Lauti, nueve años caminando Cipolletti con su abuelo

Tiene 14 años, vende frutas y verduras junto a Antonio desde que era chico, juega al fútbol en el Club San Martín y sueña con llegar lejos. Quiere comprarse una moto, estudiar y tener su propio camino.

Lauti tenía siete años cuando empezó a acompañar a su abuelo Antonio Flores por las calles de Cipolletti. De aquellos primeros días recuerda las cajitas de frutillas que llevaba a los negocios y los mostradores donde las ofrecía. También vendían verduras. No le daba vergüenza entrar y preguntar si querían comprar.

Pasaron casi nueve años. Hoy tiene 14 y todavía sale con su abuelo a vender frutas y verduras. Pero cuando le preguntan qué es lo que más disfruta de esas recorridas, no habla de las ventas ni de cuántas cajas consiguen colocar. Habla del tiempo que comparten. "Venimos a vender, jodemos y son muchos momentos juntos", dice.

Cuando le preguntan qué significa Antonio para él, la respuesta es todavía más breve: "Es como mi papá".

Antonio lleva 43 años vendiendo en Cipolletti. Una cuestión de salud lo obligó a buscar una actividad que pudiera sostener sin hacer grandes esfuerzos físicos. En la calle encontró una manera de ganarse la vida y criar a sus cinco hijos. Con los años, algunos de ellos también lo acompañaron en las ventas. Después llegaron los nietos.

Primero fue su hijo, que hoy ya es mayor y vende por su cuenta. Después, Lauti. Antonio recuerda que el chico empezó a acompañarlo cuando tenía siete y que, desde entonces, compartieron días buenos y malos, caminatas y encuentros con personas que los conocen desde hace tiempo.

En la ciudad hay quienes todavía recuerdan a Lauti como aquel nene que entraba a los negocios con las cajitas de fruta. Para Antonio, ese recorrido también es parte de una historia familiar atravesada por el trabajo, las dificultades económicas y los vínculos que fue construyendo en Cipolletti.

Una moto, una pelota y otros planes

La vida de Lauti no transcurre solamente entre las frutas y las verduras. Va a la escuela por la mañana al CET N 15, juega al fútbol en el Club San Martín y entrena durante la semana. Los sábados tiene partidos y los domingos, en general, son para descansar.

Juega de mediocampista, aunque pasó por otros puestos. Su sueño es llegar lejos en el fútbol. Es hincha de Boca y admira a Lionel Messi. Cuando le preguntan si le gustaría jugar en ese club, responde que sí.

También tiene otro proyecto: estudiar para maestro mayor de obras.

Y está la moto. Lauti quiere juntar la plata para comprarse una y tener algo propio. "Quiero tener lo mío, quiero andar yo en mis cosas", explica.

Antonio acompaña ese deseo. Dice que siempre les dio dinero a sus nietos por lo que hacían cuando salían a vender con él. Pero cuando habla del futuro de Lauti, insiste en la importancia de la escuela, de estudiar y de obtener un título.

Quiere que su nieto tenga herramientas para conseguir otro trabajo y elegir su propio camino. No quiere que la venta callejera sea su única salida.

La diferencia es importante. Antonio conoce desde hace más de cuatro décadas la incertidumbre de trabajar sin un sueldo fijo. Sabe que hay días en los que se vende bien y otros en los que las cajas vuelven casi llenas. Y aunque valora la vida que pudo construir con ese trabajo, quiere que Lauti tenga otras oportunidades.

La calle también tiene memoria

A lo largo de sus recorridas, Antonio fue construyendo una relación cotidiana con Cipolletti. Hizo choripanes a la venta afuera de la cancha albinegra, Lauti asomo nariz entre olor a choris y goles. Habla de clientes que los conocen desde hace años, de personas que los esperan y de otras que alguna vez les acercaron una mano cuando las ventas no alcanzaban.

Recuerda una jornada en la que caminaba con sus nietos después de un día flojo. Llovía de a ratos y apenas les quedaban unas pocas cajas. Entonces apareció una camioneta. Era un cliente que los conocía y que, al verlos, les preguntó cómo podía ayudarlos. Antonio cuenta que les dio dinero para que volvieran a casa y pudieran comer un asado, o un mayorista reconocido de Cipolletti, les regalo ropa a Lauti y demás familia para que vayan al conocer el mar por primera vez.

También recuerda situaciones de maltrato. Cuenta que una vez una mujer hizo llorar a Lauti y que hubo personas que los trataron con desprecio por su actividad. No quiere identificar a quienes participaron de esos episodios. Prefiere hablar de la gente que los acompañó y de la ciudad a la que le agradece haber podido criar a sus hijos.

"Yo soy un agradecido a la gente de Cipolletti", dice.

Sin embargo, la venta no siempre alcanza. Antonio observa que últimamente llevan menos cajas o regresan más temprano porque queda mercadería sin vender. La falta de un ingreso fijo, cuenta, vuelve difícil organizar la economía familiar.

Es una incertidumbre que conoce bien. Por eso, cuando habla de Lauti, vuelve una y otra vez a la escuela, al club y a la posibilidad de que su nieto tenga otras opciones.

Lo que viene

Lauti tiene 14 años. Todavía juega al fútbol, va a la escuela y sale a vender con su abuelo cuando sus horarios se lo permiten. Quiere una moto, sueña con llegar lejos en el deporte y piensa en estudiar una carrera técnica. En Cipolletti, muchos lo conocen por las cajitas de frutillas que ofrece desde chico. Pero su historia no termina en ese puesto ni en las calles que recorrió durante casi nueve años. Cuando habla de su abuelo, Lauti no enumera lo que aprendió sobre las ventas. Dice que es como su papá. Cuando habla de su futuro, aparecen el fútbol, la escuela y las ganas de tener algo propio.

Entre esas dos respuestas está la historia de un adolescente que creció junto a una figura fundamental de su vida y que empieza a imaginar qué quiere hacer con la suya.