Misión cumplida para esa tía que movió cielo y tierra para juntarlos. El video de un momento único. Una historia de película y la reveladora charla familiar con LMC.
Cada vez que en la previa a las recientes fiestas César miraba con curiosidad e intriga esa caja gigante de papel madera a un costado del comedor, la tía “Delicia”, ideóloga y autora intelectual del emotivo reencuentro, le advertía: “si te portás bien, ahí adentro te voy a dejar un regalo para toda la vida…”.
El obsequio sorpresa era nada menos que su querido hermano, al que buscó toda la vida y no conocía pues los habían separado de manera traumática cuando él tenía apenas 1 año y Javier solo 3… “Yo era muy chico, no guardaba ninguna imagen o recuerdo suyo”, admite el fana de Boca.
“En mi caso me quedó una noción de cuando nos separaron y a él se lo llevaban de la mano para un lado y a mí para el otro…”, recrea la dramática escena Javier, el fervoroso hincha de River.
Una, justamente, “super historia”, por demás emotiva que ambos reconstruyeron a pedido de LM Cipolletti con la ayuda de sus familias: esposas, tíos e hijos, que además fueron cómplices indispensables para que los hermanos misioneros finalmente se vieran las caras por primera vez en 35 años aquí en Fernández Oro.
“Estaba cocinando en mi casa en Quilmes, Buenos Aires y recibí la llamada. Nunca atiendo el teléfono si es un desconocido. Ese día lo hice, en septiembre último, como que algo me dijo atendé… Salté de contento porque lo quería encontrar, lo venía buscando por todos lados desde mis 15 años. Un tío me lo nombraba mucho”, repasa Javi el momento exacto en el que le comunicaron la noticia que esperó tanto tiempo.
Ese par de meses entre que recibió la ansiada información hasta que el 30 de diciembre último pudo saldar esa vieja cuenta pendiente y arribó a la zona, se hizo eterno y “me la aguanté por mis tíos, que me dijeron que querían darle un regalo de año nuevo a mi hermanito…”.
Pero el momento llegó y “nos lloramos todo”, como acota la tía Delicia (hermana del padre de ambos), que sugiere entrar a la casa por el calor y porque “me cuesta estar parada mucho tiempo y además me tiemblan las piernas de la emoción”.
No son iguales físicamente aunque tienen un aire. Y se encargan de recuperan en tiempo récord semejante tiempo perdido. Disfrutan a más no poder de un mate, de una birra o del chapuzón en el canal de enfrente, en el popular barrio Costa Linda. Como si fueran dos adolescentes, como si se conocieran desde siempre...
El tío Roberto acerca otro amargo y se ofrece a poner en contexto la particular y espinosa historia familiar. “Los padres de ellos se separaron. Uno, Javier, fue con la abuela materna y el otro, César, con la abuela paterna. La familia nunca se les dio de unirlos, no sabemos por qué. El padre, Alfredo Vázquez, murió enseguida en un accidente y Javier vivió un tiempo con su madre, Norma Acuña en lo su abuela materna. Con el tiempo ellos crecieron, Javier se radicó en el gran Buenos Aires y César se vino con nosotros a Santa Cruz, Puerto Deseado, a los 15 años. Y desde 2018 que andamos por esta zona, el Alto Valle. Es como un hijo más para nosotros”.
El fútbol los une porque son dos apasionados y es gran motivo de charla, pero también los separa -aunque en este contexto el término quizá no resulte el más apropiado- pues simpatizan con los históricos rivales y andan todo el día embanderados con los respectivos colores...
“Cuando lo conocí tenía puesta la camiseta de River, ahí me entraron dudas pero al final lo acepté -risas-. Estoy seguro de que si nos criábamos juntos, los dos seríamos de Boca”, chicanea el que juega de “local”.
Javier lo mira y le responde sin hablar, besando el escudo del Millonario… Al igual que él, su mujer Gabriela y sus hijos Dylan y Bianca están tan encantados con una región que también descubrieron en este increíble viaje que sueñan con radicarse aquí en un par de años.
“Me puse demasiado contento, no sabía que tenía este tío. Cuando vinimos nos hicimos regalos, me encantó la zona, me llevaré hermosos recuerdos. Me gustaría volver”, asegura el varoncito de sus peques, que se muestra educado y respetuoso a lo largo de la entrevista.
Por lo pronto, “ahora hay que pagar las deudas porque sacamos préstamos para costear el viajecito sin conocer nada, nos mandamos de una. Mi esposa fue clave en todo”, reconoce a su pareja este esforzado vendedor de huevos (Javier).
César es “gasista y plomero”, tiene un hijo de 9 años en Misiones y con la cipoleña Micaela, su compañera actual, a la simpática e incansable Thais, de 3 años, que anda de un lado al otro por el amplio pasillo del patio. Son las 14 y la barriada a esa hora parece dormir la siesta y apenas pasan un par de perros flacos por la calle polvorienta.
Se abrazan para la foto, no es que se están brindando cariño todo el tiempo. Pero la procesión va por dentro. “El es más seco o parco, yo soy el divertido”, tira Javi. Aunque César no se queda atrás en ese ping pong que les propone LMC y sale bien parado de la serie de preguntas y respuestas cortitas.
“Lo busqué siempre por todos lados, pero nunca lo podía encontrar. Ni me imaginaba que lo vería algún día. Desde septiembre estuvieron ocultándome esto. Cuando lo vi, sin palabras, mucha emoción. Lo único que me salió decirle es que lo busqué siempre. Y hace dos semanas que estamos paseando, nos recorrimos todo, el Lago Marimenuco, ríos de Neuquén… A él le gusta la pesca, a mí no, pero igual lo llevo. Hasta el 13 ó 14 de enero hay tiempo de disfrutar”, señala el menor de los dos y promete que cuando baje el sol se abrirán “una fresca”.
Tienen otros dos hermanos con los que Javi está en contacto y César no y por ello les quedan muchos sueños por cumplir (“conocer sobrinos, por ejemplo”).
“¿Qué me voy a llevar a Buenos Aires? Recuerdos. Poné que este fue uno de los momentos más lindos de mi vida”, recomienda Javi y “una basurita” parece haberle entrado en el ojo... “Opino lo mismo”, coincide César y se toca el corazón. Nunca es tarde para conocer a alguien tan cercano. Gran Hermano en la región, en un capítulo verídico donde la realidad superó largamente a la ficción.
Todo el mérito en esta hermosa historia hay que dárselo a ella, la tía Delicia, que a pesar de las limitaciones y dificultades, de que en la propia familia muchos le dieron la espalda, no claudicó y siguió rastreando a Javier para unirlo con César. Parecía imposible pero lo logró.
Hay que verla, ahora, cómo disfruta cuando los observa conversar, reírse o discutir sobre si Boca ó River es más grande.
“Me siento realizada por esto, siempre soñé con encontrar a mi sobrino. He pedido a familiares que me ayuden en la búsqueda, nadie salvo Roberto me dio mucha importancia, continué sola con la herramienta que yo tenía o podía, a nuestra edad no somos muy tecnológicos como los chicos. Iba buscando direcciones, dónde anduvieron los últimos tiempos, hasta que llegué a una amiga que trabaja en una clínica en la zona de Alem, Misiones; ella conocía a mi hermano. Le pedí que si sabía de algunos familiares de parte de su madre me avisara. Así fue que encontró a uno de los tíos, me contactó y se encaminó a todo”, revela los detalles del intrincado desafío que se propuso en su momento y los frutos de esa admirable tarea que asumió con enorme dedicación están a la vista.
“Mucha emoción, era mi sueño. Mi sobrino César estaba muy solo, se crío con nosotros. Fue difícil mantener el secreto. Me interesaba la sorpresa. Le dije a todos ‘quiero hacer una caja grande, poner a Javier allí y entregarle de regalo a su hermano. En verdad, un regalo para ambos. Armé una caja con dos moños, uno de Boca y otro de River y lo guardamos ahí en la puerta. Unir la familia fue un gran logro, una felicidad muy grande para mí. Un objetivo de vida. César es un hijo más para nosotros. Y a Javier ya lo adoramos. ¿Cómo fueron estos días? Ayyy, llenos de diversión, en familia, comidas ricas dentro de nuestro presupuesto. Son dos chicos que no se conocían prácticamente, compartir todo es hermoso”, finaliza la misionera que ahora puede decir misión cumplida. Como su apodo, este caso que tuvo su “broche de Oro” en la vecina ciudad es una delicia. ¿O no?