Crónicas de un Club de Barrio, centinela del pasado, vigía del presente y fundamento del futuro celeste. Primera parte de este apasionante libro que recupera la historia de una gran parte de la ciudad. La Legislatura de la Provincia de Río Negro declaró al libro- de interés social, educativo, cultural y deportivo- “El León del Don Bosco”, crónicas de un club de barrio” del autor José Quiñones escritor cipoleño, expresa la historia, crecimiento y progreso de un club y de un barrio. Declaración 48/2021.
El autor de la publicación aclaró en sus páginas que contaba con acotados recursos literarios ya que no pertenece al mundo de las letras. Sin embargo, cumple con el objetivo de reflejar el acontecer de “un club de barrio, nacido sin sectarismos ni exclusiones, modesto como el lugar que lo cobijó allá por los 60, lejos del asfalto y de las luces del centro”.
Es tan rico el material narrado y fotográfico que es imposible nombrar a todos los protagonistas: hemos realizado una síntesis de lo conversado con el autor y del libro.
En 1940, en el marco de la Segunda Guerra Mundial, se produjeron hechos importantes para el mundo futbolístico: el nacimiento de Edson Arantes Do Nascimento, Pelé, en Brasil, y la inauguración un 25 de mayo la mítica Bombonera en el barrio porteño de la Boca. El territorio nacional de Río Negro era gobernado por el ingeniero Adalberto Torcuato Pagano y el presidente de la Comisión de Fomento de Cipolletti –pequeño pueblo de casi dos mil habitantes- era Jorge González Larrosa: ya se perfilaba su futuro frutícola promisorio.
Es en ese contexto que el 6 de noviembre, en la casa de José Macarone –San Martín y España- se constituía el club San Martín. Sus impulsores compartieron normas éticas y valores: a partir de ello se generó la confianza mutua para trabajar codo a codo para alcanzar los objetivos comunes, lo que logró convertir a la entidad, con el correr de los años, en un valioso factor de socialización en un populoso sector de la ciudad.
En 1960 se reunieron en la sede social del Club Deportivo, Cultural y Social San Martín para darle encuadre legal al club. Se dictaron los estatutos. Además, se obtuvo la personería jurídica. Con el tiempo, el San Martín adquirió su “campo” en el barrio Don Bosco. En diciembre de 1959, la Asamblea General Ordinaria convocada para la renovación de la Comisión Directiva, proclamó como nuevo presidente de la institución al Dr. Julio Dante Salto. La normalización del trámite documental del inmueble fue la condición prioritaria de la Comisión Directiva. Un año después se firma la escritura del inmueble, ante el escribano don Oscar Aníbal Medela.
La primera actividad desarrollada fue el fútbol. La asociación tenía por objeto fomentar entre los aficionados la práctica del football: componían su Consejo Directivo personalidades destacadas del medio como Máximo M. Ledesma, Bernardino Gurrea, Saturnino Franco, Pedro Pierantoni, Juan Concetti y Livio Filipuzzi, entre otros. En su estatuto se nombra como fundadores a “los clubs El Pueblo, Independencia, A. Lucinda, Confluencia, La Falda, Siempre Listos, Barrio Nuevo, Confluencia N., Quilmes, San Martín, Cuatro esquinas, La Alianza, Fernández Oro y La Esmeralda”.
Había un club, Los Pingüinos, que nació en 1937 por iniciativa de tres amigos amantes del fútbol: Antonio De la Vía, Baltasar Fuentes y Joaquín Zapata. Vivían en el radio comprendido por las calles Villegas, Roca, San Martín y España. Allí había un depósito de chatarra, el lugar era conocido como “el barrio de las latas”. Acondicionaron un lugar en medio de las latas, para levantar la cancha y adoptaron como casaca una simple camisa de vestir a la que le agregaron una franja roja en la que pintaron el nombre del equipo.
Don Antonio De la Vía era empleado de la famosa tienda Diente de Oro y por su intermedio lograron comprar las camisas. La actuación en la Liga Independiente duró varias temporadas hasta su afiliación a la Liga Confluencia, creada en 1934 por iniciativa de Obrero Dique Neuquén de Barda del medio, Cipolletti y Unión de Allen. La Confluencia nació cuando los clubes del alto valle rionegrino decidieron tener su propia liga, separándose de los que estaban del otro lado del río.
El fútbol tuvo desde sus orígenes un andar trashumante: varios lugares de la ciudad fueron escenario del club, con pisos de tierra y precaria infraestructura y a veces sin ella. Primero fue un potrero sobre calle tres Arroyos (cancha llamada Lucinda) donde después funcionó una pista de bicicross y que dio paso al Centro Cultural de Cipolletti. Luego se mudaron al barrio Santa Clara, sobre calle General Paz. Más adelante se le compró terreno a Manrique, situado en el actual barrio Los Tordos.
Luego de cuatro años se vendieron las tierras a Ladislao Zeman, industrial venido de Chubut y especializado en la elaboración de cerveza blanca y negra. Continuaron buscando lugar apropiado, alquilaron al ingeniero Bovet un terreno detrás del matadero Municipal en la calle Estado de Israel. En el lugar había dos piezas de material que se adecuaron para ser vestuarios y la casa del cuidador. Al costado de la cancha corría un canal de riego, el canal de Crespo, donde los jugadores se refrescaban luego de un partido.
El color de la camiseta tuvo diferentes colores; hubo roja y blanca con un diseño similar a la de River, después se adoptó azul y el amarillo de los xeneizes en 1940. En 1954 decidieron usar la celeste y nuca más cambiaron.
Entre 1956 y 1957 el sector era prácticamente una vasta extensión de campo, entre las calles Esmeralda, Teniente Ibáñez y Naciones Unidas. En el paisaje se advertía la presencia de la necrópolis con la cúpula de sus panteones y sus eucaliptus. El nuevo loteo tenía pocas construcciones, plantaciones de viñas, montes frutales abandonados y terrenos donde pastaban las vacas. Este asentamiento comenzó a poblarse con una creciente migración de trasandinos. Cerca estaba el Sr. Riesco, dueño de una carnicería, que engordaba ganado para faenar en el matadero Municipal, y al noroeste estaba el tambo conocido como el campo de Kossman.
El Club Hípico y tradicionalista Martín Fierro estuvo en el lugar antes de ser trasladado al Puente 83: allí se organizaban carreras cuadreras de caballos. Los padres salesianos levantaron el colegio Padre José María Brentana en tierra donadas por Blanca González Larrosa. La tierra comprada para el club fue a través de una subasta púbica en el barrio Don Bosco en la que salieron a la venta varias hectáreas de la familia González Larrosa.
La venta de los terrenos se realizó primero a favor de Adolfo Rosales. Luego, cuando el club consiguió la personería jurídica pasó a su nombre. La cancha se construyó un tiempo después: primero se alquilaron las tierras a Coco Guerrero, que las usaba para plantar papas, con la condición de realizar mejoras. Otras tierras fueron permutadas con unas religiosas de Bahía Blanca, y lograron tener más hectáreas para el club.
Pasados unos años, el club comenzó los trabajos para tener el campo de juego: roturaron la tierra con arado, emparejaron con rastrón. Luego se construyeron los vestuarios, un salón de reunión, luego buffet y canchas de bochas. Luego vino la siembra de pasto, el riego aprovechando las acequias. Los artífices fueron los hermanos Luis y Gerónimo Lagos y Paillalef que trabajaron incansablemente. Y así comenzaron los partidos de fútbol: el “estadio” se colmaba de asistentes los domingos. Era el Club del barrio.
Las tribunas de cemento fueron obra de la constructora Saggio de Neuquén: el Gringo Sapienza tuvo a su cargo el playón aledaño al gimnasio. Más adelante vendría el gimnasio cubierto para lo que se organizaron rifas para conseguir el dinero. Se organizaron bingos en la cancha de fútbol otra manera de recaudar dinero para las obras del club.
La primera transcurrió entre 1940 y 1960. En estas épocas funcionó informalmente. En el 60 obtuvo su Personería Jurídica. La segunda se produjo con la compra de los terrenos en el barrio Don Bosco, al que había que dotar de infraestructura. La tercera etapa no fue muy promisoria, luego de los 90. La cuarta etapa: a partir de 2004 se vuelve a poner en marcha.
La era contemporánea, narra José Quiñones, encuentra a San Martín revitalizado en su esencia, la de un “simple club de barrio que sin distinciones de ninguna naturaleza responde a las inquietudes de su entorno con la grandeza de los humildes”. El club estuvo varias veces al borde de la quiebra e incluso acéfalo. Pero los malos momentos no pudieron con él: volvió al barrio, como reclamaba la historia.
Relató el autor: “El primer loteo de Cipolletti –Santa Clara, 1932- a sesenta años después de ello, fue necesario fijar los ámbitos territoriales de las Juntas Vecinales, se modificó a través del municipio, el mapa barrial de la ciudad. El Don Bosco se dividió en dos: con el límite de la calle Bolivia, hacia el norte, conservó su denominación original. Al sur, el barrio Brentana en memoria del sacerdote salesiano de gran labor pastoral. Y el club quedó, por su ubicación geográfica, en el nuevo sector. Pero el San Martín es un hijo legítimo del viejo barrio. Siempre será el León de Don Bosco, aunque ahora esté en el Brentana”.
La sede social del club se mudó en varias oportunidades hasta su asentamiento del barrio Don Bosco. Uno de los domicilios fue el de Pedro Maccarone, luego a la propiedad de Aurelio José Martín en calle Miguel Muñoz. En la parte de adelante había una farmacia administrado por Martín que, aunque no tenía título, era un idóneo facultado a para hacer la venta de los medicamentos. Más adelante será la casa de Héctor Demetrio Suárez, en la ochava de 9 de julio y Miguel Muñoz. Allí había un bar atendido por Amador Aninao. Otro lugar utilizado para sedes fue la esquina de Miguel Muñoz y Alem. Luego se situó en calle San Martín, y en otros domicilios.
Aurelio José Martín había venido de Tornquist, provincia de Buenos Aires, en 1908: llegó a Neuquén muy joven. Trabajó en la Farmacia del Pueblo de Salvadó, donde adquirió la habilidad de preparar medicamentos y aplicar inyecciones. Luego de unos años, se asentó en Cipolletti y se empleó en la farmacia Maturi. Más adelante el negocio se vendió y don Aurelio ya con conocimientos adquiridos instaló una botica en Fernández Oro. Como la ciudad cipoleña crecía decidió, en sociedad con la viuda de Maturi, abrir una farmacia. Un tiempo después se asoció con Santos Rodríguez y a fines de los 60 edificó su propio salón comercial en calle Miguel Muñoz. Tuvo la colaboración de su esposa María Mesonero en la atención del negocio, lo que le permitía concurrir al club San Martín, con el que estuvo ligado muchos años de su vida. Fue uno de los fundadores y ofreció su casa particular para que funcionara como sede del club. Grande fue su labor de este boticario solidario y trabajador.
Baltasar Fuentes
El matrimonio español compuesto por Andrés Fuentes y Francisca Suárez llegó a Cipolletti en 1918. Baltasar fue el segundo de seis hermanos y en su juventud trabajó con su padre como aguatero. Cargaban agua del río: un tanque de 500 litros y la vendían en el pueblo. En 1937 conformó con unos amigos el equipo de fútbol Los pingüinos. Semilla sembrada: en los 40 dio origen al San Martín. Fue socio fundador y ocupó distintos cargos.
El Paraje el 30 estaba ubicado en el extremo noreste de Cipolletti: se accedía por un camino polvoriento y solitario. Hasta que llegó don Maximiliano Camacho y se dedicó al cultivo de vides en esos terrenos pedregosos y salobres del lugar. Baltasar se casó con Ana Camacho, la hija de Maximiliano: tuvieron cinco hijos y se fueron a vivir a El 30 a fines de la década del ’40. Allí tuvo su negocio el Rincón Pobre, negocio de ramos generales, donde se ayudaba al que lo necesitara. Baltasar falleció en 1995, un “León” con todas las de la Ley.
Juan Hanz, alemán, fue también uno de los socios fundadores del club, integró la primera comisión directiva de San Martín. Trabajaba en su taller mecánico. El deporte le debe mucho a Juan se destacó en automovilismo en las que compitió en recordadas carreras regionales.
Un bar de barrio. Primeros Pobladores y Juan González Larrosa, a una cuadra del estadio. Sus dueños eran Amador Aninao y su esposa Estersila Espinoza. Se identificó totalmente con los Leones del barrio Don Bosco. En 2004 se formó una comisión reorganizadora del Club que puso en marcha la recuperación del club. La figura de don Amador Aninao se proyectó como cabal exponente del genuino sentir sanmartiniano. Los domingos en que San Martín jugaba de local en su reducto, la liturgia futbolera imponía la obligación de marchar temprano al Julio Dante Salto para dar una mano donde hiciera falta.
Cuando nació el club, lafamilia Manríquez ya estaba instalada en el barrio. Eran Modesto Manríquez y su esposa Eloísa, que servía exquisitos chocolates a los niños del club. Ella fue durante muchos años la referente de la subcomisión de damas del club, con su hija Estela.
Manuel Adolfo Rosales fue un bahiense viajante de comercio que abarcaba un radio de visitas desde Río Colorado a Buta Ranquil. Viajaba a bordo de un cupé Ford 1941: conoció el valle con parada obligada en el Hotel Argentino –frente de la estación del ferrocarril- y el Hotel Confluencia en Neuquén. En 1948 comenzó a vincularse con el club San Martín. Ya en 1951 se radicó en la ciudad con su familia, en la esquina de Roca e Italia. Casi en la misma época, llegó el Dr. Salto y se integraron al club.
El autor del libro destaca la figura de Rigoberto Guzmán, oriundo de Las lajas, que llegó al valle con su mujer Amelia del Carmen Contreras. Vinieron porque don Guzmán traía recomendación para trabajar en La Mayorina. Luego trabajó en Chimpay, en la sodería de Perico García, que era dirigente del San Martín. La familia se ocupaba de mantener todo en condiciones, tiraban soga para que las líneas quedaran derechitas y las marcaban con una azada.
Historias de vida del Club “El León del Don Bosco” y todas las familias que aportaron su trabajo y esfuerzo para que terminara siendo un gran club. Historias cipoleñas de anécdotas y trabajo.