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Federalismo, ¿qué?

Río Negro nos demuestra que resulta posible y deseable avanzar hacia una descentralización del poder económico, productivo, administrativo y político de un país para hacerlo más justo y federal.

En las últimas semanas hemos asistido a un intenso debate sobre federalismo en diferentes ámbitos. Dirigentes políticos de todas las tribus y posiciones ideológicas, a un lado y al otro de la grieta, se expresaban en favor del federalismo: desde el porteño Rodríguez Larreta, hasta el Chaqueño Capitanich, pasando por los cordobeses Schiaretti o el santiagueño Zamora.

Ahora bien, ¿qué es el federalismo? Antes que nada es un instrumento institucional para organizar una determinada comunidad política. También es una doctrina política, con sus desarrollos teóricos y experiencias empíricas correspondientes. El federalismo no es una cosa dada, ni una esencia preexistente. Es un modo (entre otros) de organizar una sociedad, una nación.

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Entonces, ¿por qué el federalismo? Sus antecedentes nos indican que se desarrolló allí donde poderes territoriales diversos preexistieron a lo que hoy conocemos como un Estado Nación. En el caso americano, estados subnacionales o provincias se configuraron antes que los propios países que en la actualidad los contienen. Esa particularidad llevó a que a la hora de organizar las diferentes comunidades políticas territoriales en un único Estado de Derecho, países como Estados Unidos, Brasil o Argentina hayan optado por un diseño institucional de confederación de poderes subnacionales que decidieron delegar en un Estado Central determinadas facultades vinculadas a sus intereses comunes.

En el caso argentino, esto se vió plasmado en la Constitución de 1853 que sentó las bases de nuestro Estado de Derecho. Entre la Revolución de Mayo y la promulgación de esta Carta Magna se sucedieron intensos debates entre posiciones centralistas y federalistas, monárquicas y republicanas. Una muestra más de que los diseños institucionales son el fruto de profundos debates políticos con intereses concretos.

Es archiconocida la cruenta confrontación entre unitarios y federales. Por un lado la poderosa ciudad puerto de Buenos Aires, con sus intereses políticos, culturales y económicos mirando hacia el Atlántico y por otro un conglomerado heterogéneo de provincias “del interior” que basaban su estrategia de desarrollo en el comercio interno y la incipiente actividad industrial.

El devenir de nuestra historia nacional ha presenciado una especie de “empate hegemónico” entre el país federal en los papeles versus el país unitario en los hechos. Actualmente, la Ciudad Autónoma de Buenos Aires y el denominado AMBA concentran el 37% de la población nacional en menos del 1% de nuestro territorio. A su vez, esta región metropolitana explica el 40% del PBI argentino. En la otra cara de la moneda encontramos a las 23 provincias argentinas, que abarcan el 99% de nuestro territorio y presentan una infinita diversidad de realidades.

A más de 200 años de nuestra independencia seguimos viendo la misma foto: la rica, poderosa y concentrada ciudad de Buenos Aires en contraposición a las pobres, heterogéneas y dispersas provincias del interior.

¿Cómo podríamos achicar esta brecha? ¿Cómo hacer un país más federal y cumplir con nuestra Constitución? Existen numerosas posibilidades. Todas muy complejas y que afectan intereses.

A mi entender, la menos conflictiva y más justa de todas consiste en descentralizar la capital federal de nuestro país. Muchos han sido los países que han avanzado en esta dirección. Por mencionar los casos más conocidos de ciudades planificadas y construidas “de cero” como nuevas capitales federales, podemos encontrar a Washington (Estados Unidos), Canberra (Australia), Brasília (Brasil), Nueva Delhi (India) o Islamabad (Pakistán).

Para que tomemos dimensión, el Estado Nacional tiene presupuestado erogar durante 2023 unos 6,4 billones de pesos en la ciudad de Buenos Aires. Ese monto equivale a 15 presupuestos de la provincia de Río Negro. La mayor parte de ese dinero corresponde al propio funcionamiento del Estado (personal, bienes de consumo, bienes de uso, etc.).

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Países federales de todo el mundo han recorrido este camino. En diferentes momentos de su historia tomaron la decisión trascendental de mudar su capital federal, lo hicieron para combatir la concentración económica y poblacional que genera una metrópolis. No es una solución fácil ni para hacer a las apuradas. Precisa de un Gran Acuerdo Nacional y Federal. Sin dudas podría constituir un proyecto fundacional para la Argentina, posibilitando el desarrollo de nuevos territorios, descentralizando el AMBA, generando nueva infraestructura y radicación de poblaciones, oportunidades laborales e inversiones privadas. Pensar su posible materialización es el primer paso.

Río Negro supo ser vanguardia en este planteo. Hoy presenta un modelo de provincia federal, gestionando regiones diversas y abarcando una vasta extensión territorial. Desde la zona Andina hasta el Atlántico, desde el Alto Valle a la Línea Sur. Río Negro presenta numerosas actividades económicas, diversas realidades sociales, diferentes historias y costumbres y ha sabido contenerlas en un proyecto de provincia federal.

La configuración territorial rionegrina constituye un ejemplo de federalismo: con 4 ciudades principales y otras localidades de gran relevancia distribuidas por toda la superficie provincial, sin un centro concentrador y dominante. El caso de Río Negro nos demuestra que resulta posible y deseable avanzar hacia una descentralización del poder económico, productivo, administrativo y político de un país para hacerlo más justo y federal.

Licenciado Tomás De Leonardis

Politólogo

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