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Whisky, prostitutas y un secuestro con final inesperado

La víctima, hijo de un empresario petrolero pampeano, fue entregada por un amigo rionegrino. El plan se trazó en un prostíbulo. Lo liberaron, tras pagar el pago de un rescate millonario.

El rescate por el secuestro extorsivo de Ariel Zille, hijo de un empresario petrolero y agropecuario de La Pampa, fue el más importante que se pagó en la región y el segundo a nivel nacional.

Cuando lo raptaron a Mauricio Macri, en 1991, don Francisco pagó 6 millones de dólares. Tras doce días de cautiverio y síndrome de Estocolmo, soltaron al futuro presidente de Boca y del país.

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En el caso de Zille, los investigadores juran y perjuran que el empresario desembolsó un millón de dólares, pero solo declaró la mitad a la Justicia Federal que llevó a juicio a los autores, todos neuquinos, salvo el entregador, un rionegrino que residía de Catriel.

Los hechos más vertiginosos ocurrieron entre la noche del 11 de diciembre de 2008 y la madrugada del 13.

La dramática historia recorrió más de 170 kilómetros entre las provincias de La Pampa, Río Negro y Neuquén, envuelta en una trama de acción, intrigas, persecuciones, escuchas, ostentación, allanamientos y todo tipo de condimentos. Incluso, un juicio donde no todo quedó probado y si bien hubo condenas, también se dejó una hendija para investigar el posible autosecuestro.

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Amistades peligrosas

Como toda historia, esta también tiene su génesis. Ariel Zille y Alejandro Alemanni, en esos años, eran pibes de guita, mucha guita. Sus padres eran empresarios vinculados al negocio petrolero y en el caso de Zille, también a la agricultura. Tenía campos de alfalfa y una importante llegada al poder.

Ariel y Alejandro tenían otras cosas más en común: sus novias eran hermanas y gracias a ellas se conocieron una noche en un pub en Catriel, donde charlaron, bailaron y tomaron algunos tragos.

Pero su amistad quedó sellada en el baño del pub, donde compartieron un par de líneas de cocaína.

La vida de pueblo los aburría a rabiar, pero vivir de los padres era mucho más cómodo que lanzarse por las suyas o meterse de lleno en el negocio y trabajar de verdad.

La insatisfacción los unió y desde entonces las reuniones en el departamento de Alemanni, en Catriel, se hicieron bastante frecuentes.

Zille vivía en 25 de Mayo, en La Pampa, por lo que solo tenía que cruzar el puente del río Colorado por la Ruta 151, manejar unos 16 kilómetros y ya estaba en el departamento de su amigo en Catriel, ubicado en calle Jujuy 559, primer piso, departamento E, pleno centro de la localidad petrolera.

En esas juntadas abundaba el consumo de alcohol y droga. Las interminables charlas giraban entorno a la relación con sus parejas y sus complicaciones, también los negocios de sus padres que se habían comenzado a pisar en algunas licitaciones y se alentaban para realizar emprendimientos mientras el estímulo de la cocaína recorría sus venas. Después, todo se desvanecía y quedaban tendidos en el sopor de la cotidianidad.

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El prostíbulo vip

Alemanni no soportaba el silencio de la vida pueblerina, por lo que solía hacer escapadas a Cipolletti y Neuquén para disfrutar de noches con movimiento, luces y oportunidades.

Había un prostíbulo vip en pleno centro neuquino, en Carlos H. Rodríguez al 100, que Alejandro Alemanni frecuentaba.

Al ser un cliente recurrente, entabló una muy buena relación con el dueño, que era un ex corredor de motos devenido en una suerte de fiolo de categoría, Juan Manuel Rosas.

Entre pasada y pasada, ambos solían hablar mientras tomaban whisky a la vera de una tenue luz roja.

En esas largas charlas fue que surgió la idea de secuestrar a Ariel. El plan era simple: agarrarlo medio puesto en el departamento de Alemanni y luego pedir una suntuosa recompensa. Pero para esto hacía falta mano de obra, y Rosas la tenía.

Uno de sus clientes, de apellido Machado, trabajaba en el Banco Provincia de Neuquén (BPN) a cargo de la seguridad y tenía muy claro cómo se debían hacer los movimientos y las comunicaciones, y además proveería chalecos antibalas.

Esa charla terminó con los hombres brindando por sus prósperos futuros. El bancario se fue a pegar un revolcón con una de las chicas mientras Rosas levantaba su vaso de whisky y le decía: “La casa invita”.

El resto de la banda la conformó con Oscar Monsalve, que malvivía con un taller de motos en las 120 viviendas de Valentina Sur, y Alfredo Merillan, un chorro de poca monta deseoso de hacer algo grande para no tener que andar cada tanto arrebatándoles carteras a las abuelas.

Por una cuestión de logística, Rosas se contactó con otro cliente, el gitano Alexis, a quién solamente le pidió que le prestara un vehículo que luego le devolvería con unos billetes encima. El gitano, llegado el día D, le cedió una VW Cross Fox.

Así, entre whisky y prostitutas, se reclutó a los integrantes de la banda en pleno centro neuquino.

Rosas y Alemanni trazaron cada uno de los movimientos que realizarían para chupar a Zille, guardarlo y exigir el rescate.

Todavía restaba que Alemanni le tirara un poco más la lengua a Ariel para ajustar el monto que iban a pedir, pero todo el resto estaba encaminado.

Uno de los procedimientos que se realizaron en el marco de la investigación por el secuestro de Ariel Zille.
Uno de los procedimientos que se realizaron en el marco de la investigación por el secuestro de Ariel Zille.
Uno de los procedimientos que se realizaron en el marco de la investigación por el secuestro de Ariel Zille.

El secuestro

Tras distintos llamados y reuniones, Alemanni y Rosas finalmente le pusieron fecha y lugar al secuestro: el 10 de diciembre de 2008, a la noche, y en el departamento del entregador.

El 9 de diciembre, Alemanni invitó a Zille a una juntada en su departamento. El 10 volvió insistir para que no se olvidara.

Esa noche, mientras los jóvenes charlaban y tomaban de todo, los secuestradores iban en camino en la VW Cross Fox: Merillan al volante, Rosas en el asiento del acompañante y Monsalve atrás, a su lado llevaba un par de chalecos antibalas que les facilitó Machado y que se utilizaban para el transporte de caudales del BPN.

Pasada la medianoche, el 11 de diciembre, golpearon la puerta del departamento y dos tipos fuertemente armados y con chalecos, Rosas y Monsalve, irrumpieron cuando Alemanni se asomó para atender fingiendo sorpresa.

Al entregador lo llevaron a otra habitación donde le dieron un par de trompadas pactadas y lo ataron. A Zille lo encañonaron y le dijeron: “Pibe, a vos no te va a pasar nada, pero no jodas”. Luego le pusieron dos camperas en la cabeza, lo sacaron del edificio y lo metieron en la parte de atrás de la Cross Fox, acostado en el suelo.

Posterior al hecho, Ariel Zille contó que reconoció la marca del vehículo porque al subir con la cabeza gacha leyó en el escalón de apoyo “Cross Fox”.

El joven secuestrado no hizo ningún tipo de movimiento que le pudiera costar la vida y por más esfuerzo que realizó para tratar de ubicarse, como no podía ver, se perdió en una oscura noche de verano.

Los secuestradores dieron varias vueltas hasta que llegaron a una casa ubicada en la calle El Sol del plan 120 viviendas en el barrio Valentina Sur. Allí, a Zille lo esperaría una habitación oscura recubierta con colchones en las paredes y ventanas, donde permaneció amordazado y maniatado por unas 48 horas.

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La extorsión

Alemanni, siguiendo el plan, radicó la denuncia en la comisaría novena de Catriel. Al tomar conocimiento de quién era la víctima, el comisario avisó personalmente al jefe de la Policía rionegrina, Víctor Cufré.

El empresario Silvio Zille fue puesto al corriente de la situación y no dudó en contactar al gobernador de La Pampa, Oscar Mario Jorge, con quién tenía línea directa, para que le diera una mano en lo que se pudiera.

Una llamada oportuna del gobernador pampeano permitió que la SIDE tomara intervención.

A las 6:15 del 12 de diciembre, tras casi 28 horas sin novedades de Ariel, el padre recibió un llamado desde el celular de su hijo donde uno de los captores, Rosas, quien se encargó de las negociaciones, lo tranquilizó y le dijo que su hijo estaba bien, pero le advirtió que estaban dispuestos a matarlo si recurría a la Policía o los medios tomaban conocimiento de lo que ocurría. “Después lo llamo”, dijo Rosas, y cortó.

En cuestión de minutos, la SIDE intervino directamente el celular de Silvio Zille para rastrear en vivo las conversaciones con los captores, de las cuales le daban aviso directo al fiscal federal de Roca, a cargo de la causa.

Durante la mañana del 12, Rosas volvió a llamar y dejó claro que querían “un palo, pero ojo, de los verdes”, y cortó con la promesa de darle más indicaciones para establecer el punto de entrega.

El empresario desapareció un par de horas y cuando caía la tarde del 12 de diciembre tenía el tanque lleno de su Grand Cherokee negra y dos bolsos con plata.

Los delincuentes comenzaron mantener contacto fluido con Silvio Zille cuando las penumbras avanzaban sobre el día.

Intervención de la SIDE

A las 20:55, el empresario salió de 25 de Mayo, ni bien le dieron el primer punto de encuentro: Sargento Vidal.

Atrás, como en las películas, iba un vehículo a una distancia prudencial con tres personas: el comisario de Catriel al volante, el jefe de la rionegrina de acompañante y el fiscal federal en el asiento trasero escuchando en vivo los diálogos del empresario con los secuestradores.

Los raptores obligaron a Zille a realizar distintas paradas donde lo hacían esperar y después le daban el nuevo destino.

Durante una hora lo tuvieron detenido en dicha localidad y a las 22 recibió otro llamado con un nuevo destino: el Parque Meteorológico de Cipolletti.

Una vez que llegó al lugar, pasaron algunos minutos hasta que le indicaron que siguiera hasta el aeropuerto de Neuquén.

Cuando el fiscal le dijo a Cufré que iban al aeropuerto, el jefe de la rionegrina se contactó de inmediato con el director de Delitos de la Policía neuquina y le pidió apoyo.

Esto ocurrió cerca de las 23 del 12 de diciembre. Cufré explicó toda la situación y advirtió que “desconocía la jurisdicción a la que iban ingresando”, por eso necesitaban apoyo.

Del Departamento de Seguridad Personal partió un móvil no identificable con tres policías que aún estaban resolviendo otras tareas investigativas.

A partir de ahí, los neuquinos recibieron un llamado del comisario de Catriel que les confió: “Estamos escoltando una Grand Cherokee negra de un empresario pampeano que va hasta el hotel Huemul para pagar un rescate por el secuestro de su hijo. Necesitamos cobertura”.

Los efectivos de la Policía neuquina, que tenían un basto conocimiento del oeste, le afirmaron que no había ningún hotel con ese nombre.

“Minutos después, el comisario de Catriel nos avisó que habían perdido al empresario y que ellos estaban parados frente a un hospital grande en el oeste. Estaban en el Heller”, contó uno de los pesquisas del caso a LMN.

Por teléfono, el comisario les dijo que lo vieron pasar a Zille en dirección a la barda, los neuquinos comenzaron a buscarlo hasta que lo vieron pasar raudamente.

“Esa noche, una Cherokee en el oeste o era de un narco o era del empresario, así que la seguimos hasta que frenó en la rotonda de Huilen y Peréz Novella al lado de un cerro”, detalló el uniformado.

Si bien los policías trataban de comunicarse con los jefes de la rionegrina, el teléfono les daba ocupado.

“Cuando logramos comunicarnos, el fiscal nos dijo que estaba haciendo el pago. Le describimos toda la situación que observábamos para saber si teníamos que intervenir. La situación era crítica porque en ese cerro podía haber gente armada apostada y se corría el riesgo de que lo tomaran de rehén al empresario y ahí sí todo se hubiese transformado en un infierno”, recordó el policía.

Antes de arrojar los bolsos, Zille recibió una llamada que supuestamente era una prueba de vida de que su hijo estaba bien.

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“Soy Zille y él es mi hijo”

Los Policías nunca lograron saber con exactitud por qué el empresario pampeano se manejaba tan bien por las calles del oeste neuquino. Pero una vez que estuvo hecho el pago, salió la Grand Cherokee a toda velocidad en dirección al aeropuerto.

En paralelo, a su hijo lo sacaron de Valentina Sur en el baúl de un auto y lo tiraron en una calle paralela a Zabaleta, límite entre Neuquén y Plottier.

Ariel, que había sido arrojado a un canal de riego, corrió hasta una casa de la toma que estaba justo enfrente, pidió prestado un celular y llamó al padre.

Con la ayuda del vecino, lograron ubicar al empresario, que venía siendo seguido por los policías neuquinos.

“Ingresó por Zabaleta a mano derecha a una toma y en un calle interna vemos que sube a las corridas un tipo. En ese momento decidimos intervenir porque no sabíamos qué pasaba. Tras subir a la Ruta 22, le cruzamos el auto a la Grand Cherokee y los encañonamos”, recordó el oficial que intervino en el procedimiento.

Asustado, el empresario levantó las manos y comenzó a gritar: “Soy Zille y él es mi hijo. Lo tenían secuestrado”.

Padre e hijo bajaron del vehículo y les contaron todo a los policías, que dieron aviso al comisario de Catriel para que fueran hasta la antena de Claro.

En esos 10 o 15 minutos de espera, el empresario les confirmó que en el Melipal había entregado “dos bolsos, casi un palo verde entre reales, pesos chilenos, argentinos y dólares".

En tanto, la víctima, que estaba toda sucia y apestaba, reveló: “Estuve encerrado en una habitación tapada con colchones en la ventana, parece que había una iglesia evangélica cerca porque se escuchaba un megáfono donde decían ‘Valentina Sur’".

A los pocos minutos llegaron el fiscal federal, el jefe de la rionegrina y el comisario de Catriel. Al joven le hicieron una revisación médica y luego el fiscal les pidió un informe por escrito a los policías neuquinos.

El día después

Ni la Justicia Federal, ni la Policía rionegrina volvieron a comunicarse con los investigadores neuquinos, que tras mantener una charla con sus respectivos jefes resolvieron avanzar con las averiguaciones.

“Trabajamos la pista de Valentina Sur y conseguimos el dato de que en la plaza del barrio hubo un encuentro evangélico. Peinamos todo el malandraje en la zona suroeste, eran tres o cuatro casas, y así comenzamos a relacionar algunos nombres, entre ellos Monsalve, que luego resultó estar relacionado con Juan Manuel Rosas, cuya madre y padre eran policías. En el entramado logramos dar con Merillan, que es el que se movía bien en el oeste”, relató el pesquisa.

A los cinco días, arribó a Neuquén una comisión de la Policía pampeana. “Ellos vinieron comisionados por el gobernador de La Pampa. Estaban preocupados porque mucho no se movía la causa en el lado de Río Negro”, reveló uno de los investigadores a los neuquinos.

Los policías pampeanos, de la brigada de Santa Rosa, traían con un cúmulo de datos respecto de las comunicaciones, que dejaba entrever que la SIDE les había brindado apoyo.

Fue así como se estableció el IMEI del celular que se utilizó para mantener las comunicaciones posteriores al secuestro, además del celular de Ariel Zille.

En ese aparato, se utilizaron tres chips para contactarse con el empresario, solicitar el rescate y después brindar datos para concretar el pago y recuperar a su hijo.

La Policía neuquina continuó las pesquisas sobre los sospechosos, se logró intervenir nuevos celulares y se hizo un arduo trabajo de campo.

Los secuestradores no supieron disimular que tenían dinero y comenzaron a ostentar de manera grosera.

De hecho, a fines de febrero de 2009, cuando se dio el golpe a la banda, les encontraron una Toyota Hilux y dos Yamaha R6 cero kilómetro. A esto se sumó todo tipo de tecnología, gastos varios como viajes a Buenos Aires para ir a ver a Boca y comidas en Puerto Madero.

Además, incautaron una gran cantidad de armas. “Cuando concretamos el allanamiento y vimos todas las armas, nos miramos y supimos que esa noche, si interveníamos, nos podrían haber puesto”, confió el investigador.

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Juicio y giro

La Justicia Federal llevó a juicio a todos los integrantes de la banda por secuestro extorsivo doblemente agravado.

El juicio se realizó siete años después, en junio de 2016, y la fiscal Cristina Beute sindicó a Rosas como el cabecilla de la banda, a Alemanni como partícipe necesario, y a Monsalve y Merillan como integrantes.

Las penas que solicitó la fiscalía fueron de los 12 a 15 años, pero el Tribunal Oral Federal (TOF) integrado por Alejandro Silva, Mariano Roberto Lozano y Richar Gallego no compartió del todo la teoría del caso.

El 22 de agosto de 2016 se dio a conocer la sentencia y con ella las sorpresas. Se absolvió a Merillan por cuestiones técnicas. Alemanni y Rosas fueron condenados a 6 años de prisión y Monsalve a 5.

El delito fue extorsión, es decir, no quedó probada la figura del secuestro, y en el punto 14 de la resolución, el TOF indicó: “Remitir copia de la presente y del acta de debate en soporte digital a la Fiscalía Federal de Instrucción, a fin de que proceda a investigar la eventual participación que podría caberle a Ariel Zille en el evento traído a juicio”.

La teoría del autosecuestro

Para el TOF, durante el debate no quedó del todo claro que Ariel Zille haya sido una víctima y surgieron detalles llamativos que obligaron a los jueces a pedir que se investigue un posible autosecuestro.

Alemanni reveló que con Ariel habían charlando en varias ocasiones sobre esa maniobra con la finalidad de hacerse de capital para arrancar con sus propios emprendimientos.

Zille le había contado, de acuerdo con las declaraciones de Alemanni, qué día de diciembre su padre tenía una gran disposición de dinero en efectivo para pagar sueldos y aguinaldo, que justo coincidió con la fecha del secuestro.

Incluso, Alemanni y Rosas contaron que en el prostíbulo vip del centro neuquino mantuvieron charlas con Ariel Zille para armar el golpe.

Lo que objetaron los abogados defensores fue que sabiendo la Policía rionegrina del hecho, no hicieron un acta certificando el dinero que se entregaba para hacer el posterior rastreo.

Tampoco Silvio Zille dejó claro el origen del dinero ni el monto final entregado.

El empresario, tras recuperar a su hijo, reveló a los policías neuquinos que había entregado dos bolsos con alrededor de “un palo verde”. En la denuncia, declaró la mitad.

Los policías pampeanos confiaron a sus pares de la neuquina que la cifra la modificaron tras una reunión que tuvo el empresario con sus contadores para evitar problemas fiscales.

La cifra, que se aceptó como oficial y que fue refrendada en la sentencia, fue de “un millón de pesos y 150 mil dólares”. Es decir, casi medio millón de dólares en ese entonces.

En el juicio también quedó claro que Ariel Zille fue liberado una hora antes del pago y el empresario se enteró a los 30 minutos, pero su hijo, mediante una llamada, le dijo: “Andá a entregar la plata”.

El empresario aseguró que lo hizo para no poner en riesgo a la familia, pero los defensores de los acusados tenían sus dudas. “¿Qué secuestrador libera a la víctima antes de recibir el pago?”, preguntó Marcelo Inaudi, uno de los abogados defensores de Alemanni, en el alegato final.

La incógnita que planteó Inaudi tiene toda la lógica del mundo. Si se suelta la prenda de cambio, ¿qué certeza tendrán los secuestradores de recibir su paga y por qué tanto interés de la víctima en que su padre concretara el pago siendo que podría haber optado por pasarlo a buscar y refugiarse en una comisaría?

A esto se sumó que Silvio Zille esperó entre 15 y 20 minutos, después de arrojar los bolsos con el dinero, hasta que los delincuentes le dieron la autorización para ir en busca de su hijo, que ya sabía donde estaba.

Otro aspecto extraño fue que Ariel Zille describió que recibió una serie de golpes en la espalda y culatazos en la cabeza durante su retención, pero en la revisión médica que se hizo la misma noche que lo liberaron, el médico de la Policía neuquina observó que tenía un buen estado general y solo algunas lesiones de sujeción.

Todos estos elementos fueron los que llevaron a que al TOF no le cerrara la historia del secuestro, pero se mantuvo la de la extorsión.

El pedido de investigar a Ariel Zille y su presunta participación en la maniobra nunca prosperó.

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