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Hay vida después de la muerte: tiene 94 años, sobrevivió a un terremoto y atiende un comercio en Cipolletti

Antonio vio morir a sus mejores amigos y rescató personas entre los escombros en la catástrofe de San Juan del ’44. Su conmovedora promesa.

Vio la muerte muy de cerca a los 12 años. Hoy asume y repite, casi a modo de cábala, que está por llegar su hora. Claro que ya no por una catástrofe histórica sino por una cuestión natural. Tiene, ahora, 94 años y pasaron más de ocho décadas de aquella tragedia en su pueblo -y provincia- que lo marcó para siempre.

Se lo ve bien, pese a sus agoreros pronósticos, lleno de vida a Antonio Canto. Contento, rodeado de afectos. Lúcido y activo. “Se hizo los estudios y está mejor que nosotros”, bromea su hija Griselda. Tanto que nos recibe detrás del mostrador del negocio de otro de sus cuatro descendientes, Ariel en pleno centro de Cipolletti.

“Me gusta porque todavía considero que sirvo para algo, suelo estar de cajero, de vez en cuando hago algo más”, señala tras cobrarle a un cliente.

Se salvó de milagro por un instinto materno

Recuerda con lujo de detalle lo que pasó aquel dramático día, el del sismo que partió la tierra en dos. Y lo comparte con los lectores de LM Cipolletti, en un testimonio que generará escalofríos y mucha emoción.

Se salvó de milagro por su puntualidad, que aún conserva, y obedecer la orden de su progenitora, a la que no le falló el instinto de madre. “Dos minutos más y yo también moría. Lo tengo muy presente al momento. Estaba frente a mi casa, con unos grandes amigos de la época (4 hermanos y un primo de ellos), sentados sobre tablón de albañil, sobre piso de adobe. Mi mamá me dijo ‘apenas oscurezca venís a casa’. A los que estaban conmigo les cayó la pared encima, lamentablemente fallecieron todos”, revela y se le hace un nudo en la garganta.

Una palmadita de Griselda y a seguir la charla que, en definitiva, pretende homenajearlo en vida como corresponde.

Todo sucedió el 15 de enero de 1944 en su querido Caucete, el pueblo donde nació y que resultó epicentro del terremoto que causó la muerte de más de 10 mil personas. El movimiento sísmico, con una magnitud de 7,4 grados en la Escala Richter, también fue percibido en las provincias de Córdoba, La Rioja, Mendoza y San Luis.

“Era pleno verano, ese día no hacía tanto calor. El clima estaba muy oscuro pesado, los gallos cantaban con furia, los perros ladraban, los gatos maullaban. Realmente era llamativo. Algo malo evidentemente estaba por pasar”, recuerda la previa del drama.

De repente, ruidos impresionantes, derrumbes, gritos, sangre, horror, muerte delante de sus ojos. Personas heridas gravemente en los propios brazos de su padre, que se vistió de héroe, y también en los suyos.

“Al frente de casa estaba llegando una familia de Rosario a visitar a sus parientes. Justo en ese momento, se desata el fenómeno y la rosarina corre hacia el patio con su hijita bebé en brazos. Le cae el techo encima, la mata pero alcanza a salvar a la hija colocando el codo. Mi padre empezó a socorrerla, sacó a la nena que increíblemente estaba bien, sin un rasguño, solo era sangre de la madre. Papá fue a la acequia, la lavó, no tenía nada por suerte. Empezó a auxiliar a amigos, vecinos, un desastre. Ponían los cuerpos uno arriba del otro en la puerta del hospital, entonces muchos preferían enterrarlos en el patio de la casa”, agrega y se muerde los labios.

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Dolor desgarrador. “También nos tocó remover escombros. Estuve sacando ladrillos junto a mis padres para rescatar gente, entre ellos mis amigos que un rato antes me habían pedido que me quedara con ellos un ratito más. Había un casamiento esa noche, se cayó toda la iglesia, ahí nomás hubo 300 muertos. Luego llegaron los saqueos, vi cómo fusilaban a un hombre por robar”, aporta cifras impactantes y el otro drama que dejó la desgracia.

La increíble historia de un nómade

El destino y sus ganas de progresar lo trajeron a Cipolletti al hombre que antes junto a su inolvidable esposa Guillermina Mathius anduvo por Santiago del Estero, donde llegó a ser intendente interino por imposición del gobierno de facto, Salta y Mendoza. En cada una de esos lugares tuvo un hijo (la primera falleció en Salta, donde nació Raúl, Ariel en Tunuyán, Griselda en San Juan y Silvana ya en Río Negro) y dejó excelente imagen.

Cómo fue la insólita experiencia en el rol de jefe comunal

“Gracias a Dios en todos los lugares me fue bien. En Loreto, Santiago del Estero llegué a Intendente, no tenían a quien poner el gobierno militar y yo era docente. Me ordenaron, de la nada, ‘usted se tiene que hacer cargo', una cosa de locos -risas-. Fueron 6 meses hasta que designaron el titular e hice lo que pude: el cementerio, arreglar los baños de las escuelas, escuchar las necesidades del pueblo”, desempolva la imperdible anécdota.

La manera en que llegó a Cipolletti, otra perlita deliciosa como lo que cocinaban para salir adelante. “Mi señora amasaba pan y yo lo vendía en la calle. Una tarde al pasar por el kiosco vi en el diario que buscaban una persona con estudio secundario para trasladarse a General Roca… No lo dudé y por suerte nos salió bárbaro”, celebra haber tomado la mejor decisión como confirman los hechos.

“Hidalgo Sola era la empresa, me dijeron mañana llega un camión de ropa, si se vende todo abrimos el local. Lo vendí en una semana con tal de no desaprovechar una chance así. Me nombraron gerente zonal, empezaron a abrir sucursales en la Patagonia y ahí preferí vivir en Cipolletti porque me gustó. Trabajé hasta que me jubilé y ahora le doy una mano a mi pibe en Todo Bulones”, rememora su trayectoria laboral en la región.

“Mis huesos van a quedar en Cipolletti”

Sumamente agradecido a nuestra ciudad, hace una promesa conmovedora: “Voy a dejar los huesos acá”. Hay dos frases populares que siempre tuvo en cuenta y cree que han sido la clave para vivir tanto tiempo y lograr ser apreciado por la gente. “Comer para vivir, no vivir para comer”, es una de esas premisas, la que pronunciaba su mamá a la hora de aconsejarlo.

“Haz el bien y no mires a quien y haz el mal y guárdate…”, es la otra que le repetía su padre y le quedó grabada.

Distinguido soldado ejemplar en la colimba, (el recuerdo de buena conducta se luce en el negocio), fue además tesorero del Rotary y asegura que no desentonada jugando al fútbol: “era un buen lateral derecho”.

Así pasó la hermosa historia de Antonio, un Canto a la vida.

Papá es un ídolo

Griselda Canto: “Papá fue maestro, tornero, director de escuela, intendente, gerente, el mejor soldado. Su hobby es trabajar, es la herencia que nos dejó. Siempre nos dijo gane quien gane las elecciones, nosotros tenemos que seguir trabajando. Y ahí lo ves, tiene 94 años y sigue trabajando, sentado en la caja, cobrando o anotando todo. Vamos a Bahía a visitar a mi hermana y se quiere volver ‘porque tengo que trabajar’, nos dice. Una vitalidad tremenda.

Antonio, junto a su recordada esposa y sus cuatro hijos.

Mi mamá era de San José de Jáchal, 150 kilómetros al norte de la capital de San Juan. Ella también era docente y se conocieron en la plaza, en aquella época iban los jóvenes, los varones caminaban en un sentido, las mujeres en el otro y al cruzarse si había onda se iniciaba la charla. Tiene 12 nietos, 3 bisnietos y otros 2 en camino. Si por él fuese seguiría manejando el auto, se arregla solo. Mamá partió hace 4 años y hasta último momento compartieron todo, casi 70 años de casados, Super laburantes y ahorrativos, recuerdo que ella había dejado una cajas de latas con vidrio redondo de galletitas en un mueble, papá venía y metía el sueldo ahí para comprar la casa. Es un grande. Es mi ídolo”.