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Menem, antes de ser presidente de la Nación

Su camino de cómo logró seducir y tejer alianzas para llegar al sillón de Rivadavia.

Quizá porque su tranco corto, propio del 1,65 de altura que lo acompañó desde que pegó su último estirón, lo obligó a replantear estrategias, Carlos Menem jugó siempre a ser un adelantado. Sabía que en el mano a mano podría aparecer algún otro que diera un paso más largo que él, entonces entendió que la ventaja la sacaría jugando de anticipo.

Él, un apasionado del deporte hasta la desvergüenza -como jugar al básquet sin ningún pudor por el qué dirán-, aplicó esa fórmula a lo largo de su vida y la llevó a la política, la otra pasión que lo hizo construir poder y más poder. Porque este hombre, que había nacido en el riojano Anillaco, un pueblo que allá por 1930 apenas tenía poco más de un millar de habitantes, fue un gran constructor de poder. A fuerza de intuición, personalidad y un gran carisma.

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Una anécdota que define su capacidad para seducir y tejer alianzas tiene que ver con los años de plomo, los de la última dictadura militar que lo tuvo detenido durante cinco años desde 1976, cuando fue echado de la gobernación de La Rioja y arrestado por el nuevo gobierno de facto. En 1979, bajo el “régimen de domicilio forzoso”, Menem se movía como un hombre parcialmente libre: podía hacerlo únicamente en una ciudad y ésa no tenía que pertenecer a La Rioja.

Así fue que llegó a Tandil, donde tenía la obligación impuesta por los militares de reportarse todos los días ante el jefe de la policía local, el comisario Hugo Zamora. Era el costo a pagar por estar “preso”. ¿Quién terminó siendo una de las grandes amistades de Menem durante su paso por Tandil? Hugo Zamora, con el que a fuerza de anécdotas e historias del pasado, del presente y fantasías a futuro, empezó a compartir grandes charlas matizadas con largas partidas de ajedrez. ¿Quién fue nombrado jefe de la Policía de La Rioja cuando Menem volvió a ser gobernador en 1983? Sí, Hugo Zamora. La política siempre se baila de a dos, aunque el que tiene mejor cintura, siempre baila mejor.

Aquellos años fueron difíciles para todos los que militaban en la política. A Menem, por ejemplo, cuando lo desplazaron de la casa de gobierno riojana el 24 de marzo del 76, lo acusaron de tener amistades con la guerrilla, al día siguiente lo detuvieron y lo trasladaron a Buenos Aires, donde pasó la primera etapa como preso político en un buque (“33 orientales”) amarrado en el puerto de Buenos Aires. Compartió aquellos amargos primeros tragos con otros dirigentes peronistas -o vinculados al peronismo- entre ellos su futuro rival de partido, Antonio Cafiero.

Allí tuvo de compañero de celda (camarote) a Pedro Vázquez, quien había sido médico de Juan Domingo Perón, hasta que a mediados de año fue trasladado al Penal bonaerense de Magdalena. Recién en julio de 1978 dejó de ser preso común para ser parte del “régimen de domicilio forzado”, que antes de tener sede en Tandil la tuvo en Mar del Plata, donde rápidamente comenzó a frecuentar algunos puntos sociales que lo empezaron a vincular con personalidades de la política opuestas a su pensamiento público y también opuestas entre ellas. Pero nada de eso nunca le importó demasiado a Menem, en la medida en que fuera él quien se parara en la cima de esa montaña tan diversa como irregular.

De ese modo comenzó a tener “diálogos” con el Almirante Emilio Eduardo Massera, que tenía sueños de presidente democrático y quería que el justicialismo lo apoyara. El marino había sido uno de los dos hombres fuertes del gobierno militar que derrocó a Isabel Perón y en septiembre de 1978 dejó su cargo de jefe de la Armada con el deseo frustrado de haber sido el jefe de Estado, lugar que captó para sí el Ejército en nombre de quien era su opositor en la interna de la Junta Militar: el general Jorge Rafael Videla. Parte de la buena onda de Menem con Massera tenía que ver con ese enemigo en común, dado que el riojano nunca le perdonó a Videla que no lo haya dejado asistir al funeral de su madre, quien murió cuando estaba preso en Magdalena.

Con Massera, además, tenía otro punto en común: disfrutaban de la noche, de la buena compañía femenina, y del roce con el jet set. El que había sido detenido en 1976 por su “cercanía a la guerrilla”, dos años después cenaba habitual y amigablemente con un representante de la extrema derecha y responsable de la aniquilación de buena parte de aquella guerrilla, en la marisquería del puerto marplatense, El Viejo Pop.

También en Mar del Plata empezó a hacer buena relación con Alberto Olmedo, con Susana Giménez y con Carlos Monzón, sin descuidar sus alianzas políticas: se veía seguido con los sindicalistas Abdul Saravia (obreros de la industria del pescado) y Diego Ibáñez (gremio de los petroleros). Entre ellos estaban peleados, pero Menem los hacía jugar juntos para él.

Pero el Ejercito advirtió cómo en Mar del Plata crecía la figura del riojano que, además, estaba “coquetando” con Massera, por lo que el ministro del Interior de entonces, el general Albano Harguindeguy, decidió el mencionado traslado a la ciudad de Tandil hasta que recuperó su libertad plena en febrero de 1980. Menem volvió a Buenos Aires aunque su destino inmediato fue La Rioja. Los militares habían prohibido la actividad política en todo el país pero el hombre de las patillas no hizo caso y comenzó a la militancia en su propio beneficio.

Volvió a hacer política públicamente, aunque, en realidad, en todos los años pasados nunca había dejado de hacerlo. La política fue inherente a la vida de Menem. Lo fue desde su juventud, en la posición en la que se encontrarse. Un constante tejer y tejer vínculos lo consolidaron como un hombre hábil para los contactos y un gran capeador de tormentas.

Pero en aquel contexto, la libertad le duró lo que un suspiro y otra vez terminó preso. O, mejor dicho, otra vez detenido bajo el “régimen de domicilio forzoso”, en este caso con un destino norteño: Formosa. Menem volvió a sacar provecho de sus dotes de seductor tanto en las relaciones políticas y como también en las amorosas. Tras un breve tiempo encerrado en los cuarteles de Gendarmería, una familia de apellido Meza le dio asilo en su hogar. Ahí Menem, que ya estaba casado con Zulema Yoma, con quien tenía a Carlitos Jr. (nacido en 1968) y a Zulemita (nacida en 1970) inició una relación extramatrimonial con Martha, una docente rural, hija de los dueños de la casa en la que el riojano vivía. Con ella tuvo un hijo al que reconoció muchos años después: Carlos Nair.

Menem, que era hijo de inmigrantes sirios (Saúl y Mohibe Akil), había empezado su militancia política cuando era un adolescente. En aquel segundo lustro de los años 40 quedó seducido e impactado por el discurso nacional y popular que llegaba desde Buenos Aires en boca de Juan Domingo Perón. Con el General ya en la presidencia de la Nación, el joven Menem terminó sus estudios secundarios y se fue a vivir a Córdoba, donde se anotó en la carrera de Derecho en la Universidad Nacional de Córdoba. Ahí, curiosamente, compartió algunas materias con quien sería el rival al que venció para llegar a la presidencia en 1989: el radical Eduardo Angeloz.

Pero a sus 25 años, las mieles de la primera etapa del peronismo se pusieron un poco ácidas y en 1955 la Revolución Libertadora corrió a Perón del poder. Fue entonces cuando vivió su primera experiencia como preso político, encarcelado por expresar sus ideas.

Consolidada su militancia dentro del “peronismo de Perón”, como tiempo después se definió a quienes adherían al líder en aquellos años, había fundado el grupo Juventudes Peronistas. Y luego de salir de la cárcel, siguió con su lucha para progresar dentro de la política y se metió en una trinchera partidista como lo era (y sigue siendo) el sindicalismo, siendo nombrado asesor legal de la CGT. Por su cabeza daba vueltas el sueño de ser gobernador de su provincia y con la llegada a la presidencia de Arturo Frondizi en 1958, Menem apuró su candidatura en La Rioja -pese a que el peronismo estaba proscripto- aunque no pudo alcanzarla: un nuevo golpe militar, en 1962, hizo caer a Frondizi y a la democracia, derrumbando sus sueños de ser gobernador a los 32 años de edad. Y debió esperar 11 más, al regreso de Perón desde el exilio en España, para poder plasmar su deseo de conducir los destinos políticos de su provincia y en 1973 ganó las elecciones y fue electo mandatario de La Rioja.

El golpe del 76 volvió a truncarle su carrera hasta la vuelta de la democracia, en 1983, cuando volvió a ser elegido gobernador de La Rioja, derrotando al radicalismo por más de 15 puntos. Fue un triunfo previsible, cómodo, aunque en cierto modo solitario, porque el poder central estaba en manos de la UCR tras el triunfo de Raúl Alfonsín. Pero si algo caracterizaba a Menem, se sabe, era su carisma y su personalidad para hacer y deshacer según su conveniencia. Rápidamente se sacó una foto política con el nuevo presidente, una foto que la grieta de aquellos años cuestionó, pero que Menem defendió en otra jugada estratégica. Si para él los radicales eran “gorilas y golpistas”, esa fotografía fue toda una guiñada política. Menem era discurso y era imagen. Se mostraba y hablaba en favor de la Justicia Social, se sentía un caudillo, con prédica antiimperialista, y supo darle fuerza a su semblante, en una decisión marketinera en tiempos en los que aún no se hablaba de eso, promocionando su pelo largo, sus llamativas patillas, todo dentro de su envase diminuto. Quería que hablaran de él, necesitaba hacerse conocido en todo el país y que hablaran de él.

Desde los inicios de su gestión en La Rioja en 1983, tuvo muy marcado su norte: quería ser presidente de la República. Su origen le jugaba a favor y también en contra. A favor, porque La Rioja era un público chico para la gran audiencia nacional y a ese público él lo tenía completamente conquistado. Entonces, la imagen que nacía de su tierra era altamente positiva. Una provincia pobre gobernada por un peronista que, justamente, no se olvidaba de los pobres y sus padecimientos. Lo que le jugaba en contra, en tanto, era paradójicamente algo que le jugaba a favor: su caudal de votos cautivo era muy chico y el peso nacional de La Rioja era insignificante comparado con otras provincias, en especial con una: la de Buenos Aires. Y de ahí era quien sería su rival dentro del Justicialismo: Antonio Cafiero.

Forzó la interna contra otro peronista de Perón que, además, había sido ministro del general y en aquellos años 80 se mostraba como un moderado que buscaba mejorar la imagen que el justicialismo había dejado en la previa a la anterior elección nacional para presidente: el cajón de Herminio. Esto fue un ataúd envuelto con una bandera radical que fue incendiado por quien era el candidato a gobernador bonaerense en 1983, Herminio Iglesias. Ocurrió en el cierre de campaña de Ítalo Lúder (candidato a presidente del PJ) y fue determinante para cerrar la victoria de Raúl Alfonsín el 30 de octubre. Cafiero, amparado en el peso específico de su nombre y su historia, quería dejar en claro que el peronismo no desestabilizaba ni quemaba ataúdes con colores opositores, porque la defensa de la democracia era un bien fundamental. Incluso, antes de las internas con Menem, había salido al balcón de la Rosada acompañando a Alfonsín el domingo de Pascua de 1987, tras la resolución del alzamiento carapintada liderado por Aldo Rico en Campo de Mayo. Aquel día del famoso “felices Pascuas, la casa está en orden”, tuvo a Cafiero en un respetuoso bajo perfil, como una figura del peronismo conciliador y democrático.

En internas abiertas, Menem tenía que derrotar a la historia y el presente de Cafiero. Si la frase justicialista por excelencia es “para un peronista, nada mejor que otro peronista”, el riojano le sumó un atractivo recorrido nacional agregándole “para un peronista del Interior del país, nada menos que otro del Interior”. A pesar de que en Buenos Aires todos daban por hecha la candidatura presidencial de Antonio Cafiero, Menem lo hizo. Y lo hizo, entre otras cosas, por su capacidad de alianzas, en especial la que lo secundó como vicepresidente: Eduardo Duhalde, quien no fue un barón del conourbano porque sus expectativas políticas iban mucho más allá. Pero en aquel 1988, en la previa a las internas que fueron en julio, el binomio Menem-Duhalde creció ostensiblemente en el Gran Buenos Aires, particularmente en la zona sur (Lomas de Zamora, la tierra de Duhalde, y alrededores) y oeste (Moreno, Tres de Febrero y, especialmente, el populoso La Matanza).

Menem ganó en los territorios más peronistas y se convirtió en el impensado, para muchos, candidato del PJ. El conciliador Cafiero aceptó sumar sus votos a la boleta bonaerense, siendo candidato a gobernador (y ganando) en 1989 y Carlos Menem comenzó a tener una nacionalización abrumadora. Y una imagen que fue creciendo al compás de sus promesas de campaña, parecidas a las que implementaba en La Rioja. Hubo sueños de “salariazo”, de “revolución productiva”, mientras el gobierno de Alfonsín se convertía en una pesadilla económica por la que Eduardo Angeloz pagó todos los platos (los rotos y los sanos) en las elecciones nacionales del 14 de mayo de 1989, cuando Menem ganó en casi todo el país y se convirtió en el nuevo presidente. Un estratega, un calculador que jugaba por adelantado, un carismático que a los 59 años cumplía su sueño.

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