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Dos amigos y 5 aliens: el encuentro del tercer tipo que conmovió al país

Ocurrió en 1968. Los protagonistas, dos compañeros de trabajo, mantuvieron la versión hasta el último día de sus vidas. Un auto averiado, marcas llamativas y heridas en las manos. ¿Una premonición apocalíptica?

Mendoza, Argentina. Sábado 31 de agosto de 1968. 3:42 AM.

Fernando José “Nené” Villegas (29) conduce su auto, un Chevrolet modelo 1934 recién salido del taller mecánico, acompañado por Juan Carlos Pecchinetti (25). Villegas dobla por la calle Neuquén cuando, de repente, las luces y el motor se apagan, y el coche se detiene. También lo hacen las agujas de su reloj. Los dos hombres se bajan con intenciones de abrir el capó, cuando algo llama su atención. A unos treinta metros de distancia, un objeto discoidal, opaco, de unos cinco metros de diámetro, flota en el aire sobre un terreno baldío.

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De pronto, el objeto lanza un intenso chorro de luz blanca que deja ver a cinco individuos apostados frente al mismo. Tres de ellos se les acercan. En ese momento, ambos se dan cuenta que, al igual que el vehículo en el que se trasladaban apenas unos instantes atrás, también se encuentran inmovilizados. Un estado de relajación los invade. Lo único que pueden hacer es quedarse ahí, mirando. Entonces, ven. Que los individuos no son hombres, ni mujeres, ni personas. Que tienen cabezas grandes y calvas. Que miden más o menos un metro y medio de estatura. Que visten overoles parecidos a los que usan los corredores de automovilismo profesional. No distinguen más rasgos que esos.

Está muy oscuro, salvo por el fulgor brillante de aquel aparato, y no pueden verlos a la cara. Sí, en cambio, pueden escuchar a uno de ellos. Pero no por los oídos: en sus mentes. “No temer”. “Venimos de dar tres vueltas alrededor del Sol, estudiando costumbres y lenguajes de los habitantes”. “El Sol alimenta bondadosamente el sistema. Si así no fuese, el sistema no existiría”. “Las matemáticas son el idioma universal”. “Dominio de la gravedad”. Eso les dice la voz que resuena en sus cráneos.

Otro de ellos les muestra una pantalla circular que sostiene con sus manos. Villegas y Peccinetti la miran. Ven en ella la imagen de una catarata de agua abundante, a todo color. Después, un hongo de humo como el de una explosión atómica, contra el azul de un cielo. Después, el mismo paisaje de las cataratas de antes, pero sin la catarata, como si el agua hubiese desaparecido. Y después, nada más.

En ese momento, ven chispas saltando desde un costado del Chevrolet, y a uno de los seres manipulando una herramienta similar a un soldador eléctrico. Dejan de prestarle atención cuando otro de ellos les toma una mano a cada uno y les punza las yemas de los dedos índice y mayor. Sienten el pinchazo, pero no se inmutan. El ser los suelta al mismo tiempo que los chispazos de la herramienta de su compañero cesan. Las criaturas se alejan de ellos y caminan hacia el objeto discoidal. Todas ellas suben por el haz de luz hacia el interior del objeto. El fulgor se apaga de golpe. Villegas y Peccinetti escuchan un estallido y sienten un viento que les hace flamear los pantalones. Peccinetti ve a la máquina despegar. Villegas grita: “¡Corramos, flaco!”. Ambos se echan a correr en dirección contraria a la nave.

La reconstrucción de los hechos vividos por dos pagadores del Casino de Mendoza, expuesta en los párrafos anteriores y elaborada a partir de su propio relato, constituye lo que desde ese entonces se conoce como el Caso Villegas-Peccinetti, uno de los sucesos ufológicos más emblemáticos de la historia de nuestro país. ¿Por qué este presunto encuentro cercano del tercer tipo continúa cautivando a los interesados en los fenómenos extraterrestres y a los curiosos que se topan con él a más de medio siglo de su registro? A continuación, intentaremos brindar esa respuesta. Y, ¿quién sabe? Quizás, hasta logremos develar su misterio.

-> El día después

Una de las razones por las cuales el Caso Villegas-Peccinetti es tan interesante es el hecho de que no se queda solo en el relato de los acontecimientos. Claro que el testimonio de los propios protagonistas, únicos testigos del ovni y de los alienígenas, es la base de todo. Pero como en muchos de los ejemplos más resonantes en la materia, hubo algo más que palabras. De la experiencia de estos dos veinteañeros cuyanos, además de recuerdos e imágenes resonantes, quedaron rastros. Huellas. ¿Pruebas? A lo mejor.

Después de escapar del lugar donde todo ocurrió, Fernando y Juan Carlos llegaron al puesto de vigilancia del Liceo Militar General Espejo. Estaban sucios, cansados y aterrorizados. Un soldado de guardia los derivó al Hospital Lagomaggiore, donde fueron atendidos. Allí, constataron las heridas en sus dedos: profundas las de Villegas, superficiales las de su compañero. Y también allí empezaron a comentar lo que les había pasado al doctor Arnaldo Ferrari y al comisario Miguel Montoya. El médico y el policía no podían creer lo que oían. El segundo ordenó un dosaje de alcohol en sangre, pero les dio normal a ambos. Finalmente, les pidió que lo acompañaran al lugar de los había pasado todo, pero Peccinetti tenía demasiado miedo para regresar.

Cuando efectivos de la comisaría sexta fueron a buscar el auto que los hombres habían abandonado en la calle Neuquén, la sorpresa fue aún mayor: el lado izquierdo del coche había sido marcado con unos extraños, aunque rudimentarios, dibujos. Eran tres círculos concéntricos que parecían representar órbitas, flechas y dos símbolos similares a las letras griegas Alfa y Pi.

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La historia contada por los trabajadores del Casino, el estado en el que fueron encontrados, la consistencia de sus testimonios y las marcas en la carrocería del Chevrolet generaron un impacto tan grande que la noticia se conoció el mismo sábado y se expandió hacia todo el país. Por aquella época el tema "ovnis" era furor y muchos y masivos medios de comunicación le dieron un gran espacio. Pero no todos estaban convencidos como los tantos entusiastas que ya daban como un hecho la visita interplanetaria.

“Tuvo muchísima difusión. Se hicieron eco medios muy populares, como La Razón, Crónica, 'Sábados Circulares' de Pipo Mancera... Pero, a diferencia de otros casos parecidos, las dudas aparecieron enseguida. Especialmente por la intervención del jefe de la Policía de Mendoza, que denostó el caso, y del juez Jorge Marzari Céspedes, quien investigó de oficio y se declaró escéptico, aunque sus conclusiones, después de mi investigación, quedan bastante desdibujadas”, recuerda el periodista, escritor y experto Alejandro Agostinelli, quien mejor y más profundamente abordó el caso, en diálogo con LM Neuquén.

El mencionado Marzari Céspedes fue uno de los primeros en meterse de lleno en la investigación del caso. Movido por la curiosidad y por la histeria colectiva que se había desatado, intentó llegar al fondo de la cuestión sin dejarse influenciar por las conclusiones que otros, también involucrados en el análisis de las huellas dejadas por los presuntos extraterrestres, se apresuraban a sacar.

“Es un mensaje completo sobre la procedencia del plato volador y su tripulación. Han venido a la Tierra en tres oportunidades desde Ganímedes, pasando por Marte. Quizá tratan de decirnos que Ganímedes es su lugar de origen o su escala para llegar a la Tierra desde lejanas galaxias”, aseguró desde un principio el Centro de Investigaciones Espaciales de Mendoza (CIEM). Mientras tanto, el juez, que movilizaba distintos recursos científicos e instituciones para el estudio de las evidencias, no podía entender cómo estos expertos, entre otras afirmaciones, habían deducido el lugar desde donde habían venido los supuestos aliens.

Agostinelli, quien en su libro “Invasores: historias reales de extraterrestres en la Argentina” recolecta todas las voces, opiniones e hipótesis sobre el acontecimiento, ensaya con este medio una respuesta sobre tal presunción: “Ganímedes, el mayor satélite de Júpiter, fue una obsesión de Benjamín Solari Parravicini que nunca no fue debidamente explicada. Este artista fue muy influyente en nuestra etapa preufológica. Pensemos que él escribió sus psicografías desde 1938 y ya hablaba de astronavegos de Ganímedes que hablaban del futuro y visitaban a la Tierra a saquear nuestros mares. También por esos mismos años, iniciaban sus sesiones espiritistas los hermaswnos Duclout, que en 1953 publicarían el primer libro sobre platos voladores en la Argentina, sobre sus contactos con un 'espíritu de talento' que recibía información sobre la vida en Ganímedes. Desde 1965 Eustaquio Zagorski dijo haber visitado Ganímedes… En fin, era una presencia fuerte en la cultura platillista de la época, y también estuvo presente algún cuento de ciencia ficción local”.

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A pesar de las traducciones y diversos argumentos de los ufólogos que, según ellos, probaban la veracidad del suceso, y tras varias indagaciones, pericias y exámenes (técnicos de la Comisión Nacional de Energía Atómica hasta sometieron al coche a un test de radioactividad: dio normal), tanto Marzari Céspedes, como Roberto Hartkopf (a cargo de la Policía de la provincia) y el teniente Luis Cunietti (integrante de la Junta de Seguridad Aérea de Mendoza) coincidían en que todo había sido una farsa monumental.

“Al caso de los empleados del Casino le dediqué mucho tiempo, pero no encontré nada comprobable. Concluimos que se trató de un fraude. Los escritos que había en la puerta, sobre la que se dedujo la procedencia, habían sido hechos con un pirograbador. El laboratorio móvil de la Policía Científica recogió unas bolitas blancas, metálicas y líquidas que habían caído en el pescante. Era mercurio. También hallamos unos trocitos milimétricos de vidrio que eran parte de un termómetro”, le contó Cunietti al autor de “Invasores”.

Sin embargo, Villegas y Peccinetti no claudicaron: hasta el día de sus respectivas muertes juraron que lo que habían contado en su momento, y tantas veces más después, era verdad. Agostinelli, el último periodista con quien los protagonistas charlaron sobre el tema por el que hacía décadas no se les consultaba, ratifica: “Ninguno de los dos quiso hablar conmigo de opciones diferentes al relato que presentaron en la época”.

-> Mentiras verdaderas

¿Qué fue, entonces, lo que realmente pasó la madrugada del 31 de agosto de 1968? Si nos basamos en las hipótesis elaboradas por los ufólogos que entrevistaron a Villegas y a Peccinetti y se familiarizaron con los signos dejados en la puerta del automóvil del primero (la cual nunca más apareció luego de haber sido trasladada a Buenos Aires y expuesta en varias emisiones de “Sábados Circulares” de Pipo Mancera), el contacto de los extraterrestres con los mendocinos tuvo como fin advertir a la raza humana acerca de la amenaza que representa la energía nuclear. “El manejo irresponsable de la energía atómica se torna peligroso, ya no solo para la Tierra sino para el Sistema Solar”, decodificó, por ejemplo, la revista 2001. Ahora bien, si estamos de acuerdo con los resultados de las pericias realizadas y las declaraciones de los funcionarios que tomaron cartas en el asunto, la reconstrucción de la trama que tuvo lugar en la mencionada fecha no es tarea fácil. ¿Por qué y para qué montar un falso encuentro cercano del tercer tipo?

El juez Manzari Céspedes fue uno de los pocos que arriesgó una teoría: todo se trató de una “joda” pergeñada por Peccinetti y otros compañeros del Casino en la que Villegas fue el blanco. “Villegas era un hombre crédulo, fantasioso y sugestionable. Sus compañeros de trabajo corroboraron que era impresionable y asustadizo. Peccinetti, sin embargo, era tranquilo y dominante, con pasta de líder”, indicó, en una de las entrevistas hechas por Agostinelli para “Invasores”.

Según el magistrado, la broma funcionó a la perfección, tanto que terminó llegando demasiado lejos: la víctima no solo se creyó todo, sino que necesitó contar lo que había vivido apenas pudo. “Se filtró porque Villegas corrió hacia la guardia del Liceo Militar y Peccinetti no lo pudo parar. Si mi hipótesis era correcta, a Peccinetti se le escapó la broma de las manos y después no le quedó otra que defender a ultranza la veracidad de los hechos”, concluía Manzari, muchos años después de desvincularse de la causa y antes de fallecer en 2007.

No obstante, hay demasiados cabos sueltos que atentan contra su explicación. Como bien expone Agostinelli en su libro, “el tiempo dedicado a las inscripciones, la increíble incapacidad de ambos –en especial la de Villegas– para descubrir quiénes le habían infligido las heridas y la afirmación de que habían recibido mensajes telepáticos de los ufonautas, eran píldoras duras de tragar”. Cuesta creer que la supuesta chanza haya logrado tal nivel de perfección, por más crédulo o temeroso que pueda haber sido Villegas. Como también cuesta pensar en el origen y los motivos de que un fraude tan grande fuera gestado y luego sostenido durante décadas.

¿Y si, al final de cuentas, la farsa no era tal? ¿Y si, además, Villegas y Peccinetti no habían sido los únicos en cruzarse con los alienígenas en Mendoza?

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El caso Núñez: ¿precedente o sucesor?

Pocos días después de la historia de los empleados del Casino trascendiera, la misma se vio reforzada por otra muy pero muy similar. Se trataba de la experiencia vivida una noche por José Paulino Núñez, trabajador de la destilería de YPF en la localidad mendocina de Luján de Cuyo. El empleado bajaba de un tanque de fuel-oil cuando, de pronto, vio a dos individuos.

“Escuché lo siguiente: '¿Los conoce? ¿Los conoce?' (...) Los seres usaban un uniforme que reflejaba la luz. Entre ellos se prendió una pantalla circular donde se veían imágenes en technicolor de personas caminando de un lado a otro, como un desfile que se pueden encontrar en cualquier calle… La voz me dijo: 'Muchos de ellos fueron como ustedes'”, contó el hombre a Antonio Baragiola, quien publicó su testimonio en la revista Lumieres Dans La Nuit. Y le aseguró que, tal cual les había pasado a Villegas y a Peccinetti, se sintió paralizado durante su experiencia.

El contacto del petrolero con los alienígenas había sucedido el 30 de junio de 1968, casi exactamente un mes antes. Pero él no quería que se supiera lo que le había pasado. Solo se lo contó al compañero que lo encontró en estado de shock instantes después, el técnico químico Emilio Serdoch, quien difundió la historia recién cuando la de los otros dos mendocinos se hizo pública.

El relato y su temporalidad, para la mayoría de los ufólogos, revalidaba al de los empleados del Casino. No contaban, no obstante, con la posibilidad de que la historia de Núñez se hubiese divulgado previamente entre varias personas. “En la destilería trabajaba el padre de Peccinetti, y estoy seguro que él ya había oído hablar del caso de Núñez. Se me ocurre que él pudo haber comentado la historia de nuestro compañero en su casa, y de ahí su hijo tomó la idea para inventar su historia”, le reveló Serdoch a Agostinelli acerca del posible origen del incidente al que terminaría dedicándole una parte de su vida. “Me sorprendió mucho descubrir que pudieron conocer la historia de Paulino antes de que éste trascendiera a la prensa, precisamente a causa de la difusión que alcanzó el , por así decir, 'relato plagiado'”, nos cuenta hoy el periodista, quien considera que el relato de Núñez “es, evidentemente, la fuente de inspiración de Villegas-Peccinetti”.

Ciertamente, la conexión es clara. Ahora bien, ¿qué decir del testimonio del petrolero en sí mismo? A pesar del posible plagio de los compañeros del Casino, ¿puede haber sido verdad lo que Núñez contó que le pasó? Agostinelli no lo niega ni lo afirma. Aunque señala: “(Núñez) Nunca aseguró que su experiencia fuera 'verdadera'. Nunca estuvo tan seguro de que lo que relató hubiese ocurrido realmente. Cuando nos encontramos, allá por 2007, no tenía muchas ganas de recuperar protagonismo por todo aquello. Le dije que iba a ser un pie de página de otro capítulo, y cumplí con él. De todas formas, el modelo, el esquema de la situación (NdR: del caso Núñez y, por ende, de Villegas-Peccinetti), es estándar. Los detalles que contaba reflejaban bastante bien los parámetros de cómo debían verse y cómo debían operar los humanoides en los años sesenta”.

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La verdad está ahí afuera

“Si aquello fue una broma, la hizo Spielberg”. Eso fue lo que le dijo Fernando Villegas a Alejandro Agostinelli en 2007, la primera vez que habló con él. La primera vez también, en casi cuarenta años, en que se refería al caso que le había dado unos quince minutos de fama no buscada. “Era difícil fabricar lo que planteó Marzari. Además, hubieran saltado otros protagonistas. Yo, con una hija por venir, hacer una broma así, ¿cuál era el negocio?”. Esto otro fue lo que le dijo Juan Carlos Peccinetti, ahora sí justo cuatro décadas después de lo sucedido. Y, según cuenta en el capítulo que les dedicó en su libro, ninguno de los dos quiso extenderse mucho más al respecto. Ambos se mostraron esquivos o desinteresados en rememorar y volver a relatar los acontecimientos que, más de medio siglo después, siguen disparando preguntas.

“Creo que es una de las más extraordinarias historias de mi libro. Por los indicios de su falsedad, las contradicciones, los misterios reales… Todos esos elementos constituyen un relato asombroso. Tanto que realmente importa poco si ocurrió realmente o fue un montaje”, considera hoy Agostinelli, en diálogo con este medio. Y tiene razón. Pero bien sabe, también, que cuando los enigmas son tan poderosos se hace muy difícil no intentar resolverlos.

“Determinar lo que ocurrió aquella noche me excede. No fue el propósito central de mi crónica, Aunque, obviamente, también pensé en una posible explicación”, nos admite Alejandro. Y continúa: “En 'Invasores' no lo digo porque lo pensé después, pero creo que esa noche salieron del Casino con otro destino, quizá una fiesta, y armaron la escena como coartada. Nunca esperaron toda esa difusión. Lo que empezó siendo una tontería, un montaje con el que se pasaron un buen rato varios amigos, se fue de pista. De todas formas, no tuve oportunidad de poner a prueba ninguna hipótesis. Ninguno de los dos quiso hablar conmigo de opciones diferentes al relato que presentaron en la época. Ambos eligieron quedase con el encuentro cercano como explicación de lo ocurrido. De hecho, los dos estaban muy satisfechos con la historia tal como está contada en el libro”.

Tiene mucho sentido la teoría de Agostinelli. Si fue una farsa, y todo parece indicar que lo fue, era necesario que ambos protagonistas estuviesen complotados. Tan convencido estaba el autor del fraude y la conspiración de los compañeros de trabajo que, con el libro ya publicado, siguió indagando. Y, por fin, pudo encontrar algunas respuestas.

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“Me volví a encontrar con Villegas un par de años después, en la confitería de un shopping en Mendoza. Otra vez, el acuerdo era “no hablar del caso”. No le interesaba hablar del tema. Quizá porque todo lo que podía decir era puro blá-blá, y Fernando era un tipo con los pies en la tierra. Poco dado a chamuyos. Bah, excepcionalmente (risas). Creo que por eso prefería no seguir enrollándose. De aquel encuentro solo rescaté un dato que podría ser importante. En algún momento deslizó que aquel Chevrolet no era suyo. Entonces, le repregunté y me cambió de tema. Con Peccinetti no me volví a ver, pero hablamos por teléfono varias veces: él quería hacer una película sobre la fuga de la cárcel de Santiago de Chile (NdR: años después de su presunto encuentro con extraterrestres, Juan Carlos Peccinetti estuvo preso y logró escaparse; su impresionante historia personal está bien detallada en “Invasores”). Era gracioso, yo le decía que una película sobre su vida debía incluir el encuentro con los humanoides y él se reía. Ya no quería saber nada. Como si le molestara seguir mintiéndome. Lo más importante que le ocurrió en la vida fue la fuga, quizá porque aquella vez la experiencia sí fue real. Por otro lado, en una de aquellas conversaciones me dijo que estaba pendiente de que Villegas, que seguía vinculado al Casino, lo ayudara a sacar la jubilación. Ese compromiso con su amigo fue clave por muchos años. En otra oportunidad me dijo que nunca me olvidara que eran 'profesionales del juego'. Ahí sentí que ese fue el punto final del asunto. La última vez que hablamos por teléfono me llamó él –por el asunto de la película, él quería que yo escribiera el guión–, y grabé la conversación sin avisarle. Es la única conversación telefónica que aún conservo. Como Juan Carlos falleció, antes de difundirla debo resolver un dilema ético, pero bueno: ahí él me confiesa que el ideólogo 'de todo' fue Villegas. 'Nené fue el genio', me dice”, revela Agostinelli a LM Neuquén.

¿Misterio sin resolver-resuelto, entonces? En parte. Porque, como bien concluye Alejandro: “Lamentablemente, con la muerte de ambos, nos quedamos sin saber lo más importante: para qué. Toda esa farsa, ¿tuvo un propósito en sí mismo? ¿Fue la cortina de humo para encubrir otra cosa, quizá la aventura de un grupo de amigos? No sé si lo sabremos algún día. Sin embargo, a mí me queda la satisfacción de que un caso que parecía 'cerrado' (pese a que nadie lo había revisitado desde 1968) tiene otro final, incluso diferente al del libro. Un final mejor que el que apenas incluye la posibilidad de que aquellos dos viejos amigos se hayan tropezado con visitantes de Ganímedes”. No podemos estar más de acuerdo.

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