Ella es psicóloga y no sabe nadar. El especialista en informática y atleta experimentado. Fiorella y Orlando completaron otra Regata del Río Negro. Las vivencias, momentos de crisis, situaciones de riesgo y otras confesiones de esta pareja particular.
“Hace 3 años y medio en un asado con amigos empecé con este delirio de querer participar de la Regata del Río Negro y ella, sorpresivamente y sin saber nadar me dijo delante de todos ‘yo te acompaño, yo me animó’. Cuatro días antes de esa primera experiencia oficial, nos dimos vuelta con el bote en Neuquén, en Olascoaga al fondo nos tuvieron que sacar entre 6 guardavidas… Le pregunté preocupado, ¿qué hacemos, largamos igual? ‘Sí, estoy preparada, lo único que no quería es que vos te asustaras’, me contestó. Además de ser una excelente compañera y mi amor, es gran aliada en el deporte. Me ayudó a cumplir este hermoso sueño varias veces”, cuenta Orlando Carrasco, un deportista experimentado, a modo de introducción y también como reconocimiento a la increíble audacia de Fiorella Gatti, su pareja y coequiper.
La reman juntos. En el agua y en la vida. Acaban de completar por tercera vez consecutiva la emblemática competencia y más allá del lógico cansancio por el descomunal esfuerzo le admiten a LM Cipolletti: “Estamos felices, misión cumplida una vez más”.
Sí, justo la edición 50, la de las “Bodas de Oro” tuvo entre sus numerosos participantes a esta pareja orense que posee una hermosa historia de pasión, coraje y esfuerzo. La que intenta respetar la enseñanza de un viejo entrenador que les decía: “Arriba del bote se disfruta, no se pelea pese a los momentos adversos”.
Claro que resultó complicada desde el vamos esta nueva y ardua aventura. Incluso un accidente previo cerca estuvo de truncar los planes. El sufrió un profundo corte en “una palma de la mano, me dieron 7 puntos, horas antes de la carrera. ¿Cómo me lo hice? Preparando un soporte para subir el bote a la casilla en la que nos trasladamos. El médico me decía andá probando etapa por etapa, es clave que no se abra la herida”.
Fueron momentos de dolor, preocupación e incertidumbre. Pero, una vez más, estuvo ella para curarlo y calmarlo, para contenerlo física y emocionalmente como psicóloga que es pero también desde su rol de compañía inseparable.
Finalmente llegaron a meta, en Viedma, para honrar el legado del recordado ciclista Ariel Caucamán, como homenaje a ese vecino y amigo del alma de Orlando que murió al ser atropellado mientras entrenaba en Neuquén.
“Es nuestra inspiración, quién siempre nos acompaña y está presente desde algún lugar... Era muy importante para mí, me entrenaba cuando yo corría en triatlón, en bici. Muere quien no se lo recuerda y no es el caso, yo lo sigo recordando siempre”, señala Carrasco con lágrimas en sus ojos.
Se conocieron hace 20 años en la Fundación Médica de Cipolletti. El trabaja allí como administrador del sistema informático (además es revisor de cuentas en la Municipalidad de Fernández Oro) y ella es psicóloga.
“Yo arranco de 7 a 9 en la Muni y de 9 a 17 ambos trabajamos en la clínica. Tratamos cómo sea a partir de las 17.30 de generar ánimo para ir a entrenar y ya pasadas las 18 pensamos en meternos en el río, sea en Neuquén donde tenemos nuestro entrenador o en Oro. Son mil cosas que uno hace, mucho sacrificio pero sin esfuerzo no hay recompensa y acá la tuvimos llegando a meta. Somos dos laburantes, dos apasionados”, describe Orlando los esfuerzos que realizan a diario.
No ocultan que, más allá de aquellos consejos del sabio preparador, durante la competencia hay “momentos de crisis” en esa convivencia en el bote. “No vamos a decir que todo es color de rosas, hay que ir conteniéndose mutuamente. En carrera Fiore va viendo mi nuca, sentada atrás. En la etapa del otro día el oleaje era tremendo, te pegaba en el pecho, en la cara. Hay que aguantarse de no darse vuelta en el bote en esa situación tan inestable. Hay momentos en los que decís qué hacemos mañana, ¿largamos?”, reconoce él sobre las situaciones más delicadas que se atraviesan en pleno prueba.
“Más que la psicología aplico el sentido común. Por ahí lo noto cansado o fastidioso y pregunta cómo venimos o cuánto falta. Ahí trato de ser positiva, “bien, falta menos…”. Te vas apoyando en el otro en los tramos más duros. Por ejemplo, en la etapa de los 68 kilómetros decís ‘esta es la última, no quiero más’… Pero al otro día ya estás con las mismas ganas”, confiesa ella.
Hubo una preparación especial “de tres meses” para completar los 450 kilómetros, a pura valentía, de un desafío extremo. Fueron 11 días de máxima intensidad. De tratar de aprovechar el tiempo de descanso en la casilla propia “a más no poder”.
“Disfrutamos, con momentos duros también. Pasando Choele se complica mucho el oleaje en el Río pero bien. La idea era llegar sin lastimarnos y con el cuerpo lo más entero posible, no queda otra que entrenar duro y parejo para eso y lo conseguimos”, celebran poco antes de emprender el regreso a casa, suculento desayuno mediante.
Agradecen a todos los que colaboran con el equipo: “Tenemos un entrenador que hace la parte técnica arriba del bote y otro para la parte física. Además un amigo se ocupa de la logística. Pasando Choele Choel las etapas se largan desde campos privados, hay que meterse con los vehículos, es bastante complicado. El nos deja en la orilla y nos va a buscar a la otra punta al llegar. Nosotros tuvimos la suerte de armar con mucho sudor nuestra casilla, ahí es donde vamos durmiendo, si no los costos son altos. Hasta la etapa de Villa Regina volvíamos a dormir a casa en Oro pero ya luego no. Agradecemos a los sponsors y la Municipalidad local que ayudan para que sea más llevable”.
Que Fiore no sepa nadar le agrega mayor épica a esta atrapante travesía. “En mi caso siempre hice deportes y Fiore no sabe nadar, a todos le llama la atención. Se tira al agua y se tapa la nariz. Los dos corremos con chaleco que es algo incómodo para remar tantas horas. Por si nos damos vuelta, tengo que ayudarla lo más que pueda y también salvar las palas y los que va dentro del bote”, explica Carrasco sobre las dificultades y riesgos adicionales.
“Intento aprender a nadar, es una cuenta pendiente pero nada prioritario. Porque sé que si nos damos vuelta, entre el chaleco y otras herramientas, no pasaría nada. Veníamos ahora mismo en una parte complicada, de curvas y viento, atinó a caerse el bote y le dije a Orlando ‘no te preocupes por mí, me voy a salvar como sea. Hoy el entrenamiento va por otro lado, la idea es disfrutar de la aventura. Hubo etapas que nos golpearon bastante pero estamos bien. Fue muy dura esta edición, tantos kilómetros… A veces vas pensando otra cosa en plena carrera o mirando la barda, los animales, los árboles. Pero en esta Regata fue todo concentración. Cuatro, cinco o 6 horas de remar sin parar”, resalta Fio en el final
Ahora es tiempo de programar otro viaje en la casilla pero de paseo a la playa y el 1 de febrero empezar de nuevo a entrenar. Orlando y Fiorella saben lo que es remarla contra la corriente. Pero otra vez pudieron salir a flote y volvieron a llegar a buen puerto...