Un grave accidente cambió la vida de una familia. La Justicia intervino y fijó cómo deben sostenerse los gastos de dos niños.
Lo que era una dinámica familiar compartida se transformó por completo tras un grave siniestro vial. Un hombre sufrió lesiones severas, perdió la memoria y quedó con importantes secuelas físicas.
Hasta ese momento, pese a estar separado, participaba activamente en la crianza de sus dos hijos junto a su ex pareja.
Después del accidente, la organización familiar dio un giro. La madre pasó a asumir en soledad el cuidado cotidiano de los niños, además de afrontar nuevos gastos.
Según planteó en la demanda, debió incluso contratar ayuda para poder sostener las tareas diarias, sumado a los costos médicos y educativos.
Ante este escenario, la mujer inició una acción para solicitar una prestación alimentaria. Argumentó que el cambio en la situación la obligó a asumir una carga mucho mayor.
Por su parte, el hombre —empleado del Estado provincial— reconoció las secuelas del accidente, su internación y el proceso de rehabilitación, aunque cuestionó los términos del reclamo.
Durante el proceso judicial se incorporaron testimonios y estudios socioambientales que permitieron reconstruir la realidad de la familia.
Si bien se acreditó que ambos padres mantienen vínculo con sus hijos, quedó claro que la madre sostiene la mayor parte de las tareas de cuidado, organización y acompañamiento.
La sentencia hizo un punto central: las tareas de cuidado tienen un valor económico y deben ser reconocidas.
También se tuvieron en cuenta las necesidades de los niños, sus edades y el contexto familiar actual.
El fallo resolvió fijar una cuota alimentaria equivalente al 20% de los ingresos mensuales del padre, incluyendo el aguinaldo.
Además, se estableció que los gastos extraordinarios —como tratamientos médicos— deberán ser cubiertos en partes iguales por ambos progenitores.
La resolución deja un mensaje claro: incluso en contextos complejos, como una discapacidad sobreviniente, las responsabilidades parentales no desaparecen.
Y pone en primer plano un aspecto muchas veces invisible: el valor real de cuidar.