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Importancia del ejercicio en la prevención cardiovascular

Por el doctor Rubén Sánchez Aiech (*)

La ausencia de actividad física es considerada un problema de la salud pública de un país. La disminución del trabajo físico, los cambios de hábito, el estilo sedentario, son factores que resultan perjudiciales para el paciente y costosos para la sociedad, debido a que producen un incremento de las enfermedades cardiovasculares.
El ejercicio promueve un efecto beneficioso en la prevención de la cardiopatía isquémica, la disminución de la mortalidad global y mejora la calidad de vida, previene numerosas afecciones y retrasa los efectos negativos del envejecimiento sobre el aparato cardiovascular. En Estados Unidos se demostró que el 12% de la mortalidad total está relacionada con la falta de actividad física regular, y la inactividad está asociada con un incremento del doble riesgo de un evento coronario.

Ejercicio físico y deporte
La actividad de tipo aeróbico, cuando se realiza con asiduidad, produce adaptaciones en nuestro organismo que benefician a nuestra salud. En diversos estudios se han demostrado adaptaciones de nuestras arterias coronarias que producen un aporte mayor sanguíneo al músculo cardíaco. En pacientes con enfermedad coronaria, el ejercicio mejora sus arterias coronarias, además reduce el riesgo de trombosis en nuestras arterias.
Existen efectos adversos del ejercicio, al margen de las lesiones osteomusculares, dentro de las cardiovasculares se incluyen arritmias, muerte súbita, e infarto de miocardio. Durante la realización de ejercicio intenso se produce el riesgo de muerte súbita, incluso en personas sanas, sin embargo el ejercicio regular moderado o intenso, disminuye estos riesgos.

Pautas y recomendaciones
1) Ejercicio e hipertensión arterial: Los trabajos de investigación avalan la eficacia de los programas que incluyen actividades aeróbicas como caminar, trotar, correr, nadar, andar en bicicleta, a una intensidad moderada, con una duración por sesión de 30 a 40 minutos y de 3 a 4 veces por semana. Los programas de entrenamiento mixto que incluyen ejercicios de resistencia como de fuerza, producen el efecto antihipertensivo deseado, y disminuyen los abandonos.

2) Ejercicio e hipercolesterolemia: La actividad física produce una reducción del colesterol total, eleva el colesterol bueno, y disminuye el malo. En poblaciones jóvenes, periodos de 6 a 12 meses son suficientes para lograr la mejoría del perfil del colesterol, pero en personas de más de 50 años, se debe esperar por lo menos 2 años para obtener estos beneficios. En relación con los ancianos, requieren programas de ejercicios más prolongados.

3) Ejercicios y obesidad: El beneficio cardiovascular que se obtiene al incrementar la actividad física es superior al del control de la dieta para reducir el peso, además la actividad física puede contrarrestar el aumento de masa grasa. Para ello se requiere un programa de entrenamiento de 20 minutos al día, 3 veces por semana con la intensidad suficiente para quemar 300 kcal por sesión. Las actividades aeróbicas (caminar, correr, etc.) son las más aconsejadas y reducen la grasa corporal, mientras que las anaeróbicas aumentan la masa muscular, con poco efecto sobre la masa grasa.

4) Ejercicio y diabetes mellitus tipo 2: Los efectos del  ejercicio aeróbico son discutidos sobre los efectos de los niveles glucémicos. Para que un programa de entrenamiento en pacientes tipo 2 resulte eficaz, debe incluir ejercicio de moderada intensidad dinámica y alto grado de entrenamiento de fuerza, de tal manera que se obtenga una mejoría en la capacidad cardiorespiratoria, de la fuerza muscular, y sobre los parámetros glucémicos.

Conclusiones:
El balance entre riesgo y beneficios de la práctica de la actividad física se inclina de manera clara hacia los beneficios, sobre todo cuando es regular, al producir un gasto energético semanal para reducir el riesgo cardiovascular. Las actividades de moderada a alta intensidad, con un consumo igual a 1.000 kcal por semana, son las que muestran mayor beneficio. Por el contrario el sedentarismo en relación con la cardiopatía isquémica presenta un riesgo superior a la dislipemia y la hipertensión arterial, y únicamente superada por el tabaquismo. En consecuencia, el ejercicio debe ser considerado fundamental y apoyarse en las modificaciones del estilo de vida para la prevención cardiovascular.

Especialista en Clínica Médica, Magíster de la Fundación Favaloro en Psiconeuro Inmunoendocrinología y Psico Farmacología.

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