Karina Vidal: el sueño cumplido después de aprender a levantarse
Cuidó en la enfermedad, enfrentó una separación, crisis económicas y disputas legales. Lejos de rendirse, la peluquera de Cipolletti convirtió el oficio en su trinchera y logró levantar un salón de peluquería que es su lugar en el mundo.
Hay victorias silenciosas que no se miden en metros cuadrados ni en persianas levantadas, sino en todo lo que hubo que atravesar para llegar hasta ahí. Hoy, cuando Karina abre las puertas de su local en Cipolletti, lo que sostiene entre las manos es mucho más que un cepillo o una tijera: es la certeza de haber conquistado, por fin, un territorio propio. Un espacio que nació después de caerse, juntar los pedazos y volver a empezar desde cero todas las veces que hizo falta.
Desde que era chica supo que quería ser peluquera. Aprendió trabajando, se formó como pudo, fue madre, atravesó la enfermedad de quien fuera el padre de sus hijos, una separación, problemas económicos que la obligaron a volver a empezar. Hoy tiene su propio local, atiende a niños, mujeres, hombres y abuelos y dice que su mayor deseo es dejar algo de sí en quienes pasan por su vida.
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Karina siempre quiso ser peluquera. Antes de saber exactamente qué significaba tener un oficio, ya les cortaba el pelo a sus muñecas, jugaba con papel crepé y hacía experimentos con el cabello de su familia. Una vez le dejó el pelo de su tía hecho un nudo con un cepillo. A su papá le hacía maquillaje y, con el tiempo, hasta se animó a ponerle color en el pelo.
También pensó en ser veterinaria. Le gustaba el modelaje, aunque sabía que la altura no la acompañaba. Pero había algo que aparecía una y otra vez: el pelo, las manos, las tijeras.
Durante la secundaria empezó a formarse los fines de semana en un atelier de peluquería. Los sábados estudiaba y también trabajaba lavando cabezas y ayudando. Cuando terminó el colegio buscó trabajo en salones de Cipolletti y, después de un breve paso por otro rubro, llegó a “Richard Men”. Ahí conoció a Gabriel Bianchi, Gaby, quien manejaba aquel histórico salón de la ciudad. Él le enseñó a cortar el pelo, pero también algo que Karina considera fundamental en su oficio: aprender a mirar al cliente y entender qué está buscando.
Tenía 18 años y ahí recibió sus primeras propinas.
Después pasó a un gran salón de Neuquén donde trabajó durante dos años. Era un equipo numeroso y, según recuerda, fue un momento de mucho aprendizaje. Como no tenía dinero para pagar todos los cursos que quería hacer, encontraba otra manera: cuando las empresas de productos llevaban capacitaciones, ella se las ingeniaba para estar cerca, mirar y aprender.
Después pasó por Richard Kid en Cipolletti, un salón dedicado exclusivamente a niños, el primero en la ciudad, ubicado en la calle San Martín y Menguelle. Allí estuvo tres años. Aprendió que trabajar con chicos no era solamente cortar pelo. Había que limpiar vómitos, contener llantos y hasta cortar mientras algunos permanecían sentados en una especie de “samba” porque no querían quedarse quietos.
“Yo hacía de todo”, recuerda.
La maternidad y un nuevo comienzo
La llegada de su hijo Nicola cambió el rumbo. Karina cerró el salón infantil y durante un tiempo dejó de trabajar. Cuando Nicola tenía apenas cuatro meses comenzaron algunas preocupaciones relacionadas con su desarrollo y tuvieron que viajar a Buenos Aires para realizar estudios.
Los resultados genéticos fueron normales, pero durante alrededor de un año su vida estuvo organizada alrededor de consultas, estudios y cuidados, ya que Nicola fue diagnosticado con TDAH. Más adelante nació Aitana, un año y once meses después que su hermano. Los chicos crecieron y Karina volvió a trabajar, otra vez se puso las manos de tijera.
Nunca dejó de tener una relación particular con sus clientas y clientes. Hay personas que llevan años con ella. Algunas aparecen cada tres meses, otras cada seis, pero vuelven. Y ella las conoce. Sabe cuándo llegan contentas, cuándo vienen atravesando un problema, cuándo necesitan hablar y cuándo simplemente necesitan que alguien las escuche. Por eso, para Karina, una peluquería nunca fue solamente un negocio.
“Este lugar es mi casa. Mis clientas vienen a mi casa, entonces yo las atiendo como si vienen a mi casa”, dice.
Cuando la peluquería tuvo que entrar en un auto
La pandemia fue otro punto de quiebre. Las peluquerías estuvieron entre los últimos comercios en volver a funcionar y, cuando pudieron abrir, las restricciones eran enormes. Pocos clientes por día, horarios controlados y una actividad que prácticamente no podía sostenerse. Karina encontró una forma de trabajar. Armaba kits para que sus clientas pudieran hacerse el color en sus casas. Preparaba la tintura y el oxidante, agregaba los elementos necesarios y les explicaba cómo usarlo. Después recibía fotos del resultado. La idea empezó a circular.
Cuando algunas clientas necesitaban resolver el color, Karina directamente se encontraba con ellas y preparaba las mezclas en el auto. Así nació, casi de manera improvisada, su “pelumóvil”. En el auto llevaba su laboratorio: balanza, productos y todo lo necesario para seguir trabajando cuando el salón estaba cerrado. Pero mientras buscaba la manera de sostener el oficio de peluquera, su vida personal también empezaba a cambiar.
Cuidar, separarse y perder el piso
El padre de sus hijos tuvo una forma grave de COVID-19. Neumonía bilateral, internaciones sucesivas, una recuperación larga y dificultades que hicieron que Karina se convirtiera durante meses en cuidadora. Lo bañó, lo levantó, lo asistió cuando estaba en silla de ruedas. Hizo tareas que nunca había imaginado hacer y que fueron ocupando prácticamente toda su vida. Después de aquella etapa llegó la separación. Karina lo cuenta como el momento en que se le cayó todo aquello que creía tener armado: “Ahí se me cayó el castillo que ya tenía armado, pero bueno, para volver a empezar.” Y tuvo que hacerlo. Con sus hijos, con su trabajo, con su economía y con una vida que ya no se parecía a la que había imaginado.
Conservó su casa y el auto. La vivienda, construida junto a su hermana con un crédito, quedó como una de las pocas certezas materiales en medio de tantos cambios. Su familia también está cerca: una casa al lado de la otra, una especie de pequeña vecindad familiar. Pero todavía faltaba atravesar otra etapa difícil.
Volver a empezar con todo
El año pasado fue particularmente duro. La separación, con asimetría de poder, hizo que Karina se dedicara a abogados y gastos. Mientras intentaba resolver esa situación, Karina estaba tratando de levantar su nuevo emprendimiento, esta vez sola.
“Guita, guita, guita”, recuerda al hablar de aquel momento. Montar un negocio significa comprar todo. Y cuando una persona empieza desde cero, cada cosa cuesta el doble. Hasta los honorarios legales fueron parte de esa economía de supervivencia. Karina cuenta que llegó a arreglar parte de esos gastos con trabajo de peluquería. No fue la primera vez que tuvo que empezar de nuevo. Tampoco sería la última. Hace aproximadamente un año llegó al lugar donde hoy trabaja. Y esta vez hay algo diferente: el espacio es suyo.
Un lugar propio
En su local propio hoy hay espacio para todo: para el corte, el color y el maquillaje, pero sobre todo para el refugio. Atiende a chicos, mujeres, hombres y abuelos que entran por el cabello y terminan dejando salir una alegría, un dolor o una preocupación. Karina escucha y entiende exactamente qué hay detrás de cada mirada, porque ella también conoce la intemperie.
Por eso, cuando se le pregunta qué le falta o cuál es su próxima meta, no habla de abrir sucursales ni de acumular ganancias. Su mayor deseo es más hondo: que la recuerden por quién fue, saber que dejó una huella en la vida de los demás. Después de haber cuidado, criado, sostenido y reconstruido su vida sin que nadie le regale nada, tener las llaves de su propio lugar no es solo un logro comercial. Es su verdadera medida del éxito: la prueba viva de que se puede perder el piso, pero nunca las ganas de volver a ponerse de pie con las manos ocupadas.
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