A fuego lento: la cocina comunitaria donde la salud mental se construye con otros en Cipolletti
El área de Salud Mental del Hospital de Cipolletti reúne a lo pacientes en un taller en el que se mezclan recetas, historias de vida y ganas de salir adelante.
En el viejo hospital de Cipolletti, cada miércoles funciona en Punto de Encuentro, un espacio de cocina comunitaria que reúne a 25 personas usuarias del servicio de salud mental. Entre ñoquis, asambleas, adivinanzas y mesas compartidas, el taller se sostiene con el compromiso de quienes participan y de los trabajadores que lo impulsan a pulmón. Una experiencia donde cocinar también es una forma de acompañar, recuperar vínculos y ejercer derechos.
En la entrada hay un pizarrón. Arriba, escrito con letra sencilla, aparece una frase: “Hay ñoquis”. Debajo, una organización que cuenta mucho más que una receta. Limpieza inicial: Pablo, Nico y Richi. Masa de ñoquis: Damián, José y Debby. Salsa: Andrés, Marcela y Nico. Limpieza final: todavía pendiente. Más abajo, una lista de necesidades: aceite de cocina, yerba.
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Ese pizarrón es una pequeña fotografía de lo que sucede cada miércoles en Punto de Encuentro, una cocina comunitaria que comenzó a funcionar en febrero de este año en el viejo hospital de Cipolletti. Allí participan 25 personas usuarias del servicio de salud mental junto a los operadores Emerson, Pablo, Damián y Adrián.
Antes de cocinar hay una instancia fundamental: la asamblea. En ese espacio se conversa qué se va a preparar, qué hace falta, cómo se reparten las tareas y qué necesita el grupo. La cocina no aparece solamente como un lugar donde elaborar alimentos, sino como una herramienta para encontrarse, organizarse y recuperar protagonismo.
Ese miércoles fueron ñoquis. Pero antes de que la harina llegara a las manos hubo planificación, diálogo y acuerdos. Cada persona tuvo un rol. Algunos amasaron, otros prepararon la salsa, otros acompañaron desde la conversación. Después llegó la mesa compartida, ese momento donde todos comen lo que construyeron juntos.
El taller de cocina como espacio de encuentro
“Es un taller de cocina que empezamos este año, después de que pudimos habilitar al menos ocupar el espacio de la cocina”, cuenta Emerson, operador de salud mental. El proyecto se sostiene, principalmente, con el esfuerzo de quienes forman parte del servicio.
“Lo sostenemos nosotros. Los usuarios que vienen son pacientes del servicio de salud mental y lo que falta lo compramos los trabajadores del servicio”, explica.
Hasta el momento no realizaron una campaña para pedir colaboración externa. La idea fue sostenerlo entre quienes forman parte del espacio. También cuentan con acompañamiento del hospital: la cocina institucional aporta algunos alimentos como verduras o harina y la nutricionista acompaña con capacitaciones sobre manipulación segura de alimentos.
El objetivo es seguir creciendo. Organizar mejor los sectores de la cocina, diferenciar espacios de conservación, productos secos, elaboración y limpieza. A futuro aparece un sueño más grande: recuperar la posibilidad de una empresa social, una herramienta que existió años atrás y que permitiría abrir nuevas oportunidades de inclusión.
Pero lo más importante de Punto de Encuentro no está solamente en lo que se cocina. Está en las historias que aparecen alrededor de la mesa.
Las historitas del Punto de Encuentro
Mabel, mientras amasa los ñoquis, suele compartir sus adivinanzas con el resto. Las risas atraviesan la cocina y transforman una tarea cotidiana en un momento de encuentro. Sergio es señalado por sus compañeros como una de las alegrías del grupo: siempre predispuesto, siempre con ganas de participar y de compartir sus vivencias cuando cubre como prensa en eventos de la ciudad.
Andrés cuenta que llegó al espacio atravesado por un problema de adicción y que allí encontró acompañamiento en su camino de recuperación. Para él, Punto de Encuentro se convirtió en un lugar donde sentirse acompañado y volver a construir vínculos.
José, uno de los participantes más vinculados a la cocina, también encontró herramientas en otros talleres que se desarrollan en el espacio, donde aprendió ejercicios corporales y prácticas de meditación que, según cuenta, lo ayudan en su vida cotidiana.
Entre esas historias también está la de Deborah, estudiante de Psicología de la Universidad Nacional del Comahue, quien llegó en abril para realizar sus prácticas profesionales. Lo que comenzó como una experiencia académica terminó convirtiéndose en un vínculo mucho más profundo con el lugar.
Cuando finalizó su práctica decidió quedarse y continuar participando de las actividades.
Contó que una de las preguntas que más la marcó fue una conversación con su padre. Él le preguntó si las personas que sostenían ese espacio lo hacían solamente por el mérito de la profesión o por vocación. Su respuesta fue que era por vocación.
Porque eso fue lo que encontró allí: amor por lo construido, compromiso y una forma de acompañar que excede cualquier obligación laboral.
La salud mental como derecho
Río Negro cuenta con una legislación pionera en materia de salud mental. La Ley Provincial 2440, sancionada en 1991, planteó un enfoque comunitario y basado en derechos, alejándose de los modelos centrados exclusivamente en la internación. Años después, la Ley Nacional 26.657 retomó muchos de esos principios.
Sin embargo, quienes trabajan diariamente en territorio advierten que todavía existe una distancia entre los derechos reconocidos y las herramientas disponibles para garantizarlos.
Desde Punto de Encuentro señalan que muchas personas atraviesan situaciones complejas, como la falta de vivienda o las dificultades para acceder a un trabajo. La inclusión laboral continúa siendo uno de los grandes desafíos, porque muchas veces los prejuicios y el desconocimiento sobre la salud mental funcionan como barreras.
También cuestionan la romantización de la salud mental. Hablar solamente de bienestar emocional sin mirar las condiciones concretas que atraviesan muchas personas puede ocultar una realidad que necesita políticas públicas, recursos y acompañamiento.
En la cocina del viejo hospital de Cipolletti hay harina, salsa y una mesa larga. Pero, sobre todo, hay una red de personas que cada miércoles vuelve a encontrarse.
“Resistir, insistir: la salud mental como derecho fundamental”.
La frase resume el espíritu de quienes sostienen Punto de Encuentro: una experiencia que, a fuego lento, cocina otra manera posible de acompañar.
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