Un refugio a pocos metros del caos

La playa Terraza al Mar está muy cerca de las bajadas más concurridas de Las Grutas, pero es tan tranquila como las que están a varios kilómetros.

Sin el bullicio de la muchedumbre, la playa del barrio Terraza al Mar es otra alternativa para los que buscan disfrutar del mar y el sol en un ambiente calmo. Por sus atributos pareciera que se habla de algo lejano. Pero no es así. Está a pocas cuadras de la zona más concurrida de Las Grutas. Se puede llegar en auto, tomando hacia el norte por la avenida Currú Leuvú, que es continuación de la amplia Río Negro. O también es factible ir caminando por la arena, un paseo que resulta fascinante.

Terraza, como la llaman los lugareños, aparece tras los últimos grandes médanos que quedan en pie. El sector lo conforma una decena de manzanas donde se levantan viviendas de residentes permanentes, y de complejos de departamentos de alquiler turístico.

El frente costero se destaca por sus acantilados bajos que alguna vez fueron tan elevados como el resto, pero que se redujeron por antiguos desmoronamientos sufridos en el murallón. Restos de piedras dispersas a lo largo de la línea marina, algunas de tamaños gigantes, permanecen como testimonios permanentes de los desprendimientos.

La escasa altura del barranco –no supera el metro y medio- facilita el acceso a la playa y también la partida, que se realiza por una única escalera.

Salvo una franja de arena, el resto del litoral lo domina una restinga rasa que se extiende cientos de metros. La piedra está surcada por innumerables hendeduras por donde escurre el agua en bajamar. Recorrer la explanada también es divertido, pues se pueden observar pececitos o cangrejos que permanecen en los huecos esperando que el mar vuelva a subir.

Otro atractivo que ofrece este lugar es la pileta que hace algunos años se cavó en la superficie rocosa. Por su reducida profundidad es ideal para los más pequeños, y por eso suelen verse familias instaladas alrededor con sombrillas, reposeras y demás bártulos veraniegos.

Durante la pleamar los asistentes deben acomodarse contra el acantilado o entre las piedras situadas en la parte sur, donde el mar no llega nunca, salvo mareas extraordinarias.

Allí la costa dibuja un recodo y tras de él, a unos doscientos metros, aparece la bajada La Rinconada, que posee un parador que brinda bebidas frescas, platos rápidos y especialidades elaboradas con frutos del mar.

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