En medio del cariño de los chicos y de todo el colegio, el histórico preceptor y secretario del Salesiano de Luis Beltrán se jubiló con todos los honores. "Gracias y a disfrutar la vida".
Mientras el país decía "Gracias Leo", por el retiro de la leyenda Lionel Messi de la Selección Argentina, en la región se registraba otra despedida súper emotiva. La de Carlitos Zampoña, histórico preceptor y secretario del Colegio Salesiano de Luis Beltrán, un personaje sumamente querido en el establecimiento educativo que recibió la confirmación de su jubilación tras 37 años de servicio.
Nacido en Chimpay y ferviente devoto de Ceferino Namuncurá, "Carlitos" ingresó al establecimiento educativo en 1989. Desde aquel momento, su figura trascendió las tareas administrativas y de preceptoría para convertirse en un pilar fundamental de la institución.
Con su inseparable guitarra, sus canciones y una empatía inagotable, se transformó en el confidente, consejero y amigo de incontables promociones de estudiantes que pasaron por los pasillos del colegio. Para toda la comunidad, Carlitos Zampoña fue y seguirá siendo el auténtico "10" del Salesiano.
La noticia sobre la resolución favorable de la ANSES -esperada durante más de un año- desató una celebración tan improvisada como genuina. Docentes, directivos, auxiliares, alumnos y exalumnos se agolparon en la escuela para expresarle su cariño a través de abrazos, aplausos y fotografías imborrables.
Aunque la institución ya planifica la despedida formal que exige semejante trayectoria, este primer reconocimiento popular demostró el arraigo y el legado indeleble que deja en el pueblo.
Vale el paralelismo: mientras un ídolo mundial se despide de las canchas con la camiseta celeste y blanca, en Luis Beltrán otro "10" recibe el merecido descanso tras dar todo por su comunidad durante casi cuatro décadas. Carlitos Zampoña no solo se jubila de su cargo; deja una marca imborrable en la historia viva del Colegio Salesiano y de toda la región.
Días pasados en Cipolletti se jubiló una portera muy querida de un jardín local. “Aún no caigo de que me jubilé, me siento extraña, tengo sensaciones encontradas”, reconoció Erika Ranqueo a LMC mientras secaba sus lágrimas. Se terminó de dar cuenta que valieron la pena los 33 años de servicio, dedicación y esfuerzo, en cada demostración de afecto que recibió el último día, en un jueves de la semana pasada sumamente “especial y emocionante” para ella.
En esos sinceros abrazos de sus compañeras, en los espontáneo besos e innumerables “te amo” que le expresaban los gurrumines, comprendió que "algo dejaba" en el Jardín 50 de las 1.200, su querido barrio. Y no era poco por cierto.
“Me cuesta abandonar el jardín, soltar. Hoy -por el jueves pasado- parecía mentira que era el último día. Pero me voy contenta, feliz, agradecida de mis compañeras, los chicos, que me llenaron el alma y el corazón. A cada rato me abrazaban, me decían cosas lindas y más ganas de llorar me daba. Fue inolvidable”, confesó esta luchadora de la vida tras colgar la “pechera” -uniforme- para siempre.