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11 de septiembre de 2001, el día que el mundo cambió para siempre

El World Trade Center, el centro financiero global, fue el objetivo de un ataque que dejó cerca de 3.000 muertos y sus emblemas, las Torres Gemelas, derrumbadas. Cadáveres, dolor y guerras, la consecuencia.

No hubo alertas de inteligencia ni tampoco controles extremos en los aeropuertos locales e internacionales. El 11 de septiembre de 2001 amaneció para los Estados Unidos como un día más y anocheció como el más trágico de su historia moderna. No pasaron más que un par de horas para que el sol que aquella mañana brillaba y se lucía en el cielo celeste de Nueva York, quedase enturbiado por el humo, el polvo y un velo invisible que lo tapó todo por mucho tiempo más que el que se demoró en juntar los escombros: el miedo. Y no sólo fueron los norteamericanos los que se sintieron tocados, especialmente, claro, los neoyorkinos, sino buena parte del mundo, que asistió en vivo a un golpe macabro y casi perfecto. “Casi” porque dos de los cuatro objetivos a los que el terrorismo apuntó en aquella mañana no pudieron ser castigados como sus mentores lo hubiesen deseado. Pero el daño simbólico y real fue enorme. Las dos torres más altas de la ciudad de los rascacielos cayeron como un Jenga, colapsaron en una suerte de implosión propia del cine catástrofe.

A las 8.46, un Boeing de American Airlines, secuestrado por cinco terroristas, impactó entre los pisos 93 y 99 de la torre norte del World Trade Center, centro neurálgico financiero y comercial de los Estados Unidos. Pocos lo vieron, muchos lo escucharon, aunque creyeron que se trataba de una explosión y un incendio. Desde ese momento, todos empezaron a mirar hacia arriba, de cerca observando el detalle del daño; de lejos viendo la columna de humo; por TV -en varios puntos del planeta- siguiendo las alternativas y escuchando las especulaciones acerca de qué pudo haber ocurrido.

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Una de ellas era que una avioneta fuera de control no logró esquivar la torre, alguna teoría apurada arriesgó también un cortocircuito. Pero las especulaciones se terminaron un puñadito de minutos más tarde, cuando a las 9.03, en vivo y en directo, el mundo vio como otro avión de American Airlines se incrustaba entre los pisos 77 y 85 de la torre sur. Ahí ya nadie dudó. No había nada fuera de control en esa situación, sino todo lo contrario. El problema era que el control lo tenían los terroristas.

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El pánico comenzó a reinar en NYC y a expandirse por todo el país. Y mientras el resto del planeta se pellizcaba para saber si lo que veía en televisión era cierto o un invento de Hollywood, a las 9.37 un tercer avión -también de American Airlines- se estrelló contra el ala oeste del Pentágono, donde funciona el Departamento de Defensa norteamericano. EE.UU. estaba siendo atacado casi en simultáneo en su corazón económico y militar. Sólo faltaba un punto clave, el político. Y estuvo muy cerca de que pase también, porque a las 10.03 una cuarta aeronave comercial, en este caso de United Airlines, cayó en un campo en Pensilvania, aunque esto se debió a una puja entre los pasajeros y quienes tripulaban el avión, sus secuestradores (esto se confirmó tras hallar e investigar la caja negra) que evitó que el choque fuese contra su verdadero objetivo: la Casa Blanca.

Allí no estaba George W. Bush, entonces presidente de EE.UU., quien se encontraba participando de un evento en un jardín de infantes en Florida. Bush se enteró del incidente en la primera torre gemela, aunque sin mayores precisiones, pero a las 9.05, tres minutos después del ataque a la segunda torre, fue evacuado de urgencia del lugar en el que estaba. Unos minutos antes de dar su primera declaración pública. “Hoy vivimos una tragedia nacional, dos aviones impactaron en el World Trade Center en lo que parece un ataque terrorista”, confirmó. El presidente republicano, quien todavía no había cumplido ni siquiera ocho meses como jefe del gobierno federal, se encontró con lo que terminaría siendo el eje principal a lo largo de su gestión que tuvo dos mandatos: la llamada “guerra contra el terrorismo”.

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La libertad fue atacada por cobardes sin rostro y esa libertad será defendida. Todos los recursos del gobierno están a disposición para ayudar y salvar a las víctimas de estos ataques”, dijo desde un búnker del Ejército y lanzó su advertencia. “Que nadie se equivoque: perseguiremos y castigaremos a los responsables de estos ataques”.

Mientras, las torres ardían y muchísima gente no tenía escapatoria. Estaban encerrados en un verdadero infierno en la torre y muchos elegían tirarse al vacío desde los ventanales sabiendo que no podrían ser rescatados ni lograrían bajar por ninguna escalera o ascensor. Quizá guardaban un mínimo sueño de, en ese salto, poder evitar lo que igualmente sería una muerte segura. Entre la desesperación de los atrapados, la de los bomberos, policías y voluntarios que arriesgaban y daban su vida por rescatar gente que estaba en el WTC, un minuto antes de las 10, la torre Sur, la que recibió el impacto del segundo avión, se desplomó sin más, agregando a la escena el dramatismo propio de un film que no tendrá final feliz. Ese hecho fue la sentencia de que más temprano que tarde también colapsaría la otra torre, la Norte, y eso ocurrió 29 minutos después. Las Torres Gemelas, postal de Nueva York, eran polvo, escombros e hierros retorcidos y ardientes.

En cuestión de horas, empezaron a aparecer en TV las caras de algunos de los secuestradores, de esos suicidas que murieron por su causa. Una causa que enseguida también tuvo cara y nombre: Osama Bin Laden. Y también empezó a conocerse el “lado B” del líder y fundador del grupo terrorista yihadista Al-Qaeda, quien pertenecía a una de las familias más ricas de Arabia Saudita y había sabido recibir entrenamiento de los propios norteamericanos cuando años antes había luchado en sociedad con Estados Unidos contra la invasión soviética en Afganistán. Claro que luego de la retirada, “del triunfo contra el comunismo”, hubo cambio de enemigo, porque Bin Laden y su gente acusaron a los sucesivos gobiernos de EE.UU. de instalarse en Medio Oriente con la idea de usufructuar sus riquezas y hasta de cambiar las costumbres musulmanas.

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Osama Bin Laden.

Osama Bin Laden.

Un par de días antes de los atentados del 11-S, un comandante afgano (Ahmad Shah Massoud) que luchaba contra los talibanes, fue asesinado por orden de Bin Laden. Massoud venía señalándole al mundo occidental los riesgos que se corrían si no se frenaba el ascenso talibán en Afganistán. De hecho, en una conferencia que dio en Francia en abril de 2001, dijo directamente que Bin Laden estaba preparando un ataque contra los Estados Unidos. Mientras hace unos días, el presidente Joe Biden ordenó que se desclasifiquen documentos secretos de la investigación que hizo el gobierno luego de los atentados, un reciente documental de la TV alemana sugiere que los norteamericanos no quisieron escuchar las advertencias de quien era llamado “el León de Panishir” porque eso podría haber afectado los acuerdos de venta de armas que había con Pakistán, dando a entender que los intereses económicos primaron por sobre la seguridad nacional.

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Ahmad Shah Massoud.

Ahmad Shah Massoud.

Lo cierto es que en los años siguientes a los atentados contra las Torres Gemelas y el Pentágono, hubo otros en Bali e Indonesia (en 2002), en 2003 uno en Arabia Saudita y entre 2004 y 2005 dos golpes que aterrorizaron al centro de Europa: el primero en la red de trenes de Madrid, cuando el 11 de marzo hubo diez explosiones en cuatro formaciones ferroviarias que ocasionaron casi 200 muertes y centenares de heridos; y el segundo el 7 de julio de 2005, cuando una serie de atentados contra el transporte público de Londres vulneró (y paralizó) a una de las ciudades más protegidas del mundo. Al-Qaeda estaba detrás de todos esos atentados y su líder seguía siendo un objetivo militar de los gobiernos más poderosos de occidente, en especial de Estados Unidos, que anunció la muerte de Osama Bin Laden en la noche del 1° de mayo de 2011, en boca del presidente Barack Obama.

El martes 11 de septiembre de 2001 marcó un antes y un después de muchas cosas, pero por sobre todo volvió a poner sobre la mesa lo poco que puede llegar a valer la vida humana. Casi tres mil personas murieron entre los cuatro atentados sin distinción de razas, credos, oficios ni clases sociales. Civiles, militares, policías, bomberos, ejecutivos, empresarios, empleados, ricos, pobres… Y quedaron enormes e insalvables secuelas, como la paranoia y desconfianza que genera el miedo, como relató hace un tiempo una joven de nombre Adama, de origen musulmán, quien a los 16 años pasó un mes y medio en la cárcel acusada de ser una potencial terrorista suicida mientras el Estado deportó a su papá a Guinea. Sólo estaban esperando la nacionalidad estadounidense. Cuando fue liberada, sin cargos formales en su contra, Adama se quedó sola y debió dejar la escuela para cuidar de sus hermanos menores, quienes sí eran norteamericanos de nacimiento. Ella, que con el atentado de hace 20 años también perdió parte de su vida, hoy sigue esperando la ciudadanía estadounidense. Y recordando el horror.

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