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Los Ancan, la familia que hizo de Bomberos su segunda casa y de servir a Cipolletti una tradición

Durante 25 años, Héctor encontró en el cuartel su segundo hogar. Hoy, sus hijos Luis, Maia y Santino continúan una vocación marcada por el servicio a los vecinos.

Hay historias que se construyen alrededor de una mesa familiar, otras que nacen de un oficio transmitido entre generaciones. La familia Ancan tiene la suya marcada por una sirena, un uniforme y una profunda vocación de servicio.

Durante décadas, Bomberos Voluntarios de Cipolletti fue mucho más que una institución para ellos. Se convirtió en una segunda casa y en un lugar donde padres e hijos encontraron una misma manera de relacionarse con la ciudad: ayudar a los demás.

Todo comenzó con Héctor Ancan, quien dedicó 25 años de su vida al cuartel. Después llegó Luis, actualmente integrante del cuerpo activo. Maia busca seguir el mismo camino como aspirante y Santino, con apenas 15 años, se prepara en la Escuela de Cadetes.

En el 123° aniversario de Cipolletti, la historia de los Ancan permite contar también una parte de la ciudad. Una historia atravesada por emergencias, sacrificios, pérdidas, aprendizajes y esa voluntad de estar disponibles cuando un vecino necesita ayuda.

Héctor Ancan se sumó a los Bomberos Voluntarios de Cipolletti en 1994.

Héctor Ancan y una historia que comenzó después de perder su casa

La relación de Héctor con Bomberos comenzó en 1994 y tuvo detrás una experiencia personal que marcaría su vida. Su familia vivía en una humilde vivienda del barrio Villarino cuando un incendio destruyó su hogar.

“Cuando nosotros llegamos acá vivíamos en un ranchito de cartón y se nos prendió fuego la casa”, recordó Héctor. Tiempo después conoció que Bomberos incorporaba gente, se acercó con un amigo y decidió anotarse, comentó a LM Cipolletti.

Aquellos tiempos eran completamente diferentes. No existían las instancias de capacitación actuales ni tampoco los recursos disponibles hoy. “Nos dieron un mameluco, unas botas, nos enseñaron cómo tirar agua y nada más. No es como ahora, que hacés el curso”, relató.

Su primera salida permanece intacta en la memoria. Un incendio en un galpón lo obligó a subirse a un antiguo camión que todavía estaban acondicionando. Ni siquiera tenían funcionando correctamente la sirena para abrirse paso.

“Yo venía con los cables pelados, tocándolos para hacer sonar la sirena”, recordó entre risas. En medio del recorrido el camión sufrió desperfectos y debieron repararlo sobre la marcha antes de poder continuar hacia la emergencia.

Finalmente llegaron. Héctor tomó una lanza por primera vez y descubrió una sensación que lo acompañaría durante los siguientes 25 años. “Fue una emoción. No sabía qué hacer y Mora (un ex compañero) me ayudó un montón, me enseñó bastante”, contó.

Aquella intervención se extendió durante horas. Hacía frío, estaban completamente mojados y el equipamiento distaba mucho del actual. Para recuperar algo de temperatura, los bomberos buscaban refugio junto al motor y el caño de escape del camión.

En el marco de los 75 años de la Asociación celebrada en septiembre, fue reconocido junto a otros bomberos retirados de la institución.

Una segunda casa que nunca dejó de llamar

Pasaron incendios, guardias, reparaciones de vehículos, madrugadas sin dormir y jornadas completas dentro del cuartel. También llegaron compañeros que dejaron una huella profunda y otros que murieron con el paso de los años.

“Esto es una segunda casa para mí”, resumió Héctor. Incluso después de retirarse del servicio activo, reconoce que hay un sonido capaz de transportarlo inmediatamente hacia aquellos años en los que debía abandonar todo y salir corriendo.

“Cuando toca la sirena y yo ya no estoy de servicio, por ahí me dan ganas de salir corriendo como antes”, confesó. Su vínculo con Bomberos no terminó con el retiro: todavía se acerca, colabora y participa activamente.

También fue testigo de una transformación enorme. Del equipamiento precario y las noches durmiendo sobre bancos o incluso en el piso, pasó a observar una institución con mejores instalaciones, formación y condiciones para quienes actualmente cumplen las guardias.

“El cuartel ha cambiado un montón”, destacó. Por eso uno de sus deseos es que los cipoleños puedan acercarse, conocer las instalaciones y comprender que Bomberos representa mucho más que aquel número al que se llama frente a una emergencia.

Héctor brindó servicio durante 25 años en el cuartel cipoleño.

Las marcas que dejaron 25 años de servicio

Pero detrás del uniforme también existen recuerdos difíciles. Entre todas las intervenciones, Héctor todavía conserva una especialmente dolorosa ocurrida aproximadamente en 1997, durante el incendio de una vivienda en cercanías de Cinco Saltos.

Después de controlar las llamas, comenzaron las tareas de remoción. Allí encontraron a dos niños que habían muerto dentro de la vivienda. Para un bombero que transitaba sus primeros años, aquella escena resultó imposible de olvidar.

“Costó y cuesta un poco superar eso, porque son cosas que ves por primera vez”, reconoció. Continuar requirió del acompañamiento de sus compañeros y de aprender a convivir con situaciones extremas que podían aparecer en cualquier momento.

En esa convivencia cotidiana encontró otra familia. Una construida entre guardias, emergencias y compañerismo. “Acá tengo una familia. Todos se ayudan unos a otros”, explicó Héctor sobre aquello que intentó transmitirles también a sus hijos.

Luis Ancan, desde niño iniciándose en la Escuela de Cadetes.

Luis y el camino que comenzó mirando a su papá

Sin proponérselo, Héctor sembró una vocación dentro de su propia casa. Luis creció observando los camiones, escuchando las sirenas y viendo a su padre salir hacia una emergencia sin saber exactamente qué encontraría al llegar.

Hoy tiene 27 años y lleva siete como bombero. Sin embargo, su recorrido comenzó mucho antes, cuando ingresó a los 14 años en la Escuela de Cadetes. Después fue aspirante hasta finalmente convertirse en integrante del cuerpo activo.

“Para mí ser bombero es sentirlo de corazón, hacer las cosas de corazón para la gente. Es lo que más te llena”, aseguró Luis a LM Cipolletti. Cuando intenta explicar de dónde nació esa vocación, la respuesta aparece rápidamente: “Primero, tomar a mi papá como ejemplo”.

Cada emergencia representa también un desafío personal. Cuando llega el aviso, explica, los pensamientos quedan momentáneamente desplazados por la necesidad de responder. Después aparece otro deseo fundamental: regresar y reencontrarse con quienes quedaron esperando en casa.

Luis o "Lucho" dentro del cuartel, ya forma parte del cuerpo activo de Bomberos.

“Dicen incendio y uno sale sin pensar nada, con las ganas de ayudar a la gente y poder volver a casa, feliz de reencontrarse con la familia. Pero lo más importante es venir y ayudar a la comunidad”, afirmó. “Dicen incendio y uno sale sin pensar nada, con las ganas de ayudar a la gente y poder volver a casa, feliz de reencontrarse con la familia. Pero lo más importante es venir y ayudar a la comunidad”, afirmó.

Entre tantos momentos difíciles, Luis guarda especialmente uno. Durante un incendio logró ayudar a controlar las llamas que amenazaban una vivienda. Después, un niño se acercó y lo abrazó como agradecimiento por haber colaborado para salvar su casa.

Ese gesto sencillo resumió años de esfuerzo. “Tuve la posibilidad de estar con un nenito y que me dé un abrazo en un incendio por apagar su casa que se estaba prendiendo fuego. Te emociona mucho el corazón”, recordó profundamente emocionado.

Maia Ancan, con 18 años se sumó a la tradición familiar y hoy se encuentra transitando su etapa como aspirante.

Maia y una decisión que cambió sus prioridades

Maia tiene 18 años y durante prácticamente toda su vida observó esa relación familiar con Bomberos desde afuera. Escuchaba las conversaciones entre su padre y sus hermanos y sentía que compartían un lenguaje propio que ella también quería comprender.

“Ellos hablaban un idioma y yo decía: ‘Uy, quiero saber’”, contó. A comienzos de este año vio abierta la inscripción para aspirantes y tomó una decisión: quería descubrir personalmente aquello que durante tantos años había emocionado a su familia.

El comienzo no resultó sencillo. La cantidad de conocimientos, códigos y exigencias la hicieron dudar de sus posibilidades. Hubo frustraciones e incluso lágrimas durante las academias, pero también encontró acompañamiento entre instructores y compañeros para continuar avanzando.

Maia reconoce sus dos pasiones: el baile y Bomberos.

Actualmente cursa su último año de la escuela secundaria y tiene otra pasión que durante años ocupó buena parte de su vida: el baile. Sin embargo, Bomberos comenzó inesperadamente a disputar ese lugar entre sus prioridades.

“Sinceramente me gusta más venir a las academias que ir a bailar. Suspendo los bailes y me vengo acá”, reconoció. Para ella, ese cambio terminó demostrando cuánto había crecido su deseo de formar parte definitivamente del cuerpo.

Ahora atraviesa la última etapa del curso y se prepara para las evaluaciones físicas y de conocimientos necesarias para avanzar. En casa, mientras tanto, Héctor observa con orgullo cómo aquella historia que comenzó en 1994 sigue sumando capítulos.

Santino Ancan, el más chico de la familia, inicio su recorrido en la Escuela de Cadetes.

Santino, el más chico que sueña con su primera salida

El recorrido familiar todavía tiene otro protagonista. Santino tiene apenas 15 años y forma parte de la Escuela de Cadetes, donde aprende desde formación para desfiles hasta conocimientos sobre materiales peligrosos y las primeras prácticas vinculadas al trabajo operativo.

Su vocación también nació observando a su padre. Cuando Héctor salía hacia una emergencia, Santino quería acompañarlo. Ahora mira a Luis uniformado y siente que cada etapa de preparación lo acerca un poco más a ese mismo lugar.

“Siempre” soñó con convertirse en bombero, aseguró. Incluso cuando alguna vez pensó en abandonar, encontró en su familia el impulso para continuar. Sus amigos y compañeros también lo alientan para que mantenga ese objetivo sin descuidar sus estudios.

Cuando imagina el futuro, no duda. Su mayor sueño es participar de su primer incendio y poder ayudar a alguien dentro de una vivienda. Más allá del apellido y de la tradición familiar, asegura que elegiría igualmente esa vocación.

Santino continúa su etapa formativa en la escuela y aspira a convertirse en Bombero al igual que su papá.

Un legado familiar al servicio de Cipolletti

Héctor nunca imaginó que sus hijos terminarían recorriendo los mismos pasillos que él. Tampoco que aquella decisión tomada después del incendio de su propia vivienda terminaría convirtiéndose, décadas después, en una tradición familiar vinculada directamente con Cipolletti.

Hoy los observa en diferentes etapas y tiene un deseo sencillo. “Estoy muy contento por seguir el legado. Ojalá terminen, cumplan sus 25 años y, cuando jure mi hija, poder entregarle su diploma”, expresó con ojos lagrimosos.

También espera ver algún día a Santino incorporarse definitivamente. A sus hijos les repite una enseñanza construida durante un cuarto de siglo: disfrutar de Bomberos, respetar a sus compañeros y comprender que dentro del cuartel encontrarán otra familia.

Héctor, Luis, Maia y Santino: la familia Ancan que siente a Bomberos como su verdadera vocación.

A 123 años del nacimiento de Cipolletti, los Ancan representan una de esas historias silenciosas que también construyen una ciudad. Una familia atravesada por la misma vocación y por generaciones dispuestas a correr cuando otros necesitan ayuda.

Para Héctor, todo puede resumirse en aquella definición que permanece intacta después de años de servicio, innumerables emergencias y una vida vinculada al cuartel: “Es mi segunda casa”. Para sus hijos, esa casa también empieza a ser propia.