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La magia de un almacén que se detuvo en el tiempo

Mastrocola, un comercio que fue testigo de la historia de Cipolletti.

Guadalupe Maqueda

maquedag@lmneuquen.com.ar

En sus cimientos esconde un aljibe de 80 mil litros donde cabe una persona parada. Es un museo de relojes, grabadoras, radios y filmadoras que exhibe en su vidriera, billetes de otro tiempo que dieron la vuelta al mundo, y monedas de países tan lejanos como Israel y Jordania. Conserva un teléfono semipúblico operativo, hace recargas de gas y guarda otras antigüedades, como una máquina para prensar botones, otra que hila lana y una heladera de 1956 de madera y chapa enlosada donde ya no cuelga la carne, pero se acomoda y mantiene fría la bebida.

El almacén de los Mastrocola tal vez sea uno de los negocios con más historia en Cipolletti. Comprar ahí es algo así como volver a un pasado ¿mejor? y recordar, por ejemplo, que la mercadería se almacenaba en estanterías con cajones de madera, cuando el azúcar, la harina, la yerba y hasta los fideos se compraban a granel.

Sus dueños, Berta Cucchi (79) y Ricardo Mastrocola (89), ya no las utilizan, pero tampoco quisieron desprenderse de ellas y las conservan en un depósito, junto con otros trastos viejos. Antigua cartelería de polenta Sol de Oro, chicle globo DinOvo, fideos Maiolino y otras marcas visten las paredes de un holgado salón comercial que invita a recorrer cada una de sus secciones.

“Acá nos quedamos hasta el fin de nuestros días”, confiesa Berta, “la jefa” y compañera eterna de Ricardo, a quien ella le dice “el pibe”. Juntos son un encanto. Será por eso que comprar en el almacén Mastrocola no es un mandado más para viejos clientes y caras nuevas. Ahí está la magia y la clave del éxito para sostener un almacén detenido en el tiempo, en ese “don de gente” que invita a pasar y compartir un rato.

Ricardo y Berta mantienen vivo el negocio y aseguran que nunca se irán de allí, un lugar en el que conviven con un sinnúmero de reliquias.

“Si yo te cuento… tengo para escribir varios diarios”, bromea Ricardo, mientras se acomoda en una silla, sin apuro y con muchas ganas de hacer memoria y contar historias en la trastienda del almacén Mastrocola.

Nacido en 1968, cuando no había luz, ni gas ni teléfono, y el único medio de comunicación era el colectivo, este par de viejitos deliciosos cosechó ahí decenas de amigos, y al cabo de muchos años, ya es una referencia para los turistas que pasan por el valle, incluso en un libro digital, de alcance internacional para los viajeros.

Fue hace dos años cuando un joven turista de Costa Rica que venía de Chile tuvo la idea de mencionarlos en un sitio frecuentado por viajeros de todo el mundo para que sepan que en el almacén de los Mastrocola pueden cargar la garrafa de gas. Así llegó una pareja de alemanes que recorría Sudamérica en motorhome, otra familia de franceses, un grupo de ucranianos y viajeros de San Pablo, Brasil.

Tal vez asuste la chicharra que suena cada vez que se abre la puerta, pero ese instante que punza los nervios, ese timbre rabioso que agarra desprevenidos a los clientes, al final se asimila como otro sello personal del almacén. Suena fuerte para que los Mastrocola, estén donde estén, puedan salir a atender a su clientela. De lunes a sábados, de 8 hasta que se haga la noche, y los domingos hasta el mediodía. “Uno se larga a conversar y los atendemos lo mejor que podemos”, dice Ricardo.

Parada de camioneros

El almacén también es una parada casi obligada para los camioneros que pasan cada 15 días y vienen a buscar gas de butano y propano, otros que llevan alevines o buscan manzanas y vinos. Chilenos, bolivianos, brasileños, peruanos y argentinos, claro. “Todos cuentan una historia y dejan obsequios que nos alegran la vida… monedas, billetes, banderas, postales, imanes, lapiceras, bufandas… Y tenemos una relación con muchísimos de ellos”, confiesa Ricardo.

Hasta dónde los llevó la amistad

Una vez cayó a comprar un joven brasileño al almacén de los Mastrocola, ubicado a la vera de la Ruta 22. Estaba muy resfriado y Berta le preparó un té; y ese gesto fue el inicio de una relación de amistad que los llevó muy lejos. Cada vez que andaba de paso, el camionero se quedaba a dormir en su casa; y cuando decidió casarse, les propuso que fueran sus padrinos. Berta y Ricardo tardaron cuatro días en llegar a bordo de una rastrojera a la provincia de Santa Catalina, Brasil. “Pero llegamos con tiempo, dos días antes de que se casen ante más de 700 personas”, comentan, y su recuerdo les roba una sonrisa.

Ricardo y Berta, protagonistas de una novela de amor y compañerismo

Ricardo es oriundo de un pueblito de La Pampa y nació en el campo, atendido por matronas. Berta es de la ciudad de Bahía Blanca. Se conocieron en Fernández Oro cuando él era peón de chacras y ella atendía el cine-bar de su padre, que era tipógrafo. Ahí surgió el amor, aunque ya se conocían de vista cuando Berta era una nena de 13 años.

El “muchacho rubio y de ojos claros”, como lo recuerda, solía tomarse el colectivo en la esquina de su casa, mientras ella muchas veces daba la nota mientras peleaba con sus hermanos. Pasó el tiempo, y ya con 18 años, Berta volvió a ver a Ricardo. Junto a una hermana, atendía el cine-bar de sillas de junco que proyectaba las imágenes sobre la pared blanca. Ricardo era uno de los que asistía con la muchachada a ver películas.

Dos años después se casaron, tuvieron tres hijos -Desiree, Flavio y Yusara- y ya tienen cuatro nietos. “Se nos pasó tan rápido la vida que no podemos creer la edad que tenemos”, dijo Berta, de 79 años, diez menos que su marido.

El primer negocio que abrieron no fue el actual ni estuvo a la vera de la Ruta 22. En septiembre de 1956 dieron sus primeros pasos en Fernández Oro, sobre la única calle asfaltada que va a la Isla 10. Allí, obtuvieron un permiso precario para funcionar que llegó por tren desde Viedma luego de un año. “Mis padres me enseñaron que querer es poder, y yo se lo enseñé a mis hijos”, sostuvo Berta.

Más tarde, contaron con el permiso definitivo, se mudaron a Cipolletti y en 1968 levantaron el almacén que conocemos hoy. “Mientras podamos atenderlo, ni pensar en venderlo o cerrarlo. Para nosotros es vida”, concluyó Berta, con los ojos húmedos de la emoción por los recuerdos.