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La parca, el sabueso y el ladrón en el Far West neuquino

Hace 30 años, la muerte le bancó la parada al policía Fabián Mario Quidel cuando intentaron ejecutarlo de un tiro en la boca en plena calle. Zafó y logró que detuvieran a los delincuentes. Quidel murió hace unos días por COVID.

Fabián Mario “Martillo” Quidel nunca imaginó morir a los 55 años en una cama del Policlínico de Neuquén, dándole pelea a un maldito virus que desató una pandemia mundial.

Incluso, antes del 15 de agosto, todavía estaba en duda si el 26 de septiembre de 1991 Quidel había gambeteado a la parca o selló un pacto con ella, cuando el Gallo Sánchez le disparó a quemarropa en la cabeza mientras yacía tirado en plena calle de tierra en Villa Ceferino.

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Esa tarde, volvió como un flash a mi memoria cuando Sergio “el 24” Sepulveda, otro viejo policía, que retirado y todo sigue apoyando a los compañeros que la pasan mal, me avisó de la muerte de Quidel.

Cuando corté la llamada, sabía que debía recuperar esa vieja historia del Far West neuquino donde un sabueso de la vieja guardia atajó un proyectil con las muelas y sobrevivió. Pasaron casi 30 años, pero no nos adelantemos a los acontecimientos que hay personajes, modalidades y una época que reconstruir.

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El pesado decidido

Rubén Patricio “Gallo” Sánchez, hijo de chilenos, recibió en 2020 la libertad asistida. Pasó varios años en la cárcel cumpliendo distintas condenas por robo con arma, su especialidad.

Sánchez era un chorro de la vieja escuela que prestaba mucha atención a los detalles para cumplir con la regla del perfecto ladrón: robar y huir sin que lo atrapen. Su carrera arrancó de pibe, pero fue en Cutral Co donde depuró su estilo.

A fines de los 80, la comarca petrolera era puro futuro gracias a la actividad petrolera. Después llegaría Carlos Menem y todo se convertiría en ruinas, rutas cortadas y un pueblo lleno de nostalgia.

En Cutral Co, Sánchez vivía frente a la Escuela 45 en el barrio Aeroparque y ya tenía fama de bravo. El apodo de Gallo se lo ganó demostrando que no se quedaba atrás en ninguna.

Era una época donde había otros pesos pesados en la zona como los Pozos, Villalobos, Chureo y otros más que se reconvirtieron y pasaron del choreo a los piquetes on demand y la recolección de votos al mejor postor. En definitiva, distintas formas de ejercer el delito.

“Con eso ganan más, facturan muy bien y se exponen menos”, contó un veterano de la Policía neuquina que en más de una ocasión los tuvo nariz a nariz a cada uno de ellos y nunca se bajaron la mirada ni se dieron la espalda.

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Un Gallo despierto

Ni veleta ni madrugador, el Gallo Sánchez era despierto a la hora que había que estarlo.

“En su paso por la comarca, le sacó muy bien la ficha a la Policía. Y así comenzó a dar golpes rápidos y no había forma de manotearlo”, confió otro viejo pesquisa.

Incluso, no se sabe si fue uno de los primeros en la región en dar golpes como motochorro, una modalidad tan vieja como la moto.

Desde que los delincuentes descubrieron que con este tipo de rodados podían darse a la fuga rápidamente de cualquier lugar, le han sacado el jugo por generaciones, y por más dispositivos e intentos de frenarlos, poco se puede hacer.

“Los motochorros son como las cucarachas: hacés todo lo posible para acabarlas, pero siempre van a seguir existiendo”, graficó un policía en una larga charla sobre el delito.

¿Qué detalle descubrió el Gallo para volver locos a los policías en los 80? Mediante la observación advirtió que, al mediodía, cuando estaban por empezar a cerrar los comercios, se les pisaba el horario con la salida de los pibes de las escuelas.

En esa época, la comarca tenía las comisarías 14 y sexta y Tránsito, había mas tierra que asfalto, y era muy poco el personal del cual se disponía para cubrir el territorio y bastante destruidos estaban los dos o tres Ford Falcon y un par de Renault 12 que la fuerza tenía en la zona.

Es así que el Gallo comenzó atacando a comercios en esos horarios bajo la modalidad de motochorro.

“Era muy práctico el tipo. Él iba atrás en la moto y con un fierro (arma), le encantaba andar armando, entraba, pegaba dos gritos y los encañonaba. Así, se llevaba la guita de la caja. Pocas, pero muy pocas veces, lesionó a alguien. Como mucho le habrá metido un par de culatazos en la cabeza a alguno que se quiso resistir, pero no era de dañar a las víctimas. Eso después cambiaría con el consumo de sustancias y psicofármacos”, detalló el veterano memorioso.

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Derecho a la alcaldía

Costó engancharlo al Gallo, pero cuando lo hicieron, descubrieron que para dar los golpes “se ponía”. “En el saco le encontramos tiaminal, que era algo muy común que tomaran los camioneros que le metían muchas horas al volante”, reveló el pesquisa.

El tiaminal estabiliza el sistema nervioso y quita los temblores propios de una situación extrema. En el caso del Gallo Sánchez, lo tomaba para no mandarse ninguna con el arma y además para que su cuerpo no lo delatara cuando le temblaba el pulso porque estaba con un par de líneas blancas demás encima.

A fines de los 80 cayó en la alcaldía de Cutral Co, que por ese entonces contaba con dos plantas. La baja era para los más peligrosos, donde estaba el Gallo, y arriba se ubicaba a los de buena conducta.

Haber pasado por ahí lo obligó a estar siempre alerta para que en el pabellón lo respetaran.

Cuando salió, sabía que estaba marcadísimo en la comarca petrolera. Toda la Policía ya lo conocía de memoria y también a su forma de accionar. Una caída más y terminaría tras las rejas por un largo período.

Se supo que lo quisieron sumar a las filas de un partido como puntero, pero el Gallo cacareaba para él mismo. Su identidad estaba marcada por el delito; la política era para los que no se querían ensuciar las manos.

Fue ahí que armó las valijas y se mudó a Neuquén, donde tenía familia y decenas de oportunidades al alcance de la mano.

También, en Neuquén se iba a encontrar con su antagonista: Fabián Quidel, que con el tiempo le demostró ser un tipo de códigos y en lo más íntimo el Gallo lo sabía.

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De Cinco Saltos a Neuquén

Fabián Quidel nació el 15 de octubre de 1965 en Cinco Saltos, en Río Negro, y a los pocos años la familia se mudó a Cipolletti en busca de mejores oportunidades.

A Fabián desde siempre le gustó el folclore y sus cinco hijos recuerdan dicha música cada vez que aparecía “el viejo” después del laburo o durante los fines de semana que le tocaba franco.

Allegados recordaron que la mayoría de los hijos -Cristian, Fabián, Alexis, Jennyfer y Axel- fueron a folclore en algún momento de su vida.

Pero antes de tener a los hijos junto a su compañera de vida, Liliana Inés Bustamente, Quidel optó por ingresar a la Policía de pura vocación.

Eran épocas bravas, fines de los 70, donde la disciplina la autoridad la impartía con letra, sudor y sangre. Por esos años, ser policía requería una preparación de dos años de escuela y prácticas muy duras. Había que tener convicción y carácter para llegar a recibirse.

Un sabueso

A poco de entrar a la Policía, Quidel comenzó a destacarse por su compañerismo y entrega al trabajo. “Eran tiempos donde los policías que hacían calle memorizaban los rostros de los delincuentes. Se anotaban matrículas de autos sospechosos y sus características, y siempre estaban alertas. Esos eran los viejos sabuesos”, aclaró otro retirado que se indigna al ver a los “policías milennials” más atentos del celular que de lo que ocurre en la calle.

A fines de los 80, a Fabián Quidel sus compañeros lo habían bautizado Martillo Hammer, a partir de una exitosa serie policial de ese entonces donde el personaje principal utilizaba un revólver calibre 44 Magnum, marca Smith & Wesson modelo 629.

Más allá de lo impresionante del arma, a Quidel le quedó ese apodo porque era implacable a la hora de seguir a los delincuentes.

Además, era muy apreciado por los policías porque a todos los trataba con cierto cariño. “Quidel a todos trataba de ‘negrito’ para todo y con mucho afecto porque para él sus compañeros eran sus hermanos”, contó un familiar.

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Fuera de radar

Para la época en que el Gallo Sánchez desembarcó en Neuquén, Quidel ya era cabo y trabajaba en el Dimose.

El Martillo tenía muy buena memoria para los delincuentes. “Tipos de la vieja escuela, no solo te acordabas del rostro, color de ojos, forma de caminar, si usaba o no las manos en los bolsillos y hasta el tipo de zapatillas. Le hacías una radiografía al chorro, y encima el Martillo se los acordaba y sabía en qué rubro andaban y todo”, reveló un viejo compañero.

Cuando el Gallo llegó a Neuquén, lo primero que hizo fue estudiar el territorio como supo hacer en su momento en la comarca petrolera. Observó tranquilamente, caminando mientras fumaba, cómo actuaba la Policía en las distintas partes del centro y barrios aledaños.

Por Neuquén, algo se sabía del Gallo. “En algún que otro asado que se solía compartir cada tanto después de una reunión o capacitación. Nadie lo tenía en el radar, pero eso sería por poco tiempo”, explicó el retirado entrado en canas.

El Gallo, inteligente y despierto como era, identificó que la problemática de la Policía en Neuquén no era la falta de personal como pasaba en la comarca, sino que su talón de Aquiles estaba a la hora del relevo del personal. Esa era la clave. Se paralizaba la actividad policial por casi una hora, entre las 18:30 y las 19:30, y ahí había que actuar.

Y, justamente, en esa franja horaria se comenzaron a dar distintos robos, todos con las mismas características: dos personas en moto, una bajaba armada, si era necesario golpeaba o disparaba, y se llevaban la recaudación.

Para el Gallo, Neuquén era Disney. Se sentía un NN muy difícil de atrapar, pero para su desgracia la droga lo había vuelvo cada vez más violento e inestable.

En el ambiente delictivo se había hecho de un nombre y gracias a sus amistades había conseguido un aguantadero en Villa Ceferino detrás de un comercio. Detalle no menor.

Para desgracia de Sánchez, sus días de bandido se convertirían en penumbras cuando a Quidel lo mandaron a la Comisaría Tercera.

El último raid

El Gallo andaba de racha y confiado allá por los primeros días de la primavera de 1991. En casi una semana habían reventado nueve comercios en la zona del barrio El Progreso y alrededores.

Quidel, por su parte, ya había comenzado a darle forma al Gallo. Ya había identificado su accionar, sus prendas de vestir, el tipo de moto que usaba y demás detalles clave que lo mantenían alerta durante su jornada de trabajo.

Obviamente que toda esa información surgía de cada una de las denuncias que se realizaban cada vez que había un golpe.

El factor común de los robos se sostenía: el horario de cambio de personal de la Policía.

Pero el Gallo, así como estaba de racha, también se había convertido en un enemigo público porque en uno de los asaltos baleó al propietario de un comercio y también a una mujer. Ya había claras intenciones de frenarlo y mandarlo un rato a las sombras.

El 26 de septiembre fue el día clave. Quidel había sido padre hacía cuatro meses, Cristian fue el primero de los cincos hijos que tendría.

Con Liliana se estaban mudando, en los tiempos que podían por el trabajo, a una modesta casita en el barrio Del Trabajo de Cipolletti.

Ese día, Quidel llevaba en la mochila los cubiertos nuevos que le habían regalado. Estaba en Villa Ceferino esperando el colectivo para volver a Cipolletti cuando vio la motito con el Gallo y la pareja con la que realizaban los golpes a los comercios.

La suerte quiso que el Gallo se metiera en su covacha ante la mirada de Quidel. Como no había celulares ni tenía handy como para pedir apoyo, hizo lo que sabía: actuar.

Como primera medida, se metió en el comercio que estaba delante del aguantadero y, tras identificarse, pidió prestado el teléfono para llamar a la Policía.

“El comerciante, que estaba entongado con el Gallo, se negó a prestárselo y le dijo que no quería quilombos y que se fuera porque estaba por cerrar”, recordó un viejo camarada.

La ejecución

Sin apoyo y entendiendo la situación de que el comerciante era parte de la movida, salió caminando siempre de frente y cuando estuvo en la calle, se paró a ver a lo lejos la covacha del Gallo, que tenía una cortina de puerta.

Quidel comenzó discretamente a sacarle el seguro a la pistola ante lo inminente que parecía ser un enfrentamiento con un delincuente que venía de robar y estaba atrapado en su ratonera.

Un tiro a la distancia le rozó la cabeza y el oído al policía, que cayó al suelo aturdido. En cuestión de segundos, los ojos verdes y pasados de merca del Gallo lo miraban fijamente, a la vez que el caño de un arma le apuntaba derecho al rostro.

Quidel supo en ese momento que no tenía chances de defenderse y sintió un frío y una presencia extraña a su lado. La parca.

“Perdiste”, le dijo el Gallo, y le descerrajó un tiro que le ingresó por la boca. Luego, le quitó el arma reglamentaria y lo quiso terminar de ejecutar, pero la pareja le dijo: “Déjalo que está muerto. Rajemos de acá”.

Quidel escuchó y fingió estar muerto. La parca, que sabe de eso, se la dejó pasar, pero a futuro volvería.

Mientras se desangraba en el suelo, una camioneta frenó y lo asistió. El conductor se sorprendió de cómo escupía sangre el policía y, lejos de querer ir al hospital, pidió que lo llevaran a la comisaría.

“¿Podés creer que recién cuando dio la alerta a los compañeros se desvaneció y lo terminaron llevando al hospital?”, reveló un retirado.

Estuvo dos meses internado mientras Liliana paseaba a Cristian por los pasillos del hospital. Quidel tuvo la suerte de que solo perdió un par de muelas. “De milagro se salvó”, le explicó el médico.

Sus compañeros le contaron que habían logrado detener al Gallo gracias a sus datos, y a futuro en los asados el episodio se fue replicando y Quidel pasó a convertirse en toda una referencia para los nuevos policías en los 90.

“Era una historia obligada, donde se destacaban el valor y la vocación”, confió otro policía.

Frente a frente en el bondi

Con el tiempo, el Gallo volvió a la calle, tuvo una pareja y con ella un hijo. Quidel no dejó de tomarse el colectivo para ir a trabajar y años después de semejante hecho, se encontraron cara a cara.

El episodio ocurrió en un colectivo donde había varios pasajeros y Quidel demostró de qué estaba hecho. Con la lengua se acarició las encías carentes de muelas y con la mano derecha acarició la nueve.

“Esta vez, el que estaba contra las cuerdas era el Gallo. Estaba con la pareja y su hijo chico”, detalló la fuente.

Quidel no bajó la vista y el Gallo tampoco, pero sus ojos hicieron un recorrido por su familia. Quidel hizo un pequeño e imperceptible cabeceo, entendiendo la situación. Lo mismo hizo el Gallo en agradecimiento.

Un par de paradas más, el Gallo y la familia bajaron y nunca más se volvieron a cruzar.

“Era un tipazo Quidel. Otro, en esa época, lo hubiera puesto o de mínima le hacía pasar un papelón delante de la familia”, aseveró el retirado.

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Y un día volvió la parca

Martillo se retiró de la Policía hace unos 15 años, número que lo marca. Después, trabajó como sereno en distintas empresas petroleras por el sur del país hasta que finalmente volvió a la región.

Con la pandemia anduvo derecho, cuidándose, pero el 15 de junio lo hisoparon y dio positivo para COVID. Lo internaron en grave estado en el Policlínico del Neuquén y la peleó.

Cuentan que el 15 de agosto, después de dos meses de lucharla, Quidel sintió un frío y una extraña presencia que ya conocía y abrió sus ojos agonizantes. Su olfato no le falló: frente a él estaba la parca, como lo había estado 30 años atrás. Hubo miradas cómplices propias de un epifánico momento.

Dicen que en ese último segundo, donde uno está totalmente solo en el universo ante su propia muerte, Quidel se limitó a decirle a la parca: “Gracias, al menos me dejaste conocer y disfrutar de mis hijos”.

Luego hubo un “pip” sostenido y corridas en el Policlínico que marcaron el final, mientras el cabo y la parca se fundían en la eternidad de los tiempos.

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