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José Alberto Quiñones, el León de Don Bosco, tercera parte 

Aquí termina el paseo por este libro, sembrado de recuerdos como homenaje a los pioneros de la institución, un club de hondo arraigo popular.

En el análisis de esa rica bibliografía, nos encontramos con tantos pobladores que escribieron la historia de Cipolletti y que aunaron esfuerzos en pro del crecimiento de la ciudad.

El Estadio Dr. Julio Dante Salto

Hemos descripto en otras notas la vida de este club, el club San Martín, que encontró entre las calles Manuel Estrada, Juan XXIII, Primeros Pobladores y Chile su lugar en el mundo. En esas lejanías (difícil pensar hoy que hace más de cuarenta años ese lugar era casi el desierto) se tomó una decisión: el estadio debía tener un nombre.

El domingo 7 de noviembre de 1977, cuando el club cumplía treinta y siete años, la comisión directiva bautizó oficialmente a su estadio con el nombre de Julio Dante Salto. Numerosas autoridades asistieron al acto, entre ellos Néstor Arturo Quiti García en representación del Club Cipolletti. García, reconocido empresario, tuvo una activa participación en el “Cipolletazo” en defensa de Salto y los intereses locales, ya que era concejal. La esposa del doctor, Margarita Isabel Segovia, y familiares cortaron la cinta y se descubrió un busto, realizado por el escultor Atilio Morosín.

El Gordo Ludman

A pesar de no haber sido un pionero de la institución, Oscar Jorge Ludman se erigió con el tiempo en un referente obligado de los celestes. Su destacada actuación en el club le valió el reconocimiento de toda la comunidad. Su llegada al club fue por intermedio del doctor Salto, en los años remotos en que Ludman atajaba para los albinegros. Además de arquero era un visionario, un adelantado como dirigente, presidente durante 10 años: de 1974 a 1984. Impulsó la idea de construir un gimnasio cerrado. Colaboraba económicamente, sus actitudes filantrópicas estaban signadas por el desinterés y desprovistas de pretensiones de connotación mediática alguna: tan solo lo mejor para San Martín.

Oscar Gordo Ludman.jpg

Tuvo un gran episodio de generosidad: A la tienda La Capital, el negocio de prendas de vestir que había heredado de su padre Jacobo (ex empleado de la famosa Diente de Oro) concurrían los jugadores no precisamente a comprar. Quedaba a pasitos de la plaza, sobre calle España: iban con los avisos de corte de luz y el Gordo les daba el dinero. Con su esposa, de nombre Lidia Razquín, tuvo tres hijos: Daniel, Julio y Diana. Julio, profesor de educación física, participó en el armado de los plantes de San Martín, puso el hombro y trabajó ad honorem, honrando la memoria de su padre. Un gran hombre.

Acometieron una tarea difícil: levantar el gimnasio con presupuesto estrecho. El ingeniero Hugo Rimmele, cuya historia ya hemos narrado en estas páginas, fue el encargado de realizar los planos y dirigir la obra. Respecto del Gordo, Rimmele expresó: “Mi relación con Oscar Ludman se da por mi amistad con su padre, don Jacobo, y su hermano Marcelo, a quien le confeccioné los planos del hotel de la calle España”.

Debieron sortear varios escollos como cuando el viento sopló contra una pared de seis metros de alto por cuarenta de largo que estaba fresca y la volteó totalmente: una vez superadas la bronca y la decepción inicial, con la valentía, el esfuerzo y las ganas de todos los socios, bajo la dirección del ingeniero Rimmele todo se concretó como se tenía pensado.

El presidente del apellido difícil

En 1957 se radicó en Cipolletti Ariel Olavegogeaescoechea, que nació en 1928 en Coronel Hilario Lagos, pueblito de la pampa húmeda entre Córdoba y La Pampa. Cuando tenía diez años su hacendado padre llevó a la familia a vivir a Buenos Aires, donde hizo el secundario y la universidad. En 1953 se recibió de médico cirujano en la facultad de Ciencias Médicas: trabajó en el Hospital Ramos Mejía. Además, prestó funciones en el servicio de emergencias y fue médico de sanidad escolar en los colegios de internados: su tarea era controlar las condiciones edilicias y sanitarias, con especial cuidado en el suministro adecuado de la vacunación de los alumnos.

Mientras desarrollaba su tarea conoció a un colega, el doctor Emilio Gobi, que tenía un sanatorio en el sur, en Cipolletti, y le comentó que necesitaba un cirujano.

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Vino al valle, estuvo poco tiempo en el sanatorio de Gobi. Comenzó a atender en su casa alquilada en calle Fernández Oro. Al tiempo consiguió ingresar al hospital de Allen, el más importante de la zona. Viajaba todos los días a las cinco de la mañana y regresaba a las siete de la tarde a su consultorio. Al hospital de Allen concurría gente de todo el valle: realizaba casi una decena de operaciones quirúrgicas por día.

En 1964 dejó el hospital y comenzó a integrar el cuerpo médico del Sanatorio Río Negro y su consultorio particular. Construyó su casa en calle 9 de julio casi 25 de mayo y se vinculó al club San Martín. En los 70 comenzó a trabajar en la guardia del hospital local y en el 81 comenzó a especializarse en un campo considerado en esos tiempos en gran parte de la sociedad como tabú: la sexualidad.

El doctor Olavego, como lo llamaban, simplificando su apellido, se vinculó con el club San Martín a través del doctor Salto, con el que trabajaba en el hospital de Cipolletti. Cuando Salto descansó en sus tareas del club, él lo reemplazó atendiendo jugadores, proveyendo medicamentos. Dictaba talleres con diferentes temáticas: primeros auxilios, enfermería sexualidad, HIV, cáncer, entre tantas. Extensa y destacada labor la del doctor Olavego en la comunidad cipoleña, que lo recuerda siempre.

Luisito Lagos

Fue uno de los protagonistas de los Leones del Don Bosco. Luis Alberto Lagos asumió distintos roles, además de integrar los equipos de fútbol en la segunda mitad de los ’50.

Luis era empleado de Servicios Públicos del municipio y desde allí aportaba tarea y esfuerzos para el club. Integró distintas comisiones directivas y subcomisiones de fútbol.

El autor del libro escribió esta dedicatoria:

“Los fríos de julio se lo llevaron al cielo de los leones. En poco tiempo, cuando los primeros soles primaverales restauren la lozanía del ahora maltrecho césped del Julio Dante Salto, el verde renacerá y en él estará Luis, en su segunda casa (o en la única quizás), para reafirmar un vínculo entrañable con San Martín que ni siquiera la muerte podrá cortar”.

Y acá termina el tercer paseo por este libro, sembrado de recuerdos como homenaje a los pioneros de la institución, un club de hondo arraigo popular, San Martín de Cipolletti. Su narración describe la gran crónica barrial en la que no faltan la solidaridad, el esfuerzo, la épica y el amor: el autor matiza datos de la vida del barrio con el club. Gran aporte a la cultura de la ciudad y que contribuye a dejar inmortalizado en el papel un aspecto de su historia digno de ser recordado por siempre.

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