Darío Jara hace "magia" con tres máquinas de coser en un lugar "muy especial" para él y su familia. El audaz emprendedor revela a LMC su gran sueño.
Empezó de abajo y pisa cada vez más fuerte en toda la Patagonia con sus alpargatas artesanales y los nuevos productos que le fue sumando. A los 38 años ya es un comerciante experimentado Darío Jara, quien transformó el almacén de su papá en una fábrica de calzados y ahora redobla la apuesta e incorpora innovaciones que reflejan el crecimiento de su pequeña pyme.
“Por ahí me preguntan, ¿te acordás del negocio familiar? Y claro que sí, si yo también daba una mano y colaboraba incluso cuando ya había iniciado mi proyecto. Me genera nostalgia, acá me crie, lo tuvimos 29 años. Y siento orgullo de trabajar en lo que era el comercio de mi viejo, el mercadito del barrio”, confiesa este inquieto emprendedor de Luis Beltrán a LM Cipolletti.
“Mi papá Gilberto también hizo todo con mucho esfuerzo. Pero en un momento hubo que optar por la salud. Era seguir con el negocio familiar o con la fábrica, papá me dijo ‘hace lo que te guste’ y no lo dudé”, comenta el también hijo de Evelia -vive en General Roca-, sobre ese momento crucial, que marcó un antes y un después en la vida de El Estribo (ex Choite).
Se inició a los 18 integrando un proyecto de una Cooperativa que funcionaba en la residencia de varones y luego aprendió el oficio.
“¿Qué es de la vida de aquellos chicos?”. “Siguieron su camino, estudiando, tienen otros trabajos. Cada tanto charlamos, mantengo la comunicación con ellos siempre que puedo. Y yo fui el que se hizo cargo del proyecto y continúe en tema. Recuerdo con cariño también a la directora María Inés que me dio una gran mano para arrancar”, destaca y su hijo Matías (17 años) y la ayudante Lucrecia lo oyen con atención, como si no conocieran la historia.
La escenografía cambió por completo. En lugar de la clásica estantería con galletitas ahora hay otra con calzado. Ya no están más la heladera con bebidas ni el viejo mostrador. En la actualidad, en lugar de la máquina de cortar fiambres aparecen tres máquinas de coser.
“Mati me ayuda con el armado y pegado (tiene otro hijo con Jéssica, Santiago de 19). Y Lucrecia a hacer todo lo que es costura”, indica quien se ríe de su propia audacia al largarse en tiempos en los que “no había YouTube y conseguir las herramientas costaba el doble; todo era a prueba y error, una aventura”, recuerda.
Estima que vende “3.500 pares de alpargatas por año” y su clientela incluye toda la línea Sur.
“El fuerte de la alpargata es que es algo tradicional, tiene el sello, acá en esta zona hay mucha cultura campestre también. Las alpargatas, más allá de la apertura de los mercados, no tienen tanta competencia internacional”, destaca ya convertido en un verdadero especialista.
Hace 3 años también empezó a ampliar su stock e incorporó zapatillas. “Apostemos nivel local, Valle Medio y Patagónico. Acá hay una cultura muy fuerte a nivel tradición, eso me encanta. Tanto como ser competitivos a nivel país por la calidad de nuestro producto”, sostiene quien planea elaborar “calzado de cuerina para niños”. Como si fuera poco, fábrica a pedido los pantalones cargo...
“Con el tema de las zapatillas de lona, nos convocaron de una marca conocida para que se las fabriquemos”, anticipa el comerciante que además del Sur abarca Bahía Blanca y otras ciudades bonaerenses.
"Lo que sí, no ampliamos la producción porque priorizo la calidad y no estoy en condiciones de incorporar mano de obra”, admite y una clienta se lleva un par de alpargatas por solo 12 mil pesos.
“Tampoco es todo color de rosas, tengo mis altibajos, distintos tipos de inconvenientes: económico, familiar, el rubro que no está tan implantado en esta zona y no se consigue tan fácil los materiales. Pero las dificultades te van haciendo desarrollar, entender lo que es mercado, es un desafío lindo, me gusta, vivo de lo que hago y celebro eso”, reconoce.
Visitante que llega a Luis Beltrán pasa a conocer su emprendimiento. “Incluso turistas que vienen al teatro en Choele Choel”, dice con una mezcla de asombro y gratitud.
Y en el final, expone su gran sueño: “Poder instalarme en el Parque Industrial y hacer la fábrica, dar trabajo, contar con mano de obra genuina”.
Por lo pronto, avanza en lo que era el almacén del pueblo, en un querido espacio que marcó su infancia. Darío Jara, el zapatero que camina despacio con su comercio pero crece a pasos agigantados.