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LMCipolletti Historias del crimen

"Lo único que nos queda es que alguien se quiebre y hable"

Segunda parte. La mamá de Nati Ciccioli, Mirta Acosta, relató el sendero del horror que tuvo que transitar para seguir respirando.

Mirta Acosta tiene 70 años y desarrolló un temple y una fortaleza que emocionan, pero que no son para nada envidiables, porque ponerse sus zapatos y transitar su camino no se le desea ni al peor de los enemigos.

Su rostro denota el paso del tiempo y del pesar que acarrea. Tiene arrugas y ojeras pronunciadas. Su mirada irradia una tristeza profunda, como si se pudieran ver en sus ojos todo el pasado y el tormento. Su voz, forjada por el tabaco, es áspera y firme. Mirta es una mujer que no duda y ya no espera, vive con lo que le queda.

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El 16 de enero de 1994 a las 14, su hija Natalia, de 12 años, salió caminando de su casa para juntarse en el centro de San Martín de los Andes a tomar un helado con su grupo de amigos. Bajó por la Cuesta de los Andes para retomar la ruta que lleva a la ciudad y sus pasos desaparecieron para siempre.

A 29 años de la desaparición forzada de Nati, solo una hipótesis es válida. “Un hijo de puta la agarró, la violó, la mató y enterró el cuerpo para que no lo descubran. Eso es lo que yo siento como mamá, siento que Nati está por acá cerca”, afirmó Mirta.

Son muchos años de búsqueda y de un aprendizaje concebido en el peor de los horrores que puede tener una persona: la pérdida de un hijo.

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–Y a esta altura de los acontecimientos, ¿cómo sobrelleva todo esto?

Ya no tengo muchas esperanzas de saber lo que pasó. Ninguna de las hipótesis se investigó a fondo y ya no hay forma de encontrar prueba ni encontrar nada. Estoy con esa desesperanza. Trato, a esta altura, de solo pensar en los momentos lindos que vivimos con Nati. Hay cosas que yo no puedo cambiar, ni la desaparición de mi hija ni la muerte de mi esposo, pero estoy valorando lo que tengo que son mis dos hijos y mis nietos. Tengo 70 años y quiero disfrutar lo que tengo sin olvidarme de ellos.

–¿Cómo fue elaborando esa mirada en medio de tanto dolor?

Eso salió de mí en un momento en el que estaba sufriendo mucho y me dije “de ahora en más hay que recordarla con los momentos lindos que pasamos entre todos”. Lloro y nunca voy a dejar de llorar. Cuando pasan estas cosas, dar una entrevista porque se acerca un aniversario, tengo sentimientos encontrados. Por un lado, me satisface que no se olviden de Nati; pero, por el otro, es revolver todos esos recuerdos en mi interior. Pero esta es mi cruz y la voy a llevar toda mi vida. Además, lo hago porque no quiero que se olviden de Nati y porque entiendo que dar testimonio ayuda de alguna manera a que estas cosas no sigan pasando o pasen menos. No sé si todo esto permitirá que alguien se quiebre y hable, que es lo único que nos queda, pero después de tantos años es muy difícil.

En terapia

Ningún sujeto está preparado para semejante pérdida. Es por eso que hacer terapia termina siendo una necesidad, una urgencia para poder adquirir herramientas para seguir luchando sin olvidar que hay una vida.

“En un principio sí hice terapia. De hecho, creí que lo necesitaba, pero después dejé porque me daban muchas pastillas, estaba muy dopada y no me gustó estar así. Estaba tan dopada que incluso dejé de manejar porque sentía que no tenía reflejos y no me sentía segura manejando, y yo manejaba desde los 17 años. Después de que dejé, nunca más hice terapia”, confió.

Mirta y su esposo, Miguel Ciccioli, debieron soportar una absurda investigación que puso la lupa sobre la familia. Creían que Miguel tenía una deuda por apuestas en carreras de caballos y que había entregado a su hija a una red de trata.

Esto llevó a que la Policía apostara por las noches y a escondidas un efectivo que se acercaba a la ventana de la habitación del matrimonio para escuchar las charlas y ver si obtenían algo de ahí. Lo único que lograron fue que Mirta y Miguel descubrieran al policía, quedando la Policía en ridículo.

Fue a partir de esa hipótesis que Mirta y Miguel charlaban de todo como nunca antes.

“Me apoyé mucho en mi marido, entre los dos hacíamos terapia mutuamente, nos apoyábamos. Cada vez que alguno recaía, el otro lo levantaba. Ahora que él ya no está, están mis hijos y mis nietos, y trato de sobrellevarlo con ellos”, contó.

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Remordimiento

El remordimiento en una zona oscura y culposa. Es como una larga noche que parece no tener fin. De ahí solo se sale comprendiendo que nadie está exento de una tragedia y que, si bien se puede cuidar y acompañar a los hijos, nunca estarán a salvo del todo. Ojo, esto no es un consuelo y Mirta lo sabe.

“Me costó mucho salir del remordimiento, pero lo logré. Mucho tiempo me recriminé el haberla dejado ir sola. Ya había salido sola unas tres o cuatro veces, estaba en esa edad y en San Martín de los Andes donde éramos 8 o 10 mil personas. Prácticamente nos conocíamos todos. Acá no pasaba nada”, contextualizó Mirta.

“Después de lo de Nati, a mi hija de 16 no la quería dejar salir a ningún lado. Un día me agarró mi hija y me explicó que no la podía tener en una campana de cristal y ahí comencé a entender que tampoco le podía cortar la vida a ella. También pude entender que en definitiva yo no había hecho nada malo, en todo caso el que hizo algo malo fue el hijo de puta que se llevó a Nati”, explicó con voz cruda.

Para Mirta, su esposo sufrió mucho porque la cultura machista imponía sobre el hombre la responsabilidad de sostener y proteger a la familia. La desaparición de Nati a Miguel le quemó el libreto y quedó desolado.

“Miguel sufrió mucho o más que yo. Él era muy sensible y sobre el hombre en ese entonces había otras cargas, él sentía que no había podido proteger a su hija", reveló Mirta.

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El nido vacío

La desaparición de Nati representó un duro golpe para toda la familia, y si bien Mirta y Miguel estaban enfrascados en la búsqueda, sus otros hijos siguieron viviendo y creciendo en una localidad que por ese entonces obligaba a que los jóvenes que querían seguir estudiando emigraran.

A una década de la desaparición forzada de Nati, el nido quedaba vacío, pero en este caso de sentido porque el dolor llenaba cada rincón de la casa.

“Primero se fue mi hija más grande a Misiones y después se fue el más chico a estudiar a Roca. Ahí quedó la casa vacía y yo quería vender todo e irme. No quería estar más en San Martín de los Andes. Miguel me paró para hacerme entrar en razón y me decía: ‘Tenemos todo acá. ¿Qué vamos a hacer? ¿Nos vamos a ir atrás de nuestros hijos? ¿Con cuál? ¿Y si después se van de ahí? Acá está nuestra casa y nuestros recuerdos buenos y malos’”, recordó con nitidez sobre esa charla que forjó en Mirta un arraigo definitivo.

“Cuando murió Miguel, me arraigué aún más a la casa porque acá viven Nati, mi esposo, mi mundo y mis recuerdos. Llevo 43 años en esta casa y mi vida está acá. Con Miguel lo charlamos mucho, porque siempre uno sabía que tenía que sostener al otro en las oleadas de depresión que nos daban, y así fue que aprendí que mi lugar es este y acá estoy”, concluyó Mirta, una mamá que espera sin esperanzas, pero espera.

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