El resultado del esfuerzo constante
Su negocio es un punto de referencia en el camino de la Ruta 22, la despensa Mastrocola es marca registrada en el Alto Valle, pero detrás de sus paredes encierra una historia de amor y pujanza. Un ejemplo de vida que el matrimonio integrado por Berta Cucci y Ricardo Mastrocola han sabido construir.
La base de todo lo que han alcanzado tiene un secreto, y Berta, sin egoísmos lo compartió con toda la juventud. “Quiero decirle a los jóvenes, esos que andan medio perdidos, que solamente piensan en el hoy, que piensen en el futuro. Si se quiere se puede, pero hay que comprometerse”. En esta frase, resumió la esencia de un modo de vida.
La humilde sala de cine
Ricardo y Berta se conocieron en plena juventud, él concurría a una sala de cine que era propiedad del papá de ella. “Mi papá tenía un bar y un cine, era chiquito, pero cine al fin”, describió Cucci. “Era el ’55 ó ’56, y Ricardo iba a la sala”.
El triángulo
El quinquenio pasó, y el dueño del terreno quiso cobrar un alquiler imposible de abonar para la pareja. Así comenzó una nueva odisea. “Decidimos construir en nuestro terreno, pero como no teníamos dinero, Ricardo salía a repartir en una camioneta de mi padre, mientras yo vendía en el negocio, porque no teníamos otro ingreso”, señaló la protagonista de esta historia.
El 68 los vio llegar a donde actualmente se encuentra la emblemática despensa, en el triángulo de la Ruta 22.
Junto con ellos llegó el progreso y miles de historias que los tienen como referentes. “El negocio lo armó Ricardo, y estuvimos más tranquilos porque era nuestro. Pero nos costó mucho”.
El progreso
“A penas llegamos empezamos a pedir la luz”, señaló Berta. La energía eléctrica era un suministro indispensable para que la despensa estuviera abierta desde las 8 a las 21, y pudiera distribuir productos frescos.
“Le preguntamos a los vecinos, y terminamos comprando el transformador nosotros para poder tener luz”, indicó Berta. “¿Qué pasó después? Hubo muchas personas que se colgaron de ese transformador”, añadió.
El agua potable también arribó al sector gracias a la insistencia de los Mastrocola. “Acá no podíamos consumir el agua, porque las napas están contamindas”, recordó Berta. “Pasamos cuarenta años trayendo agua para beber, por eso decidimos pagar el tendido del agua”, relató Cucci. “Cuando llegó, yo no tenía problemas de presión. La casa está en un primer piso y tenía agua, pero después se prendieron de ahí y ahora no tengo presión”, detalló.
El gas siguió un proceso similar, sólo que los Mastrocola se sumaron a la iniciativa de una vecina, que logró la extensión de los gasoductos, siempre pagados por ellos. “Lo gracioso es que después vino la empresa del gas y ahora nos cobra a nosotros por algo que ellos no hicieron”, señaló Berta. Hecho que sirve de ejemplo por los otros servicios también.
Tiempos duros
Persistir en un proyecto como el de los Mastrocola no es fácil. La tarea a la que se abocaron les llevó la vida y les puso duras pruebas para salir adelante. “Todo nos costó el doble. Cuando queríamos hacer el negocio no nos dieron el préstamo del banco Hipotecario, después de que trabajamos tanto, cuando volvimos a solicitarlo resulta que no nos lo dieron porque teníamos mucho”, recordó Berta.
Los contratiempos no los doblegaron, y continuaron buscando alternativas. Transacciones con cheques, búsqueda de precios y toda la buena voluntad para mantener abastecida la despensa y brindar un buen servicio.
En la actualidad, los Mastrocola están sintiendo el cambio de los tiempos. “El tema de los supermercados y mayoristas y la competencia que tienen entre ellos hace que la entrada en el negocio no dé la renta que daba antes”, indicó Berta.
“Pero la despensa es nuestra vida y todos los días nos levantamos a las 8 para abrirla”, añadió.
Los tesoros que supo cultivar la familia
El esfuerzo de los Mastrocola le dio como fruto tres hijos, dos mujeres y un varón que enorgullecen a sus padres. “Son muy familieros y unidos”, resaltó Berta.
A ellos, la pareja intentó inculcarles lo que fueron aprendiendo de la experiencia de vida. “Nosotros nos poníamos un plan e íbamos detrás de él para conseguirlo. No se trata de grandes cosas, porque no nos da, sino de cosas que podemos lograr”, explicó Cucci. Y una de esas metas fue brindarles a sus hijos un estudio que les permitiera valerse en la vida. Es así, que los Mastrocola lograron tener una profesora de geografía, una licenciada en Turismo, y un hijo que logró llegar a segundo año de la universidad a pesar de que los médicos le habían dicho que no lo lograría.
Otro tesoro que poseen es la colección de billetes, y las otras que también creó Ricardo. La importancia de lo recolectado no radica en su valor monetario, sino en el recuerdo de tanto trabajo realizado.
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