Gobernador o virrey, algo más que un juego de palabras
Los dirigentes políticos intentan representar ideas y grupos sociales; pero sobre todas las cosas representan modelos de relación entre la sociedad y los proyectos. Así, terminan corporizando los deseos de sectores de la población sobre cómo cree que deberían articularse las relaciones sociales en un ámbito determinado.
La virtud de un referente triunfador consiste en mediar esas demandas, encontrando una suerte de común denominador hasta convertirse en una fuerza electoral representativa. En la mayoría de los casos esta búsqueda de alquimista se realiza espontáneamente, nace de la discusión política de un grupo que busca, analiza y discute las señales que le llegan de la sociedad. En otros casos, la alquimia se convierte en el manual a seguir. Nadie reniega del marketing electoral y las encuestas; sólo que en el primero constituyen la herramienta y en el segundo pasa a ser el método.
Uno de los ejes que los líderes reflejan hacia sus potenciales votantes es la relación que aspiran a mantener con ellos cuando estén efectivamente en el poder. Un factor que se transmite a partir de múltiples señales: el discurso político propiamente dicho ocupa una mínima parte. Allí son más determinantes las conductas históricas; el lenguaje corporal; la capacidad de relacionarse; la capacidad de transmitir una idea. Para desgracia de los que quieren escribir una receta, no todo depende del candidato. Las sociedades van cambiando. Tienen nuevas necesidades. Sienten amenazas o visualizan un futuro prometedor. Cada momento es distinto.
En Río Negro tenemos elecciones en unos días, y los dos candidatos que están polarizando las preferencias de los rionegrinos son Alberto Weretilneck y Miguel Pichetto. Dos líderes que representan a dos generaciones diferentes, que vienen de tradiciones políticas diferentes y que – buscándolo o no -, se ubican en las antípodas de la representación del poder.
Weretilneck (“el Alberto”, como más se lo conoce en el Alto Valle Oeste), construye un liderazgo con la característica del “padre comprensivo” a partir de sus extenuantes giras por toda la provincia. Que lo llevan de la Cordillera a los valles, de los valles a la línea sur y de allí a la zona atlántica, casi sin transición. El tipo está presente, trae soluciones, explica si no puede dar todo lo que pedían, se ríe, comparte las dichas y también las penas. Se muestra “cercano” a sus interlocutores, desde la postura física, la forma de hablar, sus giros idiomáticos, su forma de mezclarse con los demás.
Pichetto es casi su antípoda: es el “padre autoritario”, que necesita reafirmar su autoridad frente al resto, poniéndose en un pedestal al que es difícil acceder. Una persona muy formada, pero con un carácter hosco, poco amistoso, con definiciones tajantes y que no suele compartir ni efusiones ni entusiasmos. La vez que lo hace sorprende a propios y ajenos. Y nadie le puede negar su capacidad de trabajo ni las soluciones que consiguió; pero su forma de hacer política no nace de aquel contacto personal con los votantes sino de la mediación de otros líderes locales que se han visto beneficiados por su capacidad de gestión.
De esa diferencia nace otra: los diferentes modelos que representan frente a la sociedad rionegrina. Weretilneck construyó su poder desde la gestión como intendente primero y después desde la gobernación. Siempre tuvo la necesidad de mantener un diálogo cercano con los “representados” para poder decidir. Las situaciones a resolver siempre fueron problemas concretos, de personas identificables. Y a partir del enfrentamiento político con Pichetto, comenzó a pulir un núcleo de ideas fundantes de una nueva fuerza política. El imaginario de una provincia que comienza a tenerse respeto a sí misma porque tiene cómo ganárselo afuera. Y allí consolida su enfrentamiento con Nación. Tenemos orgullo, somos rionegrinos, podemos hacerlo, parece decirnos.
En cambio Pichetto queda entrampado en su representación y la realidad de su candidatura. Su representación como senador le permitió conseguir muchos beneficios para los municipios que le son fieles, pero nunca logró perder esa imagen de “intermediario”, de “gestor”. Consigue muchas cosas, sí, pero el modelo es de un “delegado del poder”, no el poder en sí mismo. Una especie de virrey encargado de manejar una parte del presupuesto nacional (el que se destina a Río Negro en obras, en políticas sociales, en políticas de empleo, en fomento de la economía), con un monto similar al del presupuesto provincial. Pero las condiciones son diferentes. En el imaginario social, la figura del “gobernador” es totalmente diferente de la del “delegado” o del “interventor”. Ese gobernador es el que me representa; el “delegado” está porque lo mandó otro. Puede ser bueno o malo, pero lo concreto es que no fue elegido por el cuerpo social de la provincia. Se lo ve como ajeno.
Está claro que las sociedades no siempre buscan las mismas referencias; pero Río Negro se ha caracterizado por elegir “gobernadores” más que delegados del poder central. Que prefiere más federalismo que el régimen de los antiguos Territorios Nacionales, cuando la presidencia designaba a un administrador.
Y en este momento histórico, estimamos que el liderazgo de Alberto Weretilneck es el que más se adecua a las necesidades de la sociedad rionegrina. Porque así como se pudo reconstruir un Estado provincial quebrado, se está sembrando las bases de una economía más sólida y dinámica. Para que Río Negro vuelva a ser aquella orgullosa provincia que se encontraba en las puertas de la Patagonia.
* Diputado Nacional de Río Negro
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