Desesperante situación tras la lluvia en el Barrio Obrero
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Al ingreso, un comercio sin aberturas intenta sobreponerse a la mala racha. Abrió hace pocos meses, pero la lluvia que no da tregua, ahuyentó a todos los clientes. Hace frío, la verdura se echa a perder y con más agua por delante, José confiesa: "Tengo más ganas de cerrar que otra cosa. Si sigue lloviendo, no voy a tener otra opción".
El colectivo tuvo que modificar su recorrido habitual y la ambulancia, en las condiciones actuales, no pasa. "¿Qué están esperando, que se muera alguien?", pregunta Lila Calderón, la referente del barrio.
Hace dos días, en otra toma, una niña de 4 años sufrió convulsiones y si llegó al hospital fue porque Protección Civil pudo asistirla.
En el barrio hay más de mil niños, muchos no pueden ir a clase; y el temor de que se enfermen es generalizado. Lila convive con un pozo colapsado al ingreso de su casa, en el barrio Obrero A, y los excrementos acechan sobre el piso donde su hija menor hace los deberes, mientras ella revuelve la olla.
"La tierra ya no puede absorber más agua. Hay que hacer acequias y desvíos", dice uno de los muchachos de Defensa Civil que deambula por el barrio para colaborar y asistir a posibles evacuados.
Janet, otra vecina del barrio Obrero B, observa desde el patio de su casa cómo los líquidos cloacales de una casa deshabitada resisten del otro lado de la calle. "Me preocupa, pero ¿qué podés hacer? Nada, hay que adaptarse. No nos queda otra", expresa.
Ella y su marido tienen la ventaja de contar con un vehículo, pero no quedaron al margen de la inseguridad que golpea la puerta, cuando el temporal llega para quedarse. El domingo 22 se ausentaron, y delincuentes robaron su vivienda. Lo que más lamento es que se llevaran las dos garrafas que tenía, porque con eso nos calentamos; y nos pisaran la ropa, llenándola de barro", contó.
Recién hace tres días, su marido pudo conseguir una garrafa prestada para guarecerse de las bajas temperaturas. Otros reciben cuatro bolsas de leña cada 15 días, que reparte el Municipio, pero no alcanza.
"Cuando decimos que estamos sitiados, no mentimos. Los invito a que vengan y vean. Hace un mes que estamos bajo el agua. Sólo tuvimos dos o tres días de calma y la situación no da para más", concluyó Lila.
Organización
Como viven en la ilegalidad, el Estado no mete los pies en el barro. Son los propios vecinos los que se organizan para salir del paso. Hacen zanjas, bombean el agua de sus casas, cuidan de las viviendas que dejaron familias autoevaluadas, reparar techos y se ayudan con lo que pueden.
"En las tomas hay un Estado paralelo. Los vecinos nos organizamos, somos solidarios, pero solos no podemos. Estamos aislados y la situación no da para más", advirtió.
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