Una bajada al mar que recuerda a Páez Vilaró

La construcción de La Rinconada, en Las Grutas, lleva su inconfundible sello.

Los muros blancos y ondulados de la costanera de Las Grutas parecen escapados de una postal del Mediterráneo. Pero no es de allí de donde se sacó la idea del diseño. En la década del 80, el artista plástico uruguayo Carlos Páez Vilaró conoció el balneario rionegrino y quedó prendado de las bondades naturales del lugar.

En ese momento lo comparó con Punta del Este, donde vivía, y plasmó ese sentimiento en sus trabajos, además de promover formas mediterráneas en la arquitectura, que hoy se pueden apreciar en los paredones de bordean la costa del mar y que forman parte de su caracterización.

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Una muestra clara de ese estilo se encuentra en La Rinconada, la bajada ubicada a unos 2000 metros del centro, en dirección al norte, y a la que también se puede llegar caminando por la playa.

Todo es blanco. El edificio del parador construido sobre un claro del acantilado, como también las tapias que se deslizan intrincadas y crean balcones donde se instalan mesas y sillas para disfrutar de una vista maravillosa, y pescados y mariscos junto a otras delicias que allí se sirven. Ese combo es el que permitió que el lugar se convirtiera, con los años, en un sello característico de Las Grutas.

La costa está recubierta por una restinga plana como el piso de una piscina y apenas una longa de arena finísima pegada contra el murallón rocoso. En pleamar es una invitación para disfrutar del agua o treparse a rocas que se han desprendido del acantilado para arrojarse como si fueran trampolines naturales.

Mientras que cuando retrocede el mar, quedan a la vista un sinnúmero de pequeños hoyos en la superficie rocosa, perfectos para que los chicos se entretengan indagando en su interior. No es extraño encontrar cangrejos o algún pececito que no alcanzó a escapar. También son llamativas las grietas que se han abierto y transformado en arroyitos por donde corre el agua.

Ese momento también es ideal para instalarse en lugares algo más alejados en busca de silencio e intimidad.

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Un acantilado único

A un lado y otro de la escalinata, aparece una gran cantidad de piedras que liberó el barranco. Los visitantes pueden escoger una a su antojo e instalar el equipamiento de veraneo. Se utilizan de mesa, de plataforma para tomar sol o como resguardo en su sombra.

Llamativo es también observar con detenimiento las distintas formas con que el viento y las olas del mar fueron esculpiendo el acantilado.

2000 metros separan a la Rinconada del centro.

Es una de las bajadas a la playa más emblemáticas de Las Grutas. Allí hay un parador que es visitado diariamente por centenares de visitantes quienes disfrutan de peses y mariscos.

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