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El edificio del emblemático ex Hotel Mallorca entró en remodelación: ¿En qué se convertirá?

Brilló en su época. Tuvo el primer ascensor de la región y después de transformó en la Clínica Santa Catalina. Entre sus paredes esconde una impactante historia policial de un recordado asesinato.

El céntrico ex Hotel Mallorca, ubicado en pleno centro de Allen sobre la calle Tomás Orell, comenzó en los últimos días un proceso de remodelación que lo sacará del olvido para volver a ponerlo en valor como uno de los inmuebles más importantes de la ciudad.

Actualmente una cuadrilla de obreros retira del lugar viejas aberturas, sanitarios y todo lo que no contempla el nuevo proyecto. El edificio, que es uno de los más emblemáticos de Allen, fue adquirido antes de la pandemia por la familia Mamberti, un tiempo después del cierre definitivo de la institución de salud que funcionó allí durante largos años: la Clínica Santa Catalina.

Los Mamberti, una familia que siempre apostó por la ciudad, adquirieron el edificio a los ex socios de la Clínica con la idea de que allí vuelva a gestarse un emprendimiento privado de la salud y se reactive esa pata del sistema sanitario. Hubo algunos inversores que evaluaron el lugar, pero ninguno avanzó en volver a darle el perfil de centro de salud. Los gremios de Petroleros y de la Fruta también se mostraron interesados en algún momento, pero desistieron.

Ahora los actuales dueños gestaron para el edificio un proyecto que recuperará su funcionalidad y lo pondrá en valor. En la planta baja se construirán dos salones de grandes dimensiones con oficinas y en el segundo y tercer piso departamentos. Se mantendrá la estructura histórica del edificio pero con un prometedor replanteo que revitalizará ese sector del punto más céntrico de Allen, según confió a LM Cipolletti uno de los integrantes de la familia Mamberti.

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Un hotel, una marca de un balazo y una historia policial

El ex hotel guarda entre sus paredes una de las historias policiales de la región más atrapantes del género. Ocurrió una noche de verano en la previa del Carnaval, un 14 de febrero de 1971, cuando Allen era una de las ciudades más pujantes del Alto Valle y el Mallorca y su confitería eran visitados por vecinos de toda la zona.

Sentado en una mesa de la confitería estaba Antonio “El Cholo” Alenci, capitalista del juego clandestino, productor y empacador, tal vez - por ese entonces - unos de los hombres más poderosos de la Patagonia. Mientras disfrutaba de un aperitivo rodeado de sus muchachos que lo seguían a sol y a sombra, llegó al lugar un joven que trabajaba para él y con quien había tenido algunas diferencias, Santiago Espinel. Se trasladaron de mesa, comenzaron a conversar y la charla, entre recriminaciones mutuas, fue subiendo de tono. De pronto se sintió un “plaf”que retumbó en toda la confitería: “El Cholo” le había dado a Santiago un tremendo bofetón que le dejó los dedos marcados en la mejilla.

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Santiago se paró con el escozor a flor de piel, fue hasta su Valiant que había dejado estacionado sobre la calle Orell y volvió a la confitería del hotel empuñando un revolver. Y sin que le tiemble el pulso le gritó a su jefe: “arrancá que me mato”. Apuntó y le disparó a quemarropa a Alenci, a quien la bala – milagrosamente- sólo le rozó el cuero cabelludo.

Tras el disparo los hombres de “El Cholo” desataron una balacera incesante contra Santiago, que escapó corriendo por el centro de la ciudad. Una de esas balas impactó en una de las columnas del hotel, revestidas en acero, y aún la marca persiste en el lugar como una huella que recuerda ese hecho policial.

Pocos minutos después arribó la policía y esa noche “El Cholo”, que controlaba Allen con su poderío, mandó a los milicos a mudarse del lugar. Les dijo “rajen que acá hay para todos”, mientras se secaba la sangre de la herida en la cabeza con una servilleta. La policía se esfumó ante la orden de Alenci y Allen quedó a merced de un grupo de mafiosos que sitiaron el pueblo e iniciaron una cacería humana. Recuerdan los vecinos de Allen que la gente del “Cholo” recorría la ciudad en autos y camionetas, con las luces apagas y con armas largas, buscándolo a Espinel para ajusticiarlo. Santiago, que apenas tenía 27 años, fue hallado el día siguiente asesinado de un disparo, a pocos metros del lugar, detrás del quiosco Serfaty. El cuerpo estaba “plantado” en un baldío, con un arma en la mano, simulando que había muerto en riña.

El crimen tuvo algunos detenidos, pero finalmente quedó impune. El poder y el tiempo tapó todo, menos esa marca de bala que persiste en la columna, casi como un rastro urbano de un hecho de sangre que marcó toda una época del pueblo, la del “Allen City” del juego clandestino, la pujanza económica y una comunidad que parecía no parar de crecer. Sería quizás importante que ese revestimiento de la columna, se mantenga en el lugar.

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