La historia de Daniel (65 años), quién llegó hace pocos meses al Alto Valle buscando un cambio de vida. Del "me enamoré de la ciudad" al tema que lo inquieta.
“Mi hermano tardó años en convencerme de que me venga a Cipolletti. Ahora, cuando le hice caso, me enamoré de esta ciudad. Llegué hace dos meses y no me quiero volver”, revela desde el interior del carrito, en plena tarea de higiene de su pequeña pero simpática pizzería móvil, Daniel Martínez.
Las palabras, como a buen porteño, le fluyen con facilidad. Sabe endulzar los oídos e impresionar a los lugareños con sus expresiones e historias.
Se jacta, por ejemplo, de haber manejado los “dos restaurantes más grandes de Puerto Madero” y hoy, con 65 años, “busco algo más tranquilo para ganarme la vida junto a la jubilación”.
También infla el pecho por ser el único que vende, en su pintoresco food tracks callejero y fundamentalmente vía redes sociales y gracias al boca en boca, “pizza gourmet” en la ciudad.
Sin embargo y pese a todas las ventajas que encontró en este sustancial cambio laboral y de estilo de vida, hay algo que lo inquieta y es que “si bien tengo la habilitación comercial no me dejan abrir el carrito salvo excepciones, como eventos o en puntos que me asigne el Municipio. Si quiero hacerlo acá en la puerta de mi casa -Córdoba casi 9 de julio-, hoy no puedo”, cuestiona uno de los propietarios de La Posta del Angel.
“¿Cómo arribé a Cipolletti? Mi hermano conoce la región hace tiempo, él era policía de la Federal y estuvo trabajando en la zona. Fue custodio de Menem en su momento. Y yo me dediqué desde siempre a la gastronomía y pensamos en abrir algún local del rubro acá, por eso me vine”, comenta con entusiasmo este audaz emprendedor.
"Cuatro mil, cinco mil comensales tenían cada día los dos restaurantes, ubicados a 5 cuadras uno del otro. Soy amigo del dueño pero dije basta y así salió esta apuesta”, agrega quien, en definitiva, llegó a Cipo por esas cosas del destino.
“El carrito lo compramos hace dos años, pero se enfermó la mujer de él -por su hermano-, no pudimos encarar de lleno ni siquiera lanzar el proyecto y tuvimos que regresar a Buenos Aires. Habíamos hecho los cursos de manipulación de alimentos y otros, tuve que revalidar inclusive los de Capital. Ahora, por suerte, se dio”, celebra cerrando un puñito en señal de festejo.
La idea original era otra pero, por lo pronto, está frenada por el contexto y cuestiones ajenas a él. “Yo quería venir a ponerme un restaurante, vender todo allá y traerme a la familia. Esto lo usaba para ver cómo respondía la gente acá, qué consumían… Arrancamos con esto y acá estamos esperando tener mayores libertades para trabajar”, sostiene a modo de ruego.
“Mi especialidad siempre fueron las pizzas, me encanta, también empanadas regionales, tucumanas, todo lo que elaboro es gourmet. Acá no lo hace nadie”, recalca e invita a probar una de “fugazzetta”.
“¿Cuál es la diferencia? Se hacen con aceite de oliva, tienen 3 levadas, es otra pizza, media masa, muy sabrosa”, explica este maestro pizzero.
Sobre los precios, informa que “la común de muzzarella sale $ 15 mil, la napolitana $ 28 mil y la napolitana rellena $ 45 mil. Hago también pizza cheddar, pizzas de jamón y huevos, de palmitos, morrones, fugazzettas, cantimpalo”, enumera su amplia variedad.
Recién llegado, agarró una buena parte del verano y “me fue muy bien en la temporada en la Isla Jordán, varias veces me quedé sin pizza. Tenía cola, filas enteras en el carro”.
Daniel espera que todo se destrabe y levantar vuelo para que también se radiquen en Cipolletti el resto de la familia (“tengo en Buenos Aires a mi señora, hijos, nietos, mi perra”). “Ahí la cosa tendría otro sabor”, reflexiona.
A propósito, es un gusto que también los pequeños comerciantes apuesten por nuestra ciudad. ¡Bienvenido a Cipolletti!
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