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El Patico Hernández: una bala policial lo convirtió en leyenda

A los 19 años ya tenía varios robos y una condena. Era una promesa de delincuente pesado, pero tras un golpe a Camuzzi en Plottier, se tiroteó con la Policía y una bala que le atravesó la cabeza acabó con su vida.

Cristian “Patico” Hernández se convirtió en leyenda dentro de la hampa neuquino antes de llegar a confirmar su calidad de “pesado”. Es cierto, que era un pibe bravo para su edad, incluso estuvo preso y contaba con una condena en su haber, pero el destino quiso que el 11 de agosto de 2000, tras un golpe importante en Plottier cayera en medio de un tiroteo de película con la Policía. Tenía solo 19 años y el haber muerto por una bala policial le jerarquizó la corta carrera criminal.

En el ambiente delictivo pocos quieren hablar para preservarse. Del Patico abundan historias tan reales como incomprobables y los relatos se han replicado con el tiempo de boca en boca. Los que lo conocieron de verdad, viejos pesados del oeste neuquino, están sumergido en el silencio ya que desde las sombras continúan digitando las aventuras delictivas de otros pibes, además de traccionar votos.

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La memoria de viejos policías, retirados algunos y otros al borde, es lo más fresco que queda además de las crónicas de la época que dan cuenta de la corta vida de un joven que como muchos otros encontraron refugio y contención en grupos delictivos ante la ausencia del Estado en las barriadas populares.

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Influencias

El Patico era un pibe del oeste que se crío rodeado por delincuentes. “Se dijo siempre que era medio hijo o ahijado de los Campos Correa”, confió un policía que trabajó en el último gran robo del Patico.

Los Campos Correa tienen un fuerte historial vinculado al delito en el país y se los considera verdaderos pesados. Como muchos delincuentes, entrados en años, pasan a ocupar otro lugar y entorno a ellos hay también muchas historias y un velo que no se puede o no se quiere atravesar.

Sobre el Patico tuvo mucho impacto e influencia la figura de Martín “Banana” Espiasse que arribó a la provincia allá por 1997. Espiasse venía escapando de Chubut con fama de matapolicías y estaba siempre dispuesto a todo, era un verdadero forajido.

En el oeste, al Banana le dieron protección y participó de varios hechos en la región. Nunca la Policía neuquina lo pudo corporizar y se transformó en una obsesión que persiguieron hasta 2017 cuando finalmente cayó en Mendoza. Ahora, está tras las rejas en el penal de Ezeiza.

Las andanzas de Espiasse y las amistades con verdaderos criminales, al Patico lo motivaron a transformarse en un “pesado”, como se dice en el ambiente.

Hay una historia incomprobable, que solo la podría confirmar el propio Patico, que da cuenta de la admiración que tenía por Espiasse.

El Banana, había hecho pie firme en la región y su ambición por crecer en el ambiente lo llevó a enfrentarse a uno de los protectores que lo había aguantado cuando llegó huyendo de la justicia chubutense. Una noche de primavera de 1998, tras una discusión, el pesado neuquino le arrebató la Magnun 357 y le disparó derecho al pecho a corta distancia. El Banana hizo un rápido giro y el proyectil le rozó todo el pectoral derecho y le dejó una cicatriz que le recuerda todos los días que esa noche la muerte estuvo de franco.

Estando en el hospital, “cuentan que uno de los Campos Correa le dio un arma al Patico para que fuera a terminar con la vida del Banana”, recordó un investigador retirado. El trabajo era simple. Había que entrar al hospital y ejecutarlo. Al Patico, la admiración y el miedo le hicieron temblar el pulso. Lo cierto es que Espiasse, tras recibir curaciones, escapó del hospital porque algo se olfateaba.

A partir de ahí, el Patico supo que dudar lo convertía en débil y para ser pesado hay que ir siempre al frente.

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La yunta con el Loco Sastre

La impulsividad del Patico se hizo más presente que nunca y comenzó a cometer varios robos en casas y comercios. La yunta que hizo con Omar “loco” Sastre, despertaron su pasión por las motos y la velocidad. Fue así que en octubre de 1999 iba a toda velocidad por calle Pérez Novella y atropelló a una nena de 6 años que terminó muriendo por las lesiones. Es la única muerte que tuvo en su historial este joven delincuente y por la cual estaba por ir a juicio.

Con Sastre comenzaron a coincidir en varios hechos. Hoy el Loco está tras las rejas de la U11 penando por sus robos y él también es una leyenda viviente por sus fugas.

De hecho, el Patico y Sastre realizaron fugas similares que pusieron en ridículo a la Policía neuquina.

El 21 enero del 2000 cayó el Patico tras un robo. La Policía lo llevó a la Comisaría Tercera y cuando se bajó del camión de traslado pese a estar esposado con las manos en la espalda, empujó a los guardias con sus hombros y salió corriendo. Hernández, que ya era conocido en ese entonces en el ambiente, tenía amigos en el barrio Progreso y allí logró que lo aguantaran y le quitaran las esposas. Pero la fuga terminó mal, porque cayó en un campito de la zona acorralado por policías con sus perros y él enredado en un cerco de alambre de púas.

Esa caída, fue por un robo que concretó con Carlos Correa y permaneció preso en la U11 hasta que gracias a un acuerdo de partes y un juicio abreviado le permitieron zafar de entre 3 y 10 años de prisión. Solo se le impuso una pena de seis meses y recuperó la libertad el 26 de julio.

Ni bien salió de la cárcel se enteró que su amigo, el Loco, había sido trasladado de San Juan a Neuquén. En la provincia cuyana lo atraparon tras el robo a un banco y venía a Neuquén para completar algunos requerimientos legales por causas pendientes.

Cuando Sastre arribó la sede judicial, que en ese entonces se encontraba en calle Irigoyen y Carlos H. Rodríguez, utilizó la misma modalidad de fuga que su amigo. Empujó a los policías a cargo del traslado y tras correr unos metros se subió a un Fiat Uno que manejaba el Patico y escaparon a toda velocidad por pleno centro neuquino.

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El último golpe

Ambos permanecieron un par de semanas guardados y tranquilos, pero ellos eran criminales y la falta de acción los ponía nerviosos, por lo que el 11 de agosto volvieron a robar en busca de dinero y adrenalina.

Nunca se supo, Sastre tampoco lo develó, quién les pasó el dato para robar la sede de Camuzzi Gas del Sur de Plottier que ya había sufrió un par de atracos pese a que estaba ubicaba sobre calle Belgrano, en el centro de la localidad, a pocas cuadras de la comisaría séptima.

El plan fue simple. Fueron en una moto, una Honda XR 650 que manejaba el Loco. A las 13 aproximadamente, cuando la oficina había cerrado la atención al público, los delincuentes irrumpieron tras romper un vidrio y sorprendieron a un empleado al que redujeron de un culatazo en la cabeza.

El Loco y el Patico escaparon con un botín de unos 1000 pesos, que en los albores de la crisis económica que atravesaba el país, era una cifra era importante.

El empleado dio rápidamente aviso a la Policía y con la ayuda de algunos vecinos que los vieron huir aportaron la descripción del vehículo. “Una moto grande, de enduro, de color roja, blanca y azul”, ese fue el aviso que se irradió por la radio policial y todas las unidades se pusieron en alerta.

Hábil y conocedor de la zona, el Loco tomó por caminos de chacras, pero a la altura del barrio Unión, un policía que se encargaba de cuidar la salida de los chicos de la escuela los vio pasar y dio el aviso.

Casualidad o no, nunca se sabrá, un móvil policial sin identificar, del departamento de Delitos, que estaba realizando un trabajo de investigación en el sector salió en persecución.

A partir de ahí, hubo una serie de tiroteos durante la cacería de los delincuentes. Vía radio, móviles de la Comisaría 16 y 18 fueron coordinando acciones y encerrándolos.

En el barrio San Lorenzo y a tres cuadras de la casa de Hernández, Sastre se vio obligado a cortar por el medio de una chacra cuando advirtió que estaba rodeado de policías que le cortaban el paso.

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Hasta el tiro final

Durante la persecución de película que realizó la Policía hubo varios intercambios de tiros. Uno de los investigadores que intervino en la escena del crimen y dialogó con los compañeros que los venían persiguiendo contó a este medio que: “El Patico, que venía atrás en la moto, tenía dos armas y disparaba contra el móvil. Podría haber matado a cualquiera que pasara por el lugar”.

Lo cierto es que cuando la moto se interna en la chacra, Sastre pierde el control, supuestamente habría derrapado tras golpear en una acequia de riego, y cayeron. Lejos de entregarse, Hernández envistió a los policías empuñando las dos pistolas como un forajido.

“Pum” fue lo último que escuchó el Patico, en ese mismo instante un proyectil que salió de una 9 milímetros reglamentaria le atravesó la cabeza. Su cuerpo se desplomó sobre la tierra fértil de la chacra donde germinó un charco de sangre. Así terminaron las andanzas y la vida del Patico para darle paso a su leyenda.

El Loco Sastre, jugado y sin municiones, presentó batalla a los policías que lograron reducirlo y cuando estaba con el rostro en la tierra y esposado vio a su amigo muerto. En su poder tenía un revólver calibre 22 que le secuestró la Policía antes de trasladarlo.

Como tenía pedido de captura de la Justicia neuquina y sanjuanina por distintos robos, a Sastre lo llevaron derecho a la U11 en Parque Industrial. Ante los reclamos de Zainuco, lo derivaron al hospital Regional para que sea revisado por los médicos y luego volvió al penal.

El hecho tuvo tal repercusión que el jefe de la Policía, Juan Carlos Lezcano, fue hasta el lugar. A lo lejos y respetando el perímetro de trabajo de los criminalistas, dijo mirando el cuerpo del Patico tendido en el suelo: “No podía tener un final distinto a este”.

La vendetta que no fue

Días después, la madrugada del 16 de agosto de 2000 un grupo de jóvenes delincuentes ingresó al destacamento del barrio Don Bosco III y ejecutó de un tiro en la cabeza, al igual que murió el Patico, al sargento primero Néstor Sepúlveda. En un principio, hasta el Gobierno sospechó que se trataba de un ajuste de cuentas del hampa neuquino por la caída del Patico, pero finalmente se comprobó que solo pretendían robarle el arma al policía de guardia. El crimen del sargento Sepúlveda quedó impune, solo hubo dos condenados en carácter de cómplices, pero nunca se logró establecer quién fue el asesino.

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La teoría de la emboscada y fusilamiento

El abogado Jorge Larrea, que había obtenido el acuerdo para que Hernández recuperara la libertad en julio de 2000, dio cuenta, por ese entonces, que había que hacer dos investigaciones: una por el robo a Camuzzi en Plottier y otra por el homicidio de Cristian Patico Hernández.

Para el letrado, había elementos suficientes para advertir que el Patico y Sastre no participaron del robo. De hecho, hizo mención a que el empleado de Camuzzi, único testigo del robo, “no lo reconoció”.

De todas formas, los delincuentes iban con sus rostros cubiertos al momento del atraco.

Pese a ello, Larrea realizó una denuncia penal contra los efectivos policiales que participaron del procedimiento en el que terminaron matando al Patico. Incluso señaló el abogado: “habrá una batería de elementos que probarán que a Hernández lo mataron en una emboscada, cuando estaba desarmado y con las manos en alto”.

Esta teoría de Larrea se mantuvo vigente hasta abril de 2006 cuando se expidió la Justicia al respecto sobreseyendo a los policías denunciados de haber ejecutado a Hernández.

De hecho, la autopsia determinó que el disparó el joven delincuente lo había recibido a corta distancia y las pruebas balísticas sembraron la duda sobre si el tiro que le atravesó la cabeza al Patico no había salido del arma que manipulaba el Loco Sastre en medio del fuego cruzado.

Lo cierto es que hubo testigos que había aportado el abogado Larrea que hasta se enojaron por haberlos incluido en la causa con relatos que ellos nunca habían aportado.

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