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A su amigo se le escapó un tiro y lo dejó ciego de chico; cómo se llevan y su rebusque

Matías puso un puestito en un súper local para salir adelante. Revela charlas con el autor del disparo y confiesa que daría todo por volver a ver un instante para...

El tenía apenas 9 años y su amigo 13. El vecinito se apareció aquel fatídico día en su casa para “mostrarme un arma calibre 22”. Lo que se supone intentó ser una broma pesada, propio de chicos de la edad que a veces no miden las consecuencias y de la negligencia de los mayores, se convirtió en una verdadera desgracia que cambiaría su vida.

“Me apuntó y me disparó, fue un accidente. No hubo discusión, motivos, nada”, repasa Matías Iraira el dramático suceso que conmocionó a todo Fernández Oro en 1990.

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Si bien se salvó de milagro, el costo que debió pagar por la imprudencia ajena fue muy alto. Perdió la visión ya que la bala “me cortó el nervio óptico, reducido al bastón… Todos siguieron su ritmo y yo quedé ciego”, lamenta a 34 años del triste y desesperante hecho.

El crudo relato se interrumpe en la fresca mañana sabatina pues debe atender a una clienta. Es que para tratar de salir adelante en plena crisis improvisó un puestito ambulante en la puerta de la Coope de calle Mitre. Sentado en una reposera, con lentes oscuros y bastón, ofrece las medias que colocó en el piso mismo de la vereda.

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“Tres pares a $ 2.500 las vendo, voy a buscar a Neuquén medias, repasadores, billeteras. Quiero hacer algo acá, con una mesita y ponerme a vender cosas. Porque con la pensión por mi ceguera no alcanza la plata”, explica sobre su nuevo rebusque a los 42 años.

En medio de la charla con LM Cipolletti devuelve numerosos saludos. Como el de ese laburante que pasa en bici a contramano por media calle y le grita “Mati, ¿cómo andas viejito?”.

“Acá en Oro me conocen todos, hace poco hice una nota en el face por el tema de los gastos, de que no pude salir más a vender en los colectivos. Me dio un empuje el rebote que tuvo en las redes, empuje económico y emocional”, agrega.

Mucha gente también lo tendrá visto de los bondi. Sus latiguillos eran famosos entre los pasajeros. “Hola damas y caballeros, para los que me conocen mi nombre es Matías y para los que no me conocen también me llamo Matías”, recuerda uno de ellos entre risas.

“Hola qué tal, mi nombre es Leonardo Di Caprio, llegó la crisis a Hollywood y preferí vender golosinas en el colectivo”, evoca otro más ingenioso aún.

“Andaba por el Koko, el Pehuenche. Antes iba y volvía a Neuquén, ahora último a Cipo, vendía golosinas (‘alfajores, tutucas’…) pero llegó un punto en el que ya no me redituaba por la inflación. Tengo choferes amigos que me dan el permiso; eso sí, sin recorrer el pasillo que está prohibido, sin comprometerlos”, aclara quien inició la changa actual “hace un par de semanas, que hablé con los encargados del súper y pegué buena onda también con los empleados”.

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Agradece la solidaridad de los vecinos pues “me compran, me ayudan, a veces me tiran un billete como para colaborar. Creo que son más solidarios por mi situación”.

La relación con el autor del disparo

Pese a todo, Matías no guarda rencores porque considera que lo que pasó fue un accidente y nosotros “no fuimos culpables, la responsabilidad de última fue de ese adulto que regaló ese arma, un 22 a un chico de 13 años. Inexplicable”.

Admite que “hace rato lo perdoné” y que suelen cruzarse y charlar, abrazo de por medio normalmente en la vía pública.

“Hoy en día me lo cruzo, nos damos un abrazo y charlamos como cualquier persona que se conoce acá en Fernández Oro y se encuentra. Tenemos buena onda. No me hace mal cruzármelo. Al principio me costó, no entendía nada, estuve luchando con mis pensamientos y me llenaban mucho la cabeza. Hasta que fui grande y pude pensar por mí mismo”, indica en relación al traumático proceso que debió afrontar.

Fueron años duros y dolorosos. Pasó por “muchos pozos anímicos, tuve que dar muchos pasos y superarme también. Manejarme solo, ir a un colegio, es un cambio total pero no se termina la vida para nada. Solamente perdés ese sentido”.

“¿Qué me dice él hoy en día? ‘Gracias’, me cuenta que por ahí carga con algo, yo le digo ‘no te hagas problemas, vos no tenés la culpa de nada’. Estábamos en un barrio picante pero teníamos 9 años, éramos re inocentes”, recalca para ahuyentar fantasmas y versiones infundadas.

Su estremecedora confesión continúa. “Compartíamos mucho con él, hoy no tenemos junta permanente como cuando éramos chicos que íbamos a andar en bici, jugar al fútbol o remontar un barrilete. Pero cada vez que nos encontramos, nos abrazamos y surgen charlas perfectas. Para colmo hacía un año que habíamos llegado al barrio con mi familia, de que nos entregaron la casa. Todos decían ‘guau, que bueno, te vas a vivir a ese barrio a vivir. Y justo me pasó eso. Pero es la vida misma”, reflexiona con una entereza admirable. Y pensar que otros pasan renegando por esa misma vereda de los precios o discutiendo por cosas que comparado con su drama parecen tan insignificantes.

Su hija y su madre, sus grandes amores

“Tengo una hija hermosa, el motor de mi vida. Morena se llama. Estoy separado con la madre, también no vidente, gran persona. More por suerte ve lo más bien. Mi tesoro tiene 6 años. Me lleva a un kiosco o despensa de la mano, esquivando cosas, me rumbea con los billetes, va incorporando conocimientos, es una genia”, dice con la chochera a flor de piel.

La otra mujer a la que adora es a su madre Yoly, con quien vive (“Tengo un terreno pero olvídate de construir hoy en día…”). “Mi padre se me fue en 2019 y tengo una hermana Ingrid. Mi viejita es de fierro”, destaca sin saber que la señora acaba de salir de hacer las compras y está escuchando respetuosamente a un lado la conversación. A Joly la invade la emoción y llora en silencio.

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Superclásico, Milei y mensaje emotivo

“Agradecerle a todo el pueblo de Oro, a la gente trabajadora del colectivo. Espero que cambie el país, tengo toda la fe, voté a Milei. Me tiré a una pileta que no sabía si había agua pero tengo esperanza”, admite ya en el final.

Hincha del “mejor de Argentina, soy bostero desde la cuna”, anticipa un triunfo 2 a 1 de Boquita en el superclásico de este domingo por la Copa de la Liga Profesional.

“Se puede ser feliz, con mucha paz, amor en el corazón, ponerse en el lugar del otro, dar una mano. Yo soy cristiano, creo en mi padre Jehová”, deja la enseñanza este campeón de la vida que no se privó de hablar de nada.

Y se despide con un emocionante deseo: “Me gustaría volver a ver para conocer la cara de mi hija y volver a ver a mi madre. Solo para eso…”.

Yoly: "Me quería ir de este mundo"

La mamá de Mati, por su parte nos confió: “Me quería ir cuando paso eso. Me parecía que nos teníamos que morir. Es un chico re inteligente, no se ha metido en lío nunca y perdonó a su amigo tras la desgracia. Es muy querido, mucha gente lo ayudó. Hace poco sorteó un lechón, porque necesitaba dinero. Miguel Parra lo ayudó con la difusión de la rifa. A veces se mueve tan bien que parece que viera, me lleva corriendo ja. Siempre le digo que se cuide. Mi nieta es muy compañera también. Siento orgullo por mi hijo, por su fortaleza y temple para superarse”.

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