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Una huerta comunitaria para todos los comedores

Vecinos de las tomas producirán sus propias frutas y hortalizas.

Guadalupe Maqueda

maquedag@lmneuquen.com.ar

Una tarde, el sol templó el invierno y un grupo de vecinos se organizó para meter sus manos en la tierra y comenzar a sembrar. Vinieron del Barrio Obrero, las tomas 2 y 10 de Febrero, Anai Mapu y Antártida Argentina. Son mujeres, en un 99,9 por ciento, y como huerteras principiantes de un proyecto que comienza a germinar, se pusieron la pala al hombro y trazaron los primeros surcos. Las acompañan Liliana Aliaga, la técnica del INTA Pro Huerta que les enseña cómo hacerlo, y la coordinadora municipal del programa Huertas Comunitarias, Cristina Olivos.

Tienen dos parcelas de tierra en una chacra, camino a La Falda, que fueron cedidas en comodato para la producción; y todo lo que siembren allí será para abastecer a los comedores y al jardín comunitario para niños de uno a tres años, que recientemente abrió sus puertas en el Barrio Obrero.

Plantarán semillas de frutas, verduras y hortalizas de estación –primavera/verano- que reforzarán el plato de comida que van a buscar todos los días cientos de familias con necesidades económicas.

Las parcelas, de 20 x10, se integran al paisaje chacarero de tres hectáreas cedidas por la familia Tirabassi al Municipio para la producción y el autoabastecimiento de las familias que trabajan la tierra. Es un proyecto que tiene 15 años de trayectoria y sigue dando sus frutos. La otra pata importante de esta iniciativa, que tiene como protagonistas a los vecinos, es el INTA Pro Huerta, que entrega las semillas y ofrece capacitación y asesoramiento para el desarrollo de los cultivos.

En conjunto

“A varias familias del barrio ya los veníamos acompañando con el invernáculo”, indicó Aliaga. Ahora, los vecinos involucrados preparan el terreno para sembrar zapallo, acelga, zanahoria, maíz, cebolla, zapallito y una variedad de especias que necesitan en los comedores. También rescataron los brotes de las frutillas que habían sido cultivadas con anterioridad en estas dos parcelas; y por ahí empezaron. Liliana les indicó cómo hacerlo, luego de realizar pequeños hoyos en la tierra.

“Necesitábamos la tierra y no nos quedamos esperando a que todo lo resuelva el Estado. Sacamos toda la frutilla que había y contratamos un tractor que emparejó el terreno. Ahora vamos a sembrar y se van a quedar dos o tres personas a cuidar”, contó la dirigente barrial Lila Calderón, una de las vecinas involucradas en el proyecto.

En paralelo, otros vecinos se dedicaron a la limpieza comunitaria de las acequias que rodean a la chacra, por donde el agua llegará a bañar la tierra fértil de las parcelas que moldean. Joana, Luciano y Belén son jóvenes de entre 22 y 24 años y ya hace un tiempo que realizan tareas de asistencia para dar una mano a mujeres solas con hijos, embarazadas, mujeres que sufren violencia, y familias en riesgo, que lo perdieron todo en un incendio o llegaron a esta ciudad y necesitan de todo.

“Es algo que nace de nosotros. A veces uno no cuenta con la plata para comprar mucha verdura y fruta y esto ayuda bastante”, contaron los jóvenes. Calderón no pasó por alto que “ayudamos donde nos pidan, pero responsabilizamos al Estado de todo. Mientras tanto, vamos de la mano construyendo, porque no podemos esperar y afortunadamente la gente es muy solidaria”.

“Conseguimos dos parcelas para empezar a producir lo nuestro. Toda la fruta, verdura y hortalizas que sembremos será para los vecinos que trabajen y los comedores”. Lila Calderón. Integrante del grupo de huerteras

Así funciona el programa

A través del programa Pro Huerta, el INTA les cedió dos parcelas en una chacra cipoleña.

Especialistas del Instituto Agrario aportan las semillas y la capacitación para el sembrado y el mantenimiento de las huertas.

Los vecinos se encargan del cuidado de las plantaciones y se quedan con lo cosechado.

La organización vecinal, un motor de crecimiento

Aunque muchos cipoleños los llamen “ocupas” y no pierdan de vista esa condición, hay que reconocer que la pelean para vivir mejor y tienen una notable capacidad para convocar, organizarse, hacer cosas por el barrio y ser solidarios. Además de levantar varios merenderos y comedores, crearon un centro de día para chicos con problemas de adicciones a las drogas y el alcohol.

Los dos últimos grandes proyectos comunitarios fueron el acondicionamiento de un lugar para dar contención a mujeres que son víctimas de violencia y esta semana abrieron un jardín para niños de uno a tres años. En el primer caso, las tomas de la zona norte -encabezadas por el Barrio Obrero- abrieron algo que la ciudad no tiene, un lugar de contención y primer refugio para que las víctimas de violencia machista se animen a dejar su hogar y denunciar al maltratador.

El avance de los proyectos comunitarios en el Obrero se dio, casi de la mano, con un cambio de actitud hacia el Municipio o la Provincia: menos marchas y protestas por lo que no tienen, y más gestiones para conseguirlo con apoyo oficial o sin él.

Ahora, la organización barrial en las tomas va por la regularización de los servicios, con la luz como principal objetivo. El deseo es normalizar la prestación y convertirse en clientes iguales a los de cualquier otro barrio.