en el rostro. Por fin iba a ver unos mangos. No se esperaba el cachetazo que recibió. El médico auditor de la ART repasó su caso y habló varios minutos de la lesión que había sufrido en Mar del Plata, hasta que intervino el abogado de la ART, que sacó un as de la manga. Fue entonces que la sonrisa cambió de bando. El abogado le mostró un recorte periodístico de aquella noche cordobesa. La síntesis del diario sobre ese encuentro lo decía bien clarito. Pablo Parra había jugado sin tener el alta médica de la ART, que había constatado la lesión y lo dejaba al margen de los partidos por un tiempo. Lo hizo a su riesgo, desoyendo a los médicos de la aseguradora. No le correspondía cobrar ni un solo peso por su larga lesión.

“Me tuve que pagar los pasajes y me vine sin un mango. Yo siempre quería jugar. Y eso me costó tener las lesiones que tuve. Entre las dos rodillas tengo ocho operaciones. Pero si lo tengo que volver a hacer, lo haría. Lo hice en Cipolletti y en todos lados. Yo hacía lo que me gustaba: jugar a la pelota”, recordó el Chala 20 años después. Con las piernas lastimadas y el alma futbolera intacta.

LA SÍNTESIS DEL PARTIDO

Primera B Nacional 1999/2000

10° Fecha (5 de noviembre)

RACING (C): Rubén Del Olmo; Cristian Binetti, Daniel Melgarejo, Víctor López y Raúl Vangioni; Gonzalo Gattesco, Marcelo Peñaloza (Fabián González), Maximiliano Salas y Carlos Bertola (Ariel Juárez); Norberto Urbani (Marcelo Morales) y Julio Parejo. DT: Juan Manuel Ramos.

ALDOSIVI: Néstor Merlo; Fabio Radaelli, Daniel Valdés, Mario Marcelo y César Serradell (Leandro Valinotti); Martín Ruiz, Walter Montenegro (Víctor Peralta), José Solaberrieta y Osvaldo Rizzo (74' expulsado); Juan Carlos Graf y Adrián Hormaechea (Pablo Parra). DT: Hugo Zerr.

Goles: 31' Norberto Urbani (penal), 85' Parejo, 92' Binetti.

Cancha: Racing (Córdoba). Arbitro: Gerardo Scotti.

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