El joven recorre la ciudad listo para devolverles el filo a viejos cuchillos o tijeras. "Hace 12 años que tengo este oficio, lo aprendí de mi papá en mi casa. Si le habré echado a perder cuchillos a mi mamá" comenta, mientras montado a su bicicleta afila un cuchillo de grandes dimensiones.
Heredó el trabajo de su padre y por la escasez de especialistas asegura contar con una gran clientela fija.
Este joven comenta que el precio que cobra para realizar su trabajo no supera los 70 pesos. También afila tijeras, cortadoras de fiambres y de césped, lo que sea para sustentarse y mantener vivo el oficio.
Afiladores quedan pocos, pero según cuenta este vecino, al que es muy común ver en el centro o las avenidas cipoleñas, el trabajo es necesario porque tiene una amplia clientela.
"Tengo bastante trabajo, atiendo confiterías, casas de comidas, carnicerías y vecinos de la ciudad. Ya tengo armado un recorrido, cada uno o dos meses tengo que pasar a visitarlos para hacerles los trabajos", dijo Fabián, que entregó la cuchilla a su dueño, desmontó la máquina afiladora y volvió a pedalear. Unos metros más adelante hizo sonar la flauta, con ese sonido que recuerda un oficio casi desaparecido.