Orgullo, pasión y vida después de la tragedia
Ángel Casagrande
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Facundo tiene 34 años y el recuerdo de esa fatídica madrugada del 10 de julio de 1995 hoy lo llena más de orgullo que de dolor.
Su papá, Roberto “Tito” Hevia, murió tras el choque que protagonizó el colectivo en el que volvían unos 50 hinchas de Cipo de ver la final contra San Martín de San Juan. El otro simpatizante que perdió la vida en el accidente fue Marcelo “Ñato” Salinas.
Cuando le preguntás por Tito, se emociona y dice que fue quien les inculcó a él y a su hermano Damián la pasión por el Albinegro. Los tres viajaban en el micro.
Como la gran mayoría, Facu dormía al momento del impacto. Después, estuvo consciente todo el tiempo. A las escenas desgarradoras que le tocaron vivir, se les sumaba la incertidumbre por el estado de su papá y de su hermano menor, “Sopa”, que fue uno de los heridos más graves. Demasiado para un adolescente.
Dos décadas después, remarca que la tragedia lo hizo más hincha todavía. Orgulloso, señala a su hijo Benicio y destaca que ya hay una quinta generación en la familia con el corazón blanco y negro, porque su bisabuela Victoria estuvo en la fundación del club en 1925.
En plena platea de La Visera mira al nene, la nostalgia lo invade y habla de un déjà vu de lo que era su relación con Tito. No le echa la culpa al fanatismo por lo que pasó y cree que fue el destino el que quiso que las cosas se dieran así.
Juan Pablo Escudero es su primo y amigo. Venía en los asientos de adelante del ala derecha del colectivo, que fue por donde se incrustó el acoplado del camión. Tenía 17 años. Con timidez, muestra las cicatrices que le quedaron en el rostro por el tremendo golpe. Quienes lo asistían le pedían constantemente que no se quedara dormido. Recuerda a Daniel “Cuervo” Villegas, que lo acompañó durante todo el día que estuvo internado en San Luis. Luego lo trasladaron en un vuelo sanitario. Cuando llegó al hospital puntano, les pidió a los enfermeros que lo atendían que por favor no le cortaran la camiseta que llevaba puesta, una Tatedetuti que guarda como uno de los bienes más preciados.
La historia de él y Facu es la de muchos de nosotros: de pibes los llevaban a la platea y cuando se hicieron un poco más grandes, se transformaron en habitantes de la popular. Se les pone la piel de gallina cuando empiezan a recordar los viajes de visitantes, esos que te hacen sentir más hincha, esos que hacen que el tipo que en La Visera mira todo el partido sentado, afuera cante los 90 minutos al lado de la barra.
El año pasado, Cipo volvió a San Juan para enfrentarse con San Martín, que en la actualidad está en Primera. Fue por Copa Argentina y se jugó en el imponente Estadio del Bicentenario. Facu acomodó sus horarios de trabajo y viajó en un ómnibus de línea junto con su hijo. Juan Pablo fue en un auto. Se encontraron en tierras cuyanas y en la cancha se transformaron en uno solo, los tres, porque Benicio ya es parte de esa liturgia albinegra.
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Marcelo Ferrada tenía 16 años y estaba sentado al lado de Juan Pablo. En los asientos de atrás y adelante iban las dos víctimas fatales. Tras el choque, estuvo una semana inconsciente. Se despertó ya internado en el Policlínico Modelo. Se salvó de milagro, sufrió quebraduras en las dos piernas, fue operado varias veces y pasó cuatro meses en silla de ruedas. Hoy juega al fútbol y corre como cualquiera.
Tinelli, como lo conocen en la cancha, también se toma un rato para resaltar la figura de su amigo cuervo, quien salió corriendo a avisarles a los médicos cuando él no presentaba signos vitales en el hospital. Su recuperación fue muy dura. Con su familia vivían en un departamento y su papá Silvestre debía alzarlo para bajar las escaleras.
Es crítico con la dirigencia de ese momento (también lo son Facundo y Juan Pablo) por la falta de apoyo y reconocimiento. Además, tuvo que viajar a San Luis y poner plata de su bolsillo para pagar costas de abogados en un juicio que quedó en la nada.
En cada palabra se siente su pasión incondicional. Su pizzería de calle Mengelle es una especie de museo del Capataz. Hay banderas, recortes de diarios y decenas de fotos, entre las que se destacan las imágenes junto a los jugadores y otras en las que se lo ve en las populares de todo el país alentando al club de sus amores. Tiene una camiseta que usaba el recordado Juan Ramón Comas, gran delantero del equipo del 87/88 que peleó el ascenso a la A.
También volvió a San Juan en 2013 para el partido en el que Cipo le ganó a Desamparados y se salvó del descenso. Lo invadió una mezcla de sensaciones, desde las que te ponen bajón a las que te hacen sentir la persona más feliz del mundo.
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Dos décadas después de la tragedia que los marcó para toda la vida, los tres viven el fútbol con más tranquilidad pero con la misma intensidad. Respiran el amor y la pertenencia a los colores. Claro está, el dolor también los acompañará siempre.
Horror en el desierto puntano
Los gritos desgarradores retumbaban en el medio de la oscuridad y el frío del desierto puntano. Fue la escena siguiente al momento en el que el colectivo de Transportes Richard chocó de atrás a un camión que venía a muy baja velocidad.
El conductor del micro, repleto de hinchas, no pudo evitar el impacto con el acoplado del Mercedes Benz que llevaba bolsas de cemento. Fue a la salida de una curva sobre la Ruta Nacional 147, a 128 kilómetros de San Luis. Además de los dos muertos, hubo unos 30 heridos.
La lejanía a los sectores urbanos demoró la atención de los lesionados, quienes en algunos casos fueron trasladados en la bodega de otro ómnibus que venía con simpatizantes albinegros.
Las horas posteriores se vivieron en la ciudad con desesperación e incertidumbre. Eran tiempos en que las noticias no se disparaban al instante y las informaciones llegaban en cuentagotas. Eran unos mil cipoleños los que estaban en viaje y no se sabía a ciencia cierta quiénes eran las víctimas fatales.
Escenario
Una vigilia llena de incertidumbre
Marcelo Giacopino
Redactor LMC, en ese momento parte del equipo deportivo de LU19
Desde el mismo momento en que comenzaron a llegar las noticias del accidente al Alto Valle, creció la incertidumbre de los familiares y amigos de los hinchas que habían viajado a San Juan.
Los pocos datos se iban conociendo a través de los medios. Durante toda esa jornada, los teléfonos de LU19 no paraban de sonar. Las consultas eran recurrentes, “¿Se sabe algo?”, “¿Dónde están?”, “¿Cómo están?”
Eran otros tiempos. Hoy estas noticias vuelan, rápidamente se conocen detalles y hasta fotos. Pero en esos años, no.
Entonces comenzó la vigila en la puerta de la sede del club. Allí, La Voz del Comahue se apostó también a la espera de la llegada de los micros. Hora a hora se fueron conociendo algunas noticias, la gente estaba pegada a la radio y nos preguntaba a los movileros qué sabíamos de la tragedia.
Se observaban caras de mucha preocupación. El día pasaba y llegaban novedades, algunas no tan buenas, lamentablemente.
Hasta que, entrada la tarde, los colectivos arribaron a la ciudad. Los familiares y amigos miraban y caminaban de un lado a otro, observando las ventanillas para encontrar a sus seres queridos. El alma les volvía al cuerpo cuando los tenían enfrente y se confundían en un abrazo interminable. Ese panorama se repetía una y otra vez. De a poco, fue ganando la noche y el lugar comenzó a quedar vacío. Fueron horas interminables y llenas de emoción y tristeza para todos los que estuvimos allí. Las imágenes continuarán en nuestra memoria para toda la vida.
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