Romina, la neuquina que dio a luz dos veces en la calle

Hace un año y medio tuvo a una hija en la vereda, camino al hospital, y el martes nació otra en un taxi.

Mario Cippitelli

cippitellim@lmneuquen.com.ar

La última vez que Romina Rex fue mamá se prometió a sí misma que trataría de que el próximo parto fuera lo más normal posible y no en la calle, como ocurrió hace un año y siete meses con Francesca.

En aquella oportunidad, le dijo a Facundo Escalona, su esposo, que la acompañara al hospital porque sentía dolores. No alcanzó a caminar cuatro cuadras de la calle Colón que sintió cómo la cabeza de su beba comenzaba a salir de su cuerpo. Sin desesperarse, se sacó los pantalones cortos que llevaba y en menos de un segundo la nena nació. Fue tan repentino que la joven, en ese entonces de 22 años, alcanzó a tomar a la criatura con sus manos y evitó que se golpeara en la vereda. Un taxi la trasladó hasta el hospital y aquel episodio tuvo un final feliz.

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Los medios se hicieron eco de la noticia. Hablaron de la mujer que había parido a su hija en la vereda, de la desesperación del momento y del milagro de la vida. A partir de esa experiencia, Romina dijo que la próxima no le pasaría. Que estaría más preparada y alerta. Pero le volvió a pasar.

El martes a las 5 de la madrugada comenzó a sentir dolores. Estaba embarazada de su cuarto hijo y aunque le faltaban siete días para cumplir las 40 semanas, le dijo a su marido que llamara un taxi para ir al hospital Heller. Presentía que el bebé estaba por nacer. Facundo no dudó y llamó inmediatamente explicando la urgencia de la situación. Pese a que viven en la meseta en un sector sin mayor urbanización, el taxista llegó rápido y encontró el domicilio. Romina se vistió con un pantalón corto para estar cómoda y su marido se sentó junto a ella. “Al Heller”, fue el pedido.

Apenas comenzó el viaje, los dolores se intensificaron y la joven madre revivió la experiencia de un año y medio atrás, cuando sintió que se rompió la bolsa en medio de fuertes contracciones. Segundos después llegó lo inevitable. “¡Está asomando la cabecita!”, le dijo a su marido. La historia se repetía.

El taxista, que monitoreaba la situación a través del espejo retrovisor, intentaba mantener la calma, pero manejaba a velocidad constante para llegar cuanto antes. “Tranquila, respirá”, sugirió el chofer, que ya por radio había informado de la situación, por lo que en el hospital estaban esperando a la madre. “¡Viene bien. Abrió los ojitos!”, exclamó Facundo.

A la altura de la empresa Comarsa, el parto ya era un hecho. Romina se sacó los pantalones cortos que se había puesto, abrió aun más las piernas frente a la mirada emocionada de su marido y la criatura salió por completo. Era una beba. Facundo ató el cortón umbilical para evitar que siguiera pasando líquido y el primer llanto de la chiquita rompió el silencio del taxi, que a esa altura seguía su ruta de manera rápida, aprovechando la poca cantidad de autos que circulaban a esa hora de la madrugada.

A los pocos minutos, el vehículo finalmente llegó al hospital. Romina bajó despacio con su hija en brazos y el cordón que todavía la conectaba a su cuerpo y quedó en manos de los médicos, que terminaron de hacer el trabajo.

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Hasta ese momento la pareja no sabía si la criatura sería una nena o un varón, debido a que en las ecografías que le habían realizado no se podía apreciar con claridad, por lo que en la misma habitación del hospital decidieron los nombres que le pondrían a su hija. Mikeila fue el que eligió el papá; Milagros, el de la mamá.

Si bien Romina y su hija se encuentran en buen estado de salud, por una cuestión de prevención los médicos les recomendaron que se quedaran internadas un par de días. En los pasillos del Heller, todo el personal conoce la historia de la mujer que está alojada en la habitación 15. Saben que se trata de Romina, la joven que parió en un taxi mientras iba a internarse.

Sin embargo, pocos están al tanto de que esta mamá es la segunda vez que tiene un hijo en la vía pública. No saben que hace un año y medio también fue así, de manera sorpresiva, sin más ayuda que la de su marido y siguiendo su instinto de mujer.

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