La inseguridad y el encierro
Obsesionados con la inseguridad, los vecinos del barrio El Manzanar de Cipolletti hicieron una vaquita y compraron un alambrado de 500 metros para aislarse de los ladrones y de la actividad nocturna que generan travestis y prostitutas.
La idea, que tiene aval del Municipio, generó fuerte polémica, ya que parece más propicia a estigmatizar que a prevenir delitos. De hecho, sus propios impulsores reconocen que no evitará que los delincuentes entren al barrio -uno de los más lujosos de la ciudad- sino que busca dificultarles la salida.
Al decidir aferrarse a un alambrado, los vecinos y el gobierno local acotan, una vez más, la discusión sobre la seguridad al aspecto represivo: cómo atrapar al ladrón. “Entran por una puerta, salen por la otra” y “hay que endurecer las penas” son las ideas asociadas a esa visión reduccionista de una problemática mucho más compleja.
Se pierde de vista la probada reincidencia de muchos delincuentes aún después de largos períodos de encierro en prisión. Los controles son deficientes y los valletanos estamos expuestos a la violencia, nadie puede negarlo. Tampoco, que la Justicia rara vez otorga respuestas.
Los puentes de la Ruta 22 son una autopista por la que bienes robados son llevados de una provincia a otra, este año se instalaron grupos boqueteros y en los anteriores se aceitaron bandas regionales de narcotraficantes.
Sin embargo, es llamativo que se apueste por la división aún sabiendo que no es garantía de tranquilidad. Y, sobre todo, es preocupante que el Estado se resigne a perder espacios públicos con tal de apaciguar reclamos mientras escatima esfuerzos en detectar y atacar las causas de la conflictividad social.
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