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El capitán hincha de Cipo que navega los mares del sur

Vivió de chico en Cipolletti y vendió gaseosas en la Visera. Con los años se hizo marinero, pero no olvidó su pasión por el Albinegro. Tiene una colección de camisetas y las muestra en todos los puertos del mar argentino. "Me han salido al cruce", afirma orgulloso.

Solo vivió unos pocos años en la ciudad cuando era un niño, pero fue suficiente para adoptar los colores blanco y negro y guardarlos para siempre en su corazón. La vida laboral lo llevó por distintos caminos, hasta que un día se subió a un barco y nunca más abandonó la navegación. Son dos pasiones muy fuertes imposibles dejar de lado.

“Ando por todos los puertos de país, y siempre llevo una camiseta de Cipo de las varias que tengo”, afirma Luis Svetliza, capitán de embarcaciones pesqueras (“Patrón” se denomina técnicamente el cargo), e hincha fanático del Albinegro.

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Dice que la casaca del equipo rionegrino no pasa desapercibida, y que en algunos lugares le han hecho sentir la rivalidad.

“Me han salido al cruce en Mar del Plata y en Puerto Madryn, y en Comodoro no te das una idea”, asegura entre risas el marinero, quien desde hace poco pilotea el Arbi, una nave de 22 metros de eslora que opera en el muelle de San Antonio Oeste.

El “Rayo”, como lo apodan en el ambiente, nació en Neuquén hace 45 años, pero al poco tiempo se mudó al barrio Del Trabajo de Cipolletti, donde jugó al fútbol en los campeonatos infantiles en la aquella tradicional cancha que convirtieron en plaza.

Pero si hay algo que recuerda de aquella época es su trabajo de vendedor de gaseosas que por un amigo consiguió en la Visera de Cemento, en la memorable campaña en el Nacional B de 87/88 que lo tuvo como gran protagonista al equipo rionegrino, pero que finalmente lograron ascender a la A Mandiyú de Corrientes y San Martín de Tucumán, y Cipo se ubicó en tercer lugar en la tabla final.

“Ahí lo tuvimos. Imposible olvidarme, y como se ponía la cancha”, enfatiza. Como muestra de pertenencia desafía a mencionar la formación titular. Y arranca: “Yorno, Comelles, Giordanella, Acevedo, Rivarolla, Torres, el Ruso (Homan), Comitas (Juan Ramón Comas), Longo, el Topo Marquez…”.

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El destino lo devolvió luego a Neuquén, y cuando alcanzó la adolescencia un verano lo depositó en Las Grutas, donde vendió en la playa churros y rosquitas.

“Ahí me quedé con un amigo que se embarcaba en San Antonio. Un día me dijo querés subir, nos falta un tripulante. Y fui de contrabando porque no tenía ninguna habilitación”, evocó.

Ese fue su primera experiencia en el mar, un ámbito extravagante para él, que venía de la zona de chacras.

Pero le sucedió lo que a muchos: quedó fascinado con el trabajo, que si bien tiene su cuota de riesgo también tiene una buena dosis de aventura, y además suele ser bien remunerado. Tentado por las oportunidades que ofrecía la particular labor hizo el curso y recibió la libreta que lo habilitaba como navegante, y no paró más. Hace poco más de cinco años se anotó en la Escuela Nacional de Pesca que funciona en Mar del Plata, donde se recibió de patrón, la máxima autoridad a bordo de un barco.

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De puerto en puerto

Auténtico marinero, lleva una vida itinerante que lo ha llevado a mudarse de un lugar a otro en su derrotero laboral en la búsqueda de merluza, langostino, corvina, magrú, anchoíta, especies que se capturan en temporadas que se dan en distintas etapas del año.

Por eso puede afirmar que conoce todos los puertos del litoral atlántico nacional.

“Navegué casi todo el mar argentino, desde Puerto Deseado hasta La Plata”, describe.

Hace cuatro meses se instaló en San Antonio Oeste, para cumplir un acuerdo laboral en el golfo San Matías. Ya vivió en la localidad rionegrina hace cerca de una década. Ahora viene de Rawson, donde comandaba otra embarcación.

En su larga trayectoria como navegante atesora un montón de anécdotas por hechos ocurridos en mar abierto, como los gratos espectáculos que suele ofrecer la naturaleza como cuando se cruzan con ballenas o manadas de delfines, y aquellos no tan placenteras.

“Me han agarrado terribles temporales”, sostiene. Pero son cuestiones del oficio que no lo perturban

“Me encanta lo que hago y cuando uno hace las cosas que le gusta las hace bien. Acá me quedo para siempre. Esto es como ser de Cipo”, resalta.

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