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Ruth Montecino negó integrar una banda narco

Dijo que nunca estuvo asociada con su hermano Héctor. "Siempre fui independiente. Él manejaba lo suyo y yo lo mío", aseguró.

Neuquén > “Con mi hermano (Héctor Montecino) nunca fuimos socios, ni recibí ninguna orden. Lo de él era de él y lo mío era mío. Siempre fui independiente. Él manejaba lo suyo y yo lo mío”, aseguró ayer Ruth Montecino, quien en su descargo reconoció su vínculo con la droga, pero aclaró que no lo hizo como parte de una organización y mucho menos a la cabeza, compartiendo el liderazgo con su hermano Héctor.
“No integro ninguna organización, como me fue leído en la acusación”, dijo al inicio de su relato; y prosiguió: “Con la gente de Centenario jamás tuve trato, a ninguno de ellos lo conocía”.
Los imputados centenarienses son siete. Tres hombres y cuatro mujeres, dos de las cuales –Cecilia Soto y Leonor Castillo– dijo haber conocido recién en la Unidad 16, donde están detenidas.  
La causa “Nacimiento” suma otros 15 imputados en Cipolletti; y sobre ellos, Ruth expresó que conoce a la mayoría porque “son familiares”.
Esa lista la integra también Leopoldo “Polo” Belmar Castro, el cuidador en la chacra La Mayorina, quien está acusado de facilitar un galpón para almacenar droga. Pero Ruth  aclaró que con él “nunca tuvo trato”.
Tampoco con Olga Jorquera, otra de las imputadas que ocultaba sustancias en su casa de la calle Perú, en Cipolletti. “Era una vecina nada más”, añadió la integrante del clan Montecino, aunque su hermano la llamaba “tía”, según se desprende de las escuchas que forman parte de la investigación.
En tanto, la acusada reconoció que tenía una relación sentimental con Marcelo Seguel, pero aclaró que la misma  “se cortó”.
Según Ruth, fue a principios de septiembre de 2011, es decir, antes de que la Policía neuquina diera el batacazo.
Seguel aparece en la causa como nexo entre Belmar y los Montecino, y se le reprocha la entrega y el retiro de psicofármacos.
“Salvo dos personas, que no voy a dar nombres, con el resto –de los acusados– nunca tuve manejo de estupefacientes”, afirmó.
Con los ojos fijos en el tribunal,  pidió “perdón por andar prófuga y por el daño que cometí a muchas madres de muchos hijos”.
Pidió también “misericordia” a los jueces. No por ella, sino por el hijo menor que tiene, de 12 años.
En la audiencia de ayer hubo de todo, hasta un careo (ver recuadro) y un testigo “sorpresa”. Antes que Ruth declarase, lo hizo otro cipoleño llamado Héctor Soto.
Acusado de facilitar un lugar para ocultar droga en  la toma Martín Fierro, el hombre quiso hablar y lo hizo luego de escuchar a dos testigos y amigos que lo recordaron como una buena persona y un hombre de trabajo, dedicado alguna vez a los caballos de carrera.
El hombre también se dirigió al tribunal que lo juzgará. “No pertenezco a ninguna organización. Nunca anduve metido en la droga”, afirmó.  “Siempre viví de mi trabajo y a mis hijos los crié con sacrificio. Con el tema drogas no estoy de acuerdo”, sentenció.
 
Sobre el final
El testigo “sorpresa” apareció veinte minutos después de que Ruth pusiera fin a su descargo. Y le valió como prueba para esclarecer a su favor una escucha telefónica.
En una conversación que mantuvo con Marcelo Seguel, ella le habló de un galpón y de un corte de luz. Pero lo hizo en referencia al que entonces ocupaba su hijo sobre la calle General Paz al 1.200, y no al que aparece en la causa como lugar de acopio en la chacra la Mayorina.
El declarante cuya identidad hasta el momento se desconocía, resultó ser Oscar Enzo Hernández, nada menos que un amigo y ex socio de Pablo, hijo de Ruth, con quien, según dijo, alquiló un galpón para la compra y venta de vehículos, propiedad de un hombre de apellido Prieto. Según el testigo, Pablo vivía en una casa del fondo del predio de la General Paz.
También confirmó con su declaración el corte de energía por falta de pago durante los primeros días de septiembre de 2011.
Para probar los dichos de Ruth en lo que concierne a esa escucha, el tribunal también hizo lugar al planteo del defensor particular Juan Luis Vincenty, con el fin de  pedir un informe a la empresa Edersa que verifique ese corte en el domicilio.
El debate se reanudará el próximo 9 de septiembre. Será entonces, día de alegatos.

Tenso careo entre un testigo y una imputada

Se realizó durante la audiencia de ayer. No aportó datos reveladores en la causa que investiga la comercialización de drogas en la región.
 
Neuquén > El cruce que protagoniza la centenariense Cecilia “Ceci” Soto –acusada de suministrar droga– con el ex policía neuquino Jhonatan Gómez –testigo en este juicio y a la vez imputado en otra causa por tráfico de drogas- sumó ayer un nuevo capítulo con el careo que autorizaron los jueces federales, a pedido del defensor particular Gustavo Olivera.
La Policía  tuvo que hacer uso de la fuerza pública para buscar al ex efectivo. Después de un receso prolongado apareció, y con un pañuelo que rodeaba su cabeza, irrumpió en la sala.
Los jueces sólo fijaron como límite toda declaración que hiciera peligrar su situación procesal como imputado en otra causa por filtrar información sensible a lo que se investigaba.
Al inicio del juicio, Soto dijo que se conocían y que Gómez vendía droga. “Sin darme cuenta, yo se la compraba. Era él el que estaba metido”, dijo la imputada en su momento.
Sólo una mesa los separó del encuentro que tuvieron cara a cara. Ella en una punta, él en la otra, y cada uno con un micrófono en la mano. Sin faltarse el respeto, Cecilia fue la primera en romper la tensión y el silencio. Y a cada pregunta que le hizo, Gómez le contestó con un “no”.
Así respondió también cuando ella le preguntó si no se acordaba que se conocían. Le volvió a decir que no cuando la mujer le afirmó: “Tomábamos (droga) juntos”. También negó que entrenaran juntos boxeo y que él viviera a tres casas del domicilio de la tía de Cecilia, en Centenario.
Le dijo que no a todo lo que ella le preguntó. “La verdad que no te conozco – reiteró– no tengo idea quién sos”. E incluso fue más lejos: “A una persona con tu contextura física la recordaría”.
Cecilia, por su parte, le recordó: “Lo mismo me hiciste en la causa de 2010. ¿Por qué lo hacés?”. Y agregó: “Mentís, decís que no, pero me conocés”.
Al final, el careo sirvió más para la tribuna que para los fines del proceso.

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