En Luis Giannini, docente jubilado, las luchas y las convicciones van de la mano con un optimismo rebelde que ni el dolor de la dictadura ha podido doblegar.
Con una larga historia de luchas sindicales y sociales y con el poderoso estímulo que son sus tres hijos y sus seis nietos, se diría que el optimismo es para Luis Giannini tan natural como respirar. Y así es, en efecto. Tan profundamente natural que no lo vulneró ni siquiera el dolor que le marcó el alma en la dictadura.
El optimismo de Giannini no resurgió de las cenizas y se ha mantenido, en cambio, como rasgo permanente de su conducta y de su personalidad. Está incrustado tanto en su memoria como en la vigilia de sus ojos abiertos. Contra viento y marea, lo lleva en su corazón y en sus luchas.
El docente jubilado es de esos militantes de las causas populares de los que antes, en otras épocas, se decían que eran monolíticos, firmes como tallados en piedra, de esos que no faltaban a ninguna reunión y no se ausentaban de ninguna marcha reivindicativa. Militantes de fierro, como se los llamaba.
Sus actos y palabras no engañan. Antes, cuando era dirigente sindical, se lo vio en cuanta actividad pública de reclamo y protesta supo impulsar la UnTER local o provincial y también la CTA rionegrina.
Infaltable en las manifestaciones por los derechos humanos, se ha vuelto también promotor y participante de las marchas de jubilados y pensionados contra los recortes de derechos y en procura de aumentos de haberes que permitan una vida digna y aparten la miseria.
En la actualidad, milita en la Asamblea Multisectorial de Cipolletti y participa de los encuentros en que se evalúan y resuelven las iniciativas a implementar, concurriendo luego a las actividades que se ponen en práctica.
En estos días previos a la recordación del 50° aniversario del golpe de Estado genocida del 24 de marzo de 1976, colabora en la organización de los actos y expresiones públicas que se prevén en la ciudad para que la consigna de memoria, verdad y justicia mantenga la vitalidad y la convocatoria que es deber perpetuar.
Luis Giannini cumplió hace unos días 69 años. Nacido en la localidad bonaerense de Alberti, pronto su familia se trasladó a la ciudad de Mercedes, donde transcurrió la mayor parte de su infancia, su adolescencia y también algunos años de su juventud.
En Mercedes, cursó sus estudios de la escuela primaria y también de la secundaria, siendo alumno del colegio San Patricio, que pertenece a la comunidad de los Padres Palotinos, grupo religioso católico de gran influencia y trascendencia histórica en ese lugar de Buenos Aires.
Luego, se fue a la Capital Federal estudiar abogacía, pero abandonó pronto, en el primer año. Giannini refiere ahora que "le puso ganas", pero, a la vez, se dio cuenta de que no era su vocación.
Probó luego estudiar periodismo en el Instituto Grafotécnico, pero transcurría en ese momento el fatídico año 1976 y las turbulencias hicieron que la alternativa tampoco prosperara.
En ese tiempo, ya trabajaba para sostenerse y era empleado del Banco de la Nación Argentina.
"Dejé mis estudios de periodismo porque la mitad de los profesores fueron desaparecidos, o secuestrados o presos, toda gente muy valiosa. Los propios estudiantes no sentíamos en peligro", expresó, al rememorar los tristes y difíciles tiempos que marcó el terrorismo de Estado y la dictadura.
También tuvo que dejar de trabajar en la sucursal del Banco Nación del barrio de Villa Crespo, en la que se desempeñaba. "Perseguían a todos", explicó, y él mismo podía ser blanco de la represión en cualquier momento, ya que integraba la Comisión Gremial Interna de la entidad bancaria.
Giannini fue dirigente y militante de la Juventud Trabajadora Peronista (JTP) y entre sus compañeros y amigos en el Banco se contaban los delegados gremiales Eduardo González y Hugo Scutari, quienes transcurridos tantos años siguen figurando como personas desaparecidas por los heraldos y esbirros de la muerte.
"Hugo era como un hermano para mí", expresó el oriundo de Alberti y desde 1985 radicado en Cipolletti, la ciudad a la que unió su destino desde entonces. "Su desaparición fue y sigue siendo un gran dolor que llevo conmigo, siempre", afirmó y señaló que aún mantiene contacto con la esposa de Scutari, Delia Barrera, quien compartió cautiverio con su marido, pero fue liberada y sobrevivió.
Barrera se transformó en testigo fundamental en el marco de los juicios por delitos de lesa humanidad que se han seguido a militares, policías y gendarmes que actuaron en el circuito represivo conocido como ABO, esto es, Atlético-Banco-Olimpo. Los centros clandestinos de detención "El Atlético" y "El Olimpo" funcionaron en sendos predios de la Policía Federal, en tanto que "El Banco" lo hizo en un predio de la Policía de Buenos Aires.
Tanto Eduardo González, desaparecido el 30 de noviembre de 1976, como Hugo Scutari, desaparecido el 5 de agosto de 1977, fueron secuestrados mientras se encontraban en la vía pública. "Ambos estuvieron detenidos en el Atlético, el Club Atlético, ese centro de detención que estaba en la Avenida Paseo Colón, debajo de la autopista", precisó Giannini.
"A fines de 1976, yo tuve que dejar de trabajar en el Banco Nación porque un día nos allanaron los casilleros a quienes éramos más activos y me dijeron que no fuera más porque, si iba, me iba a quedar preso por orden del gerente de la sucursal. Así que, bueno, tuve que dejar e hice otros trabajos, distintos trabajos, para poder vivir".
En ese tiempo, Luis Giannini ya estaba en pareja con Matilde Daroqui, de quien se separaría años más tarde. Con ella tuvo los tres hijos varones, todos ya profesionales, que son motivo de orgullo del ex docente y fuente inquebrantable, en el corazón, de ese optimismo que no ha perdido nunca, ni en las peores circunstancias. Unido al amor por sus seis nietos, y a su perenne pasión militante, Luis no está, ni ha estado nunca, dispuesto a bajar los brazos. Nunca.
En ese inolvidable e imperdonable 1976, en la Argentina reinaba el terror. Siendo imposible seguir en el Banco y hacer una vida mínimamente normal, "tuvimos que recluirnos", relató. Esconderse, intentar pasar desapercibido, se volvió una necesidad.
"De todas maneras, con otros compañeros, seguíamos militando y pensando cómo resistir la dictadura. Había, en esa época, una idea de armar como una CGT en la resistencia. Pero, ya después en 1977, bueno, muchas compañeras y compañeros que militaban con nosotros vimos que iban cayendo, que iban siendo secuestrados, desaparecidos", señaló.
A mitad del '77, se fue a la provincia de Misiones, a trabajar, aprovechando que, por allá, tenía una hermana. "Con mi pareja, veíamos que la situación no era ya sostenible en Buenos Aires. No porque faltara trabajo, que se encontraba si se buscaba. La Argentina de esos años se estaba cayendo a pedazos, pero todavía era otra Argentina. Se podía trabajar".
El problema era la creciente ferocidad de la represión fascista, su carácter brutal y sangriento. En junio, "justo el día que yo me fui, justo esa noche, nos allanaron la casa y la destruyeron. Había gente que militaba con nosotros, que ya no teníamos noticias de ellos, habíamos perdido el contacto y pensamos que algo nos podía ocurrir".
Su esposa Matilde, no se fue con él. Por esas cuestiones de tiempos, se quedó. "Pero tuvo la suerte de no estar" en la casa en aquellos tremendos instantes y se salvó. "En esos días, sentía que habíamos renacido".
La pareja estuvo poco en Misiones, donde "yo trabajé en una Caja de Crédito". La oportunidad se le presentó porque, cuando había sido empleado del Banco Nación de Villa Crespo, "en el barrio había muchos judíos pobres comunistas y socialistas y había muchas cajas de crédito, que eran los banquitos de los comerciantes, las pymes, los talleres textiles. Por eso, yo conocía bastante de ese tipo de movimiento cooperativo", lo que le ayudó en su nuevo destino.
Sin embargo, la misionera Caja de Crédito 2 de Mayo en la que se había entusiasmado laburando quebró en diciembre de 1977 y el horizonte no pintaba nada bien. La nefasta política económica que estaba implementando ese torvo personaje que fue José Alfredo Martínez de Hoz, Ministro de Economía de la dictadura desde 1976 a 1981, comenzaba a mostrar el perfil antinacional que la caracterizó.
En 1978, regresaron a Buenos Aires. En el caso de Luis, decidió volverse a Mercedes, donde empezó a estudiar el profesorado de Historia. Para sostenerse económicamente, empezó su labor en el mundo de la enseñanza: "Trabajé como preceptor en un colegio de monjas. A partir de entonces, no me aparté de la educación. Después fui profesor de Historia" y ocupó, con los años, todos los cargos de la carrera docente, excepto el de vicedirector.
Además de preceptor y profesor "por mucho tiempo", sería secretario, director y supervisor. En 2017, le llegó la hora de jubilarse del trabajo, pero no del compromiso y de la lucha por sus convicciones.
En esa época oscura, la permanencia en Mercedes le trajo cierta estabilidad. No era una ciudad segura, porque allí la represión fue muy dura y fueron desaparecidas muchas personas. Pero era un lugar que conocía bien y donde podía desarrollar esa especie de anonimato que da moverse en un ambiente propio. Para su familia, fue un alivio, porque "habían suspirado de que yo no fuera un desaparecido. Era muy duro lo que estaba pasando".
No era para menos la angustia y el alivio de la angustia que experimentó la familia. En 1977, la dictadura había dado cuenta de su crueldad con el secuestro y desaparición conjunta de Jorge Arturo Daroqui, de 25 años de edad, y de su hermano Daniel Alberto, de 23. El hecho ocurrió en el 15 de julio de 1977. Más tarde, el 12 de septiembre, fue desaparecido Juan Carlos Daroqui, de 31 años. Los tres eran, son hermanos de Matilde, la entonces compañera de Luis.
"Los secuestraron, a los tres hermanos. Mis hijos tienen tres tíos desaparecidos", expresó Luis, muy emocionado, al rememorar, semejante crimen.
"Ha sido toda una vida de acompañar a los padres" de los hermanos Daroqui "que buscaban y esperaban a sus hijos. Toda la vida buscando y esperando hasta que se murieron". Matilde, su ex esposa, también ha seguido en esa lucha.
Para Luis y los suyos todos estos años han sido un tiempo de compromiso y de persistir "en acompañar las luchas del movimiento de derechos humanos". Seguir y seguir adelante, sin aflojar.
Un par de años más tarde de la desaparición de los Daroqui, en 1979, el horror volvió a tocarle de muy cerca. Fue un 11 de marzo y esta vez la víctima fue el niño Ariel Brienza, quien tenía apenas 14 años. La violencia dictatorial "nos golpeó muy duro. Ariel era el hijo mayor de mi hermana mayor. Mi sobrino".
"Era un pibe, que estaba con su hermano de 12 años y otro amiguito en la calle. Un viernes, un sábado a la noche. Un militar, un cabo del Ejército Argentino, los vio sospechosos, les dio una voz de alto y, como los pibes salieron corriendo, les disparó con un arma personal de él y lo mató", recordó.
"Se desangró, la bala le dio en una arteria muy importante en la ingle. Y se desangró y murió. Este hecho nos marcó mucho también y, sobre todo, porque una parte de la familia lo veía como un hecho policial más y otra parte, lo veíamos como una víctima de la dictadura", como en efecto, lo fue. Era el terror.
En 2019, en un medio de comunicación mercedino, Giannini se refirió el hecho con más detalle. Contó, en esa ocasión, que Ariel "se asustó cuando un cabo del Ejército argentino, que pertenecía al Regimiento 6 de Mercedes, le gritó y le apuntó con un arma no reglamentaria. Ante la corrida, el asesino disparó, respondiendo al mandato que su jefe había colocado en la puerta del Regimiento: '‘Aquí se crían los mejores tigres del mundo’. Si el pibe corre y no le hace caso, el tigre le dispara y lo mata”.
"Eso fue una cuestión que nos marcó mucho, nos dolió mucho y nos dividió en algún sentido. Hasta ahora. Alguna parte de la familia lo reivindicamos como una víctima de la dictadura y otra parte, no. Pero, lo cierto es que fue un hecho espantoso, terrible, que a mis padre los golpeó muchísimo, a mi hermana y a mí también, por supuesto", prosiguió, ahora, hablando en el presente cipoleño.
"Nos sentíamos con mucho dolor como rodeados de muerte", enfatizó.
Luis Giannini cumple años el 14 de marzo de cada nueva temporada. Sin embargo, se le hace difícil celebrarlo. Y no puede ser de otra manera: "Me cuesta festejar mis cumpleaños porque siempre me recuerdo que el 11 de marzo de 1979 mi sobrino fue asesinado por la dictadura". Apenas tres días separan un acontecimiento de otro.
Complicada, compleja, triste, cotidiana, la vida fue transcurriendo. En Mercedes, como en otros muchos lugares, el infierno hizo campamento durante la dictadura. "En la ciudad, hay 23 personas desaparecidas", puntualizó el ex docente.
Entre los sectores mercedinos más afectados por el terrorismo de Estado, se contaron los integrantes de la comunidad de los Padres Palotinos. "Muchos compañeros de San Patricio fueron desaparecidos, asesinados. Uno de ellos, que nos inspiró mucho en la juventud, fue el cura Alfredo Kelly. Fue asesinado en la parroquia de San Patricio del barrio de Belgrano, en la ciudad de Buenos Aires".
Kelly, oriundo de la localidad de Suipacha, fue asesinado a balazos junto con los curas Pedro Dufau, nacido en Mercedes, y Alfredo Leaden, porteño, o sea, de la Reina del Plata. Con ellos, murieron también los seminaristas Salvador Barbeito Doval, de Pontevedra, España, y Emilio Barletti, de San Antonio de Areco. Todos acribillados por miembros de una patota del oprobioso régimen criminal.
El hecho ocurrió el 4 de julio de 1976 y ha pasado a la historia como la Masacre de San Patricio y también como la Masacre de los Palotinos. Es considerado el mayor atentado que ha sufrido la Iglesia Católica de la Argentina.
Luis pudo salvarse del terror y concluir sus estudios, convirtiéndose en profesor de Historia. Se trasladó primero a la Capital Federal, donde ejerció y le pareció que "era muy poco" lo que pagaban. Por eso, debía rebuscárselas con otros laburos, para sumar algún ingreso extra. Ya había nacido su primer hijo y las necesidades, como es natural se habían acrecentado.
En democracia, sentía que debía progresar y salir adelante. El clima opresivo de la dictadura iba quedando atrás. Había pasado, además, la Guerra de Malvinas. "En 1985, me vengo para acá, para Cipolletti", evocó. En aquel tiempo, en Río Negro "el sueldo era mucho mejor, así que se podía vivir de la docencia", agregó.
Su ex compañera era psicopedagoga y también consiguió trabajo. "Llegué a Cipolletti y siempre me moví, como docente, entre Cipolletti y Fernández Oro", aunque también dio clases en un colegio nocturno de Neuquén.
"Ni bien llegué, muy tempranamente me afilié a la UnTER. A los dos años de llegar, me tocó ser secretario general del gremio, acá, en Cipolletti", continuó y dijo que durante la década de 1990 le tocó estar en la conducción provincial de la organización. El líder del sindicato era por ese entonces el recordado Daniel Gómez. "Yo fui secretario de Prensa durante seis años, desde 1992 a 1998", precisó.
En 2005, al momento de fallecer, Gómez era titular de la CTA rionegrina. Unos pocos años después de ese triste suceso, en 2008, Luis Giannini asumió la secretaría general de aquella central obrera provincial. Estuvo en el cargo hasta 2014. Su labor sindical fue siempre de la mano con su participación "en todo el movimiento de derechos humanos, por razones muy personales y también por convicción política e ideológica".
Llegó 2017 y con éste la hora de jubilarse. Como supervisor de educación secundaria, por entonces ya no daba clases. Pero eso, la enseñanza, fue lo central, lo fundamental, en su desempeño como trabajador. Lo que no dejó nunca, hasta el presente, han sido sus convicciones y la voluntad de llevar a la práctica aquello en lo que cree íntimamente, la posibilidad de un mundo mejor. Más solidario, más justo, más esperanzador.
Hoy, con su actual compañera Karina Pita, no deja pasar el tiempo y lucha y reflexiona. Y en sus reflexiones queda en claro lo que siente, lo que observa y lo que considera que debería ser transformado en la realidad, esa realidad de dolores y alegrías, a veces muy bajoneante, otras más dada al entusiasmo, alguna vez muy horrorosa, otras veces en la que los mejores sueños parece que estuvieran muy cerca, ahí nomás.
"¿Qué representa para mí el 24 de marzo de 1976? Fue la implementación sistemática y brutal del terrorismo de Estado, que había empezado un año antes, había sido pensado y creado, por lo menos, un año antes, en 1975. Esto yo lo percibí porque era trabajador bancario y nos dimos cuenta, ya desde el Rodrigazo, qué era lo que se venía", sostuvo.
"Nuestros peores enemigos, en el propio gremio bancario, era la Triple A y sabíamos que algunos de estos personajes estaban adentro, incluso, de la propia institución, como en lo estaban en otros lugares", agregó.
En su opinión, "otro signo claro fue cómo se hizo todo. A veces nos hemos enfocado mucho más en esos personajes, pero ellos fueron, en verdad, los instrumentos del gran capital. El gran capital nacional, muy vinculado siempre a la embajada norteamericana y a algunas empresas multinacionales, todos ellos fueron los grandes beneficiarios de la dictadura".
Siendo así las cosas, "lamentablemente en la Argentina nos falta todavía avanzar en los juicios de lesa humanidad contra los responsables civiles empresariales de la dictadura. Hubo muy pocos juicios, caso el de Mercedes Benz, el de Ford. Y, en este caso, se dio hace poquito el juicio de Villa Constitución, donde no hubo prácticamente condenas. Es decir que es muy difícil avanzar sobre esto y se nota que ahí está el poder real de la Argentina y lo estuvo siempre".
Y, claro, Giannini bien puede afirmarlo y reafirmarlo. "Yo viví el sistema implantado por Martínez de Hoz, que fue quien, en realidad, gobernaba en la Argentina" en esos años, los del genocidio de toda una generación.
"Los militares eran el sostén, pero el que dibujó la estructura, el esquema de la estructura de gobierno, fue Martínez de Hoz. Fue el que impulsó la apertura cambiaria, la desindustrialización y el sistema de agregación financiera y especulativo que llega hasta hoy. Todo eso se fundó en esa época y nunca más se pudo cambiar. Por ejemplo, la Ley de Entidades Financieras de Martínez de Hoz viene del año 1977 y sigue vigente y nunca se pudo cambiar", reflexionó.
"Ese es el corazón, yo creo, del sistema de dominación en la Argentina".
Además, "es lo que nos ha impedido cambiar, es donde se producen las corridas cambiarias, es donde se producen los shocks inflacionarios, es donde se producen todas las contradicciones y las cosas que nos golpean, que nos desestabilizan y que suceden cuando hay intentos de parte del movimiento social o de gobiernos un poco más populares de modificar algunas partes de esa estructura".
De acuerdo a sus palabras, "el shock inflacionario y la corrida cambiaria" no solamente agreden a la sociedad, sino que son, en sí mismas, "herramientas políticas de dominación para condicionar nuestra vida y creo que, incluso, hasta la última votación tuvo que ver con eso. Mucha gente votó la continuidad de este gobierno nefasto", es decir, el gobierno del presidente Javier Milei, "lo votó por miedo. Y es un gobierno que está ideológicamente emparentado con el gobierno de la dictadura".
Y el propósito gubernamental, ahora como entonces, es y ha sido dejar de ser "un país semiindustrial" y que "desaparezca la industria y quede solamente el extractivismo, volver 100 años para atrás al modelo agroexportador de fines del siglo XIX, cuando había empresarios multimillonarios que tiraban manteca al techo y viajaban a Europa varios meses, mientras que aquí se sometía a la población a un régimen de explotación inhumana".
Así, pues, "la implantación del terrorismo de Estado" tuvo que ver "con cambiar las relaciones sociales al interior de nuestro pueblo y convertirnos en un pueblo sometido, de gente excluida. Hoy se piensa y creo que todo el mundo lo sabe que el extractivismo no genera puestos de trabajo" en gran número.
Lo reafirmó: "los puestos de trabajo son muy poquitos los que se crean y para las mayorías lo único que hay es un destino de supervivencia y exclusión. De cobrar algún plan social". Y la prueba, en sus dichos, es que durante la gestión de la ex presidenta Cristina Fernández de Kirchner, con su perfil más favorable hacia los sectores populares, "había un cuarto de los planes sociales que hay hoy en la Argentina. Porque Milei paga sin problema eso, porque total es un salario de exclusión para que la gente sobreviva comiendo lo mínimo con sus hijos y no tenga trabajo, no tenga dignidad, no acceda a un bienestar, no tenga casa en un país con tanto territorio" y tanta oportunidad de desarrollo.
"La Argentina que, por su enorme territorio, debería tener facilidades para el acceso a la vivienda de todo el mundo, está llena, sin embargo, de gente que vive en forma precaria. Acá mismo, en Cipolletti, más de un tercio de la población vive en asentamientos y no se construyen viviendas", subrayó.
Deprimente el panorama descripto por el docente jubilado. Y, no obstante, está el espíritu, la fibra, el corazón que se sobrepone a las tinieblas. "Yo no pierdo y nunca he perdido la esperanza porque he visto tantas cosas. Viví momentos muy duros, la dictadura, la postdictadura, el menemismo. Nos tocó resistir todas las políticas neoliberales. Nos dieron palizas terribles, represiones terribles".
El cipoleño oriundo de Alberti en ningún momento habló en forma figurada: "Estuvimos en el Consejo de Educación el primero de mayo del '95, mientras Roberto Roberto Rulli nos decía que no iban a reprimir. Llegaron del gobierno y nos dieron una paliza terrible a los docentes. Nos reprimieron acá en Cipolletti, en Roca, en Viedma, tantas veces".
También "estuve, por supuesto, en la Carpa Blanca, ayunando todo el mes de enero del '98 y mucho tiempo acompañando a otros compañeros y compañeras. Pero conseguimos la jubilación docente nacional, si no, yo no sé si yo mismo me hubiera podido jubilar".
"Vivimos, incluso, temporadas donde nuestros hijos comían en la olla popular que teníamos acá en el Municipio, el Concejo Deliberante, que tuvimos tomado durante no sé cuántos meses, como hicieron muchos otros docentes en otros lugares de Río Negro. Así que, pues eso, habiendo vivido esas experiencias yo tengo esperanza de que esto puede cambiar. Y ojalá que pueda cambiar", resaltó.
Y dijo: "Yo soy profesor de Historia, así que plantear lo de la verdad histórica no es menor, no es menor porque tiene que ver con pruebas documentales, con testimonios, con hechos reales que están verificados y comprobados. Por eso, digo, que estamos en una batalla cultural que tendremos que seguir dando en todos los lugares e incluso contándole a mucha gente a la que hoy la distraen con otras cosas".
Habiendo compartido luchas con tantas personas, en diferentes planos, como tuvo oportunidad, por ejemplo, con Noemí Labrune, la histórica referente de los derechos humanos en la región, Giannini no deja lugar para el pesimismo. Además, el optimismo es constitutivo de su ser. "Y también lo tengo que ser optimista porque tengo hijos y tengo nietos que son chiquitos. Me duele y preocupa mucho en qué país van a vivir. Hay que seguir adelante, en lucha, siempre".