A los 71, habla de su presente y admite que extraña la histórica Parrilla de Mengelle y Perú. Cómo evita deprimirse ante la soledad, anécdotas futboleras y un gran sueño.
Tiene ganas de charlar el hombre. Le hace falta y lo disfruta. Pasó de estar rodeado de gente en su exitoso comercio a vivir con la única e indispensable compañía de Duki, su fiel mascota. Desde que murió Nelly, "la mujer de mi vida", Jorge Baigorría se siente un poco solo, fundamentalmente los domingos que “son bastantes tristes”.
Por eso espera con los brazos abiertos y unos ricos mates al equipo periodístico de LMC en su casa del barrio Del Trabajo. La nostalgia lo llevó a la depresión tras cerrar la histórica mini parrilla “El Cordobés”, de Mengelle y Perú. Pero a la vez ese imborrable recuerdo de su emprendimiento y el afecto que percibe cuando anda por la calle, mantienen vivo el sueño de “volver a atender un bolichito los fines de semana”.
“Justo un 1 de Mayo, el Día del Trabajador me vine a quedar sin laburo”, rompe el hielo de entrada con gran sentido del humor. Se remonta al 2022, cuando los dueños del local “me pidieron que se los entregara, supuestamente lo habían vendido, pero no era tan así porque pasaron un par de años hasta que edificaron…”, señala con cierto rencor uno de los mejores asadores del pago.
Es que para él resultó doloroso. Se desprendía de una parrilla por la que pasaron desde gobernadores, intendentes, a las figuras del club Cipolletti, equipo al que en un tiempo siguió a todas partes junto al sector más fervoroso de la hinchada.
Y, además, se veía venir la soledad: “No quería quedarme en mi casa. El 30 de junio de 2021, falleció Nelly tras 28 años de casados. Ella trabajó toda su vida como empleada doméstica en la casa del matrimonio Caraballo, la querían mucho. Fue otro golpazo para mí”, reconoce en un pasaje emotivo de la entrevista.
Vendía “los mejores pollos, según mis clientes, asado, vacío, chorizos, morcillos, algún lechoncito, cordero, milanesas, empanadas de carne, de jamón y quedo, cortada a cuchillo, de mondongo”, recuerda con melancolía aquellos años felices.
Hizo un curso acelerado de parrillero en el extinguido Los Asadores, de la calle Miguel Muñoz y San Martín, donde ostenta el récord: “de haber cocinado para un 24 de diciembre 45 lechones con más de 40 grados de calor, junto a un ayudante. Los hacíamos al lado, en un descampado con caballetes. Y los pollos en la parrilla. Fue un gran desafío y responsabilidad, yo era un simple empleado”.
No todo fue color de rosa una vez que tuvo negocio propio si bien levantó vuelo pronto (“le dije a mi señora el primer día, con hacer $400 me conformo y recaudamos $ 800)”.
“Una vuelta, también un 1 de mayo del primer año que abrí, se llenó de gente mi parrillita. Resulta que me habían dejado bajo el tiraje de humo, entraban los clientes y de repente una humareda impresionante. Salían corriendo a la vereda pero no se iban, esperaban afuera y nosotros les alcanzábamos los pollos hasta el cordón o sus autos”, recuerda entre risas.
Su comercio era de comida para llevar aunque a veces hacía excepciones y también armaba mesitas para los comensales de confianza. Otro susto fue la vez “me costaba prender el fuego, apreté la botella de alcohol y la llamarada se metió adentro de la botella. La soplé, explotó y me agarró la cara”.
Admite que “la extraño mucho a la parrilla, aparte la economía que estamos viviendo hoy en día, sueldo de jubilado y pese a la pensión de mi esposa, se complica igual...”.
No obstante, “cada mañana agradezco a Dios que me dio un techo y no pago el alquiler. ¿Qué hago el resto del día? Desayuno, juego con mi perro, hago las compras, me cocino. Miro fútbol y charlo con los amigos que vienen a visitarme. Y los sábados voy a ver a Los Presos, un equipo + 62 que juega en Duronia. Me viene bárbaro, necesitaba estar en contacto con la gente”.
El cariño de los vecinos son una caricia al alma para él. “Cuando voy a la cancha, que me invitó el Topo un amigo acá del barrio, la gente que se me acerca a saludarme no tiene nombre. Lo mismo cuando estoy en la verdulería de la esquina, vienen a comprar y me preguntan ‘¿cuándo vas a abrir de nuevo?”, confiesa con orgullo.
“Hace 2 sábados cociné para 55 personas, en el María Elvira, en un cumple de 18. Hice costillar al asador, vacío, matambre, patas muslos y chorizos. Estaban encantados”, se regocija.
Vino de lejos pero enseguida aprendió a amar tanto a la ciudad como al Albinegro: “Me emociono un poco. Yo amo a Cipolletti, en Córdoba tengo mis hermanos, sobrinos y les expliqué a todos que no vuelvo a Córdoba y el día que parta de este mundo ‘me dejan en Cipolletti’. Amo Cipolletti, barrio Del Trabajo y Pichi Nahuel, muchas amistades entre ellos a Miguel Cid”.
Si bien llegó siendo un fana de Racing de Córdoba (“vivíamos cerca del estadio, íbamos con mi hermano a juntar vasitos de gaseosa a la cancha”), hoy tiene el corazón partido en dos futbolísticamente hablando.
“Lo acompañé mucho a Cipo, sí. Paraba en la hinchada. Dejé de ir por cuestiones que no compartía con algunos hinchas actuales. Fui a La Pampa, Bariloche, en un momento estaba con la barra del barrio Don Bosco. Gente con códigos, en el año 2012 me alejé de La Visera”, cuenta y se toma otro mate.
Recuerda un par de combates, incluso: “En Argentinos del Norte, en el entretiempo fuimos a comer choripanes y nos emboscaron. Se armó un cachengue, hubo que repartir bollos y cobrar alguno también, tremendo. En La Pampa lo mismo. Y con Roca en un lío grande, me subí en el alambrado arriba de todo y la policía no me podía bajar”.
No pierde las esperanzas de volver a abrir una parrillita. “Han venido a mi casa a preguntar si no quería abrir, me ofrecieron dinero para poner local y que yo lo trabaje. He desistido, creo que no me da el cuero para ir todos los días, ando con hernias de disco, artrosis. Pero los fines de semana laburaría encantado”, culmina y le hace otro mimo al caniche. ¡Un aplauso para el asador! ¡Y ya lo ve, es el famoso cordobés!