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Así nació el Capataz de la Patagonia, emblema del Albinegro

Es la frase que identifica la pasión de los fanáticos de Cipo. Su creador es Luis Frutos, un carismático hincha que gestó la idea a fines de los 60, pero la pudo concretar 30 años después. Aquí la historia del famoso "trapo".

La historia arrancó una noche fría de principios de los 90 en el taller mecánico de Chile y Alberdi, propiedad de Eduardo Burgos (lamentablemente fallecido hace pocas semanas). Allí los amigos solían reunirse para recrearse tras la jornada laboral, y entre bromas y carcajadas se concertaban desafíos futbolísticos, se daba el pie para los infaltables asados y se organizaban viajes para alentar al Albinegro.

“Qué les parece si hacemos una bandera de Cipo, pero que sea distinta, y que diga algo”, propuso Luis Frutos, carismático hincha y habitué de aquellas recordadas tertulias.

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De repente las herramientas dejaron de sonar, se acallaron las risas y en ese inesperado silencio Frutos aprovechó para describir el proyecto.

“Conocen a Ñancul, el de la revista Patoruzú? Bueno, Patoruzú es el indio dueño de toda la Patagonia. Y Ñancul es su capataz. Es decir, es el Capataz de la Patagonia”, explicó.

El relato lo hizo con tanta seguridad y entusiasmo que contagió. Después contó que la idea la había pensado muchos años antes, pero que por diversas cuestiones no la había podido concretar.

Ahí mismo se dispuso la colecta para comprar la lona y la pintura, porque hasta el artista que haría el trabajo tenía confirmado.

Cuatro aportaron para la obra: el mismo ideólogo, Burgos, Luis Mena y un cuarto muchacho cuyo rastro se perdió por algún tiempo, pero que mantuvo grabada en su memoria aquella entrañable anécdota.

Pocos días después Ñancul apareció pintado con su clásica barriga prominente, sus bigotitos dispersos, una sonrisa fraternal, luciendo la camiseta Albinegra y el escudo del club en el cinturón, con la frase “Cipo, Capataz de la Patagonia”.

La aprobación fue general, y se decidió que el “trapo” haría su presentación oficial en el partido siguiente, en Carmen de Patagones. A partir de allí apareció colgado en el alambrado de la Visera y en cada cancha donde jugara el equipo.

Y no tardó en volverse en un emblema de la hinchada que en aquellos años era una, y hasta la expresión “Capataz de la Patagonia” se convirtió en el eslogan de la pasión cipoleña reconocida en todo el país. Incluso también fue copiada sin tapujos para aprovechar su increíble resonancia.

Nadie se imaginó aquella noche fría que la iniciativa iba alcanzar semejante envergadura y se convertiría en la auténtica insignia del fanatismo Albinegro. Ni siquiera su inspirador.

Fue tal su trascendencia, que hasta un abogado local se ofreció gratis para registrar la idea a su nombre y cobrar por el uso del lema pues, alegó, que se trata de un plagio. Eso significaba avanzar contra la institución.

“¿Demandar al club del que soy hincha hasta los huesos y socio activo?, a quien se le puede ocurrir”, enfatizó Frutos que, si bien está conforme con el reconocimiento que logró su idea –porque en la popular esta historia es conocida- oficialmente ha habido gestos mínimos.

Ha dejado de ir a la cancha, aunque sigue siendo socio activo del club.

“Ya no tengo la misma energía de antes”, admite. De todos modos, está atento a los resultados del equipo. Los sufre y los disfruta, porque la marca Albinegra es imposible de borrar.

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El tesoro más preciado

“La bandera de Ñancul es un fiel reflejo de lo que somos, de nuestro lugar”, sostiene Frutos 30 años después, mientras desenrolla el estandarte que guarda en su casa como uno de sus más preciados tesoros.

La tiene impecable, envuelta en una bolsa. Aún conserva los ojales metálicos desde donde lo colgaba en los alambrados.

Se lo han pedido prestada innumerables veces, pero rara vez la ha cedido. Prefiere tenerla con él, porque ya forma parte de la historia de su vida.

Incluso como un particular homenaje, hizo el mismo dibujo en el portón de su casa. También tiempo atrás estampó remeras con el diseño. “Me las sacaron de las manos”, ríe. Pero atención, porque anunció que pronto hará una nueva edición.

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De Cipo desde la cueva

Frutos atesora miles de anécdotas con el Albinegro. Puede hablar horas de partidos, jugadores, viajes, enfrentamiento con rivales y todo lo demás que se genera en ese entorno.

Su pasión arrancó de muy chico, en los últimos años de la década del 60, y en el lugar geográfico donde gestó ese fanatismo por Cipo y que se agigantó a lo largo de los años: el barrio Del Trabajo.

Siendo apenas un niño, se encontró en la calle por una decisión que él no tomó.

Con un gran amigo de la vida, el recordado Jorge “Pelé” Gutiérrez (también fallecido), se hicieron yunta inseparable y buscaron juntos paliar sus necesidades.

Vivieron en una cueva que cavaron en una chacra aledaña al barrio, y salían a ganarse la vida vendiendo diarios o haciendo changas.

El fútbol de Cipolletti comenzaba a ganar notoriedad, y ambos amigos no tardaron en contagiarse de ese fervor que irradiaba la tribuna.

Recuerda que por entonces Coqui Molina, un vendedor de verduras que se movía en un carro tirado por caballos, era el líder de los seguidores Albinegros. Fue el primer jefe de la hinchada, asevera.

Después vinieron los viajes por todo el país y sus increíbles peripecias. A dedo, en auto, en camiones y camionetas, en colectivos destartalados. “El frío que pasábamos, era de terror”, recuerda.

Patoruzú, El Tony, D 'artagnan

Fue en aquellos años en que gestó la idea de la bandera con el Capataz Ñancul como protagonista.

“Era lo que leíamos. Patoruzú, Patoruzito, El Tony, D 'artagnan, no había otra cosa. La televisión para nosotros no existía. Si vivíamos en una cueva”, resalta.

Pero por esas carencias nunca pudo realizar la bandera, pero la mantuvo siempre presente. Hasta que el paso del tiempo, las mejores condiciones y en una noche que consideró el momento justo volvió a reflotar el proyecto. Lo demás es historia contada.

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