La historia de Juan Ayalef, que nunca perdió la fe en su pueblo y hoy proyecta su futuro desde Ingeniero Jacobacci gracias al trabajo el proyecto minero.
En Ingeniero Jacobacci, donde el viento parece contar historias antiguas y el tiempo avanza con otro ritmo, hay sueños que se sostienen a fuerza de paciencia. Algunos tardan años en cumplirse. Otros, décadas. Pero cuando finalmente llegan, lo hacen con una carga emocional difícil de describir.
Así lo vive hoy Juan Ayalef, un trabajador jacobaccino que encontró en el proyecto minero Calcatreu mucho más que un empleo: encontró la posibilidad de quedarse, de crecer y de proyectar su vida en el lugar que eligió desde siempre.
LM Cipolletti llegó hasta el corazón de la operación que impulsa Patagonia Gold para conocer las historias que laten detrás de la maquinaria, de los turnos y de la producción. Entre ellas, la de Juan resume como pocas el espíritu de una comunidad que durante años esperó una oportunidad.
“Hace nueve meses que estoy trabajando en Calcatreu. Es una experiencia hermosa para mí, un proyecto que esperamos por muchos años”, contó con una mezcla de orgullo y emoción. Su voz, pausada pero firme, deja entrever que cada palabra está cargada de historia personal.
Juan no llegó desde lejos. Su vínculo con la tierra es profundo. “Yo crecí a 15 kilómetros en línea recta del proyecto”, explicó. Desde chico, ese territorio formó parte de su vida cotidiana, aunque en aquel entonces la minería era apenas una posibilidad lejana, una promesa que parecía no concretarse nunca.
Sin embargo, él nunca dejó de creer. “Lo soñé desde el día uno”, aseguró. Y ese sueño lo acompañó incluso cuando el tiempo pasaba y el proyecto no terminaba de arrancar. “Siempre estuvo la fe y la confianza de que en algún momento se iba a llevar a cabo”, recordó.
El camino hacia ese presente no fue inmediato. Como muchos vecinos de Jacobacci, Juan participó de las convocatorias abiertas en la localidad, acercó su currículum y se mantuvo atento. Mientras tanto, siguió trabajando en el sector comercial, intentando sostenerse en un contexto económico que no siempre ofrecía estabilidad.
Hasta que llegó el día que esperaba. “Un día me suena el teléfono y era de la empresa. Me fui a una entrevista laboral”, relató. Ese momento marcó un quiebre. La incertidumbre de los años previos se transformó en una oportunidad concreta.
Hoy, su rutina transcurre dentro del proyecto. Se desempeña en el área de transporte interno, realizando tareas vinculadas al traslado de personal y logística en los cambios de turno. “Estoy en el área de transfer, manejo una camioneta Sprinter y hacemos los movimientos internos y también los relevos”, explicó.
Pero más allá de la tarea específica, lo que destaca es el significado profundo de poder trabajar allí. No se trata solo de un empleo, sino de una conquista personal y colectiva.
Para Juan, el impacto de Calcatreu trasciende lo individual. “Sin duda va a ser un antes y un después para la comunidad”, afirmó. Su mirada coincide con la de muchos vecinos que comienzan a percibir cambios en la dinámica económica de la ciudad.
El movimiento comercial, el flujo de trabajadores y el ingreso de dinero empiezan a sentirse en Jacobacci. “Se va a notar mucho el ingreso de la gente que trabaja acá y consume en el pueblo”, señaló, con la perspectiva de quien conoce de cerca ese circuito, ya que antes trabajó en el sector comercial.
En su vida personal, el cambio también es evidente. “Tengo familia, tengo mi pareja, y esto impacta mucho. Hoy la economía no está fácil, así que es muy importante”, dijo. La estabilidad laboral le permitió, a sus 41 años, proyectar, pensar a futuro y sostener su vida en el lugar que eligió.
En tiempos donde muchas veces la salida parece estar en emigrar hacia otras ciudades, Juan eligió el camino contrario. “Yo siempre tuve fe y siempre aposté a la Línea Sur”, afirmó con convicción.
Esa decisión no fue casual. Está atravesada por un fuerte sentido de pertenencia y por la esperanza de que el desarrollo llegue a su tierra. Hoy, con Calcatreu en marcha, siente que esa apuesta empieza a dar frutos.
“Esto es el punto de partida. Seguramente vendrán nuevos proyectos y más trabajo. Hay que apostar a Jacobacci, a Río Negro y a la Patagonia”, remarcó
Juan recuerda con nitidez los primeros momentos en los que se hablaba del proyecto. “Yo vivía en Lipetrén cuando vinieron por primera vez. Era chico, pero me acuerdo”, contó. Esa memoria le da una dimensión distinta al presente: no es solo un trabajador más, es alguien que vio nacer la idea y hoy forma parte de su concreción.
Al final de la charla, la emoción aparece sin filtros. Porque detrás de cada turno, de cada jornada laboral, hay una historia de espera, de esfuerzo y de fe.
La de Juan Ayalef es, en definitiva, la historia de muchos jacobacinos. La de quienes resistieron en su lugar, confiaron en que algo podía cambiar y hoy empiezan a ver ese cambio con sus propios ojos. En el corazón de la estepa, entre máquinas y caminos de tierra, también laten sueños cumplidos.