Carlos López creció frente al estadio, vio pasar a las grandes figuras del fútbol argentino y es parte de la historia.
La Visera de Cemento recibe a cientos de hinchas cada vez que Cipo juega de local. Son muchos los que se encaminan al estadio desde Mengelle hacia O’Higgins o desde las vías hasta las puertas de la cancha. Sin embargo, desde hace 66 años hay un custodio del histórico escenario que vive del otro lado de la calle.
Carlos López se crio frente a La Visera y pasó toda su vida cerca del club. Mientras generaciones de jugadores, entrenadores e hinchas fueron pasando, él permaneció allí, viendo cómo cambiaban el estadio, el barrio y la ciudad. “Pasé cosas muy lindas. Cuando empecé a venir tenía 6 años y toda mi vida viví acá, enfrente de la cancha”, recordó a LM Cipolletti, en el marco de los 100 años del club Cipolletti.
El estadio quedó listo a principios de 1956, después del traslado desde el terreno donde hoy se encuentra la plaza San Martín. Cuatro años más tarde nació Carlos, que desde sus primeros días tuvo a La Visera a unos cuantos pasos. A los seis años comenzó a cruzar la calle para acercarse al club y sus ojos fueron testigos de una ciudad muy diferente a la actual.
“Enfrente de mi casa pasaba un canalcito y, cruzando las vías, el barrio Arévalo era todo chacra. En ese tiempo, la cancha se regaba con una fosa que había acá y se inundaba. Tendría 8, 9 años; abríamos las compuertas y se inundaba el césped”, relató.
El estadio fue parte de su infancia, pero también de la vida cotidiana de su familia. Durante años, el patio de su casa se convirtió en el destino de las pelotas que pasaban el paredón de la calle O’Higgins. Cada remate demasiado alto podía terminar del otro lado, donde Carlos estaba listo para salir a buscarla y devolverla.
“Me he cansado de devolver pelotas. Desde las Pintier, cuando recién salieron, cuando Cipolletti jugaba el Nacional con los grandes, River, Boca, Vélez, Chacarita y San Lorenzo. Todos los clubes pasaron por acá, así que siempre cumpliendo y devolviendo las pelotas”, contó.
En aquellos tiempos, las delegaciones visitantes llegaban con sus propias pelotas y no siempre regresaban con los bolsos llenos. “En ese tiempo la AFA traía seis pelotas y, si se perdía alguna, no se la cobraban al club. Por ahí algunas se perdían, qué sé yo. Siempre se volvían con alguna pelota menos para Buenos Aires”, dijo entre risas.
Carlos conoció a innumerables futbolistas, algunos que estuvieron de paso por Cipolletti y otros que terminaron convirtiéndose en símbolos de la institución. “De chiquito conocí a un montón de chicos que pasaron por acá, el Ruso Homann, el Mingo Perilli. Tengo un montón en la cabeza que han pasado, de acá de la región, que después saltaron a nivel nacional”, sostuvo.
Cuando Cipolletti disputaba los viejos torneos Nacionales, La Visera recibía a los equipos más importantes del país y a figuras que marcaron una época. Entre tantas imágenes, Carlos conserva una especialmente curiosa, protagonizada por Domingo Perilli y Ricardo Enrique Bochini.
“Una vuelta, cuando vino Independiente acá, se pusieron a hacer cabecita el Mingo con Bochini. Les tuvieron que sacar la pelota para que empiece el partido. Son anécdotas lindas”, recordó entre risas.
Su cercanía con el club también le permitió conocer desde muy pequeño a quien años después sería uno de los grandes referentes del Albinegro, Henry Homann. De hecho, podría decirse que por momentos fue su niñero.
“Igual que con el Ruso, yo tenía 13 años y él tendría 4 o 5 años, y el padre colaboraba desinteresadamente mucho con el club. A veces me decía: ‘Mirá, zurdito, ¿por qué no te vas a jugar con Henry? Está haciendo mucho lío acá’, así que me lo llevaba. En ese tiempo ya le pegaba fuerte a la pelota”, afirmó.
Aquella relación nació mucho antes de que el Ruso llegara a Primera, recorriera diferentes clubes y países y regresara a Cipolletti para convertirse en uno de los nombres más reconocidos de su historia.
Carlos tampoco se limitó a mirar desde enfrente. Con el correr de los años se involucró en distintas tareas, desde colocar las redes hasta acompañar a los planteles durante los partidos.
“Siempre colaborando con el club, de una u otra manera, poniendo las redes cuando Cipolletti ascendió. Después, con don Pedro Oses, él era el masajista y yo el aguatero. Andaba por todas las canchas”, aseguró.
Entre los recuerdos que guarda Carlos hay uno que lo lleva directamente a los años en que River visitaba Cipolletti. El Millonario llegó a La Visera y, entre sus acompañantes, apareció Haydée Luján Martínez, conocida como la Gorda Matosas, una de las hinchas más reconocidas del conjunto de Núñez.
“Una vez que jugó River, me encontré con una señora que estaba en la tribuna esa de cemento, hacía poco la habían inaugurado. Yo siempre venía antes, ayudaba a marcar la cancha. Ella llegó un sábado, se jugaba el domingo”, repasó.
Carlos estaba acostumbrado a pasar horas en el estadio. Aquel día se acercó a la tribuna y terminó sentado junto a una mujer a la que desconocía por completo.
“Me siento al lado de ella y me dice: ‘Hola, pibe, ¿vos sos de acá?’. ‘Sí, sí, vivo acá enfrente, vengo todos los partidos’. Y me preguntó: ‘¿Sabés quién soy yo?’. ‘No, la verdad que no sé’. ‘Yo vengo de Buenos Aires. Soy fanática de River, yo soy la Gorda Matosas’”, contó, todavía sorprendido por aquel encuentro.
La conversación no terminó allí y, lejos de cualquier rivalidad, la histórica hincha de River compartió con él un almuerzo improvisado frente al campo de juego.
“Justo entró un muchacho con una bandeja, uno grandote, morocho, y se la dio a ella. ‘¿Querés comer algo conmigo?’, me preguntó y agarró una pata de pollo y me la dio. Como esa, tengo varias anécdotas, son muchas”, mencionó.
En diferentes puntos del país hay hinchas que tienen la fortuna de vivir cerca del estadio de sus amores. Para algunos, la cercanía puede convertirse en un problema por el movimiento de los días de partido. Para Carlos, en cambio, siempre fue parte de su vida.
El ruido, las multitudes y los festejos nunca lograron modificar su cariño por el club, aunque reconoce que hay pequeños inconvenientes.
“A mí no, pero, por ejemplo, tengo animalitos y se van corriendo. Pero son cosas del fútbol, de la pasión, de todo lo que trae el fútbol. Pero, la verdad es que no nos han molestado”, afirmó.
En tantos años, también fue testigo de encuentros que se disputaban con una rivalidad mucho más intensa, sobre todo durante las campañas de ascenso.
“Cuando jugaba Huracán de Comodoro se armaba mucho lío, pero vivir cerca de la cancha a veces también tiene sus contras, cosas buenas y cosas malas. Por suerte, nunca pasó ninguna desgracia en mi casa”, reconoció.
Sin embargo, Carlos y su familia siempre tuvieron una premisa: los rivales no son enemigos. Una manera de entender el fútbol que mantuvieron incluso en los partidos de mayor tensión.
“Todos me conocían, incluso cuando vinieron de otro lado, del mismo Comodoro o de Mar del Plata. Por ahí me pedían algo para comer y, si yo tenía, les daba, así que siempre tratando de ser gentil con los que vienen de afuera”, afirmó.
Cipolletti está camino a cumplir sus primeros cien años y Carlos López forma parte de esa historia desde un lugar privilegiado. No necesitó vestir la camiseta en Primera ni levantar una copa para construir su vínculo con el club. Le alcanzó con cruzar la calle.
Desde aquel niño que abría las compuertas para regar el césped hasta el hombre que hoy sigue viviendo frente al estadio, pasaron jugadores, entrenadores, ascensos, derrotas y generaciones enteras de hinchas.
“Es mi amor, mi pasión, todo. Todo en lo que pueda ayudar, siempre estoy ahí, con el Club Cipolletti. La verdad que me emociona mucho lo que está pasando ahora, es muy lindo. Hoy tengo 66, dos hijos, uno de 37, mi hija de 32 y mi nietita. Y siempre cerca de La Visera”, dijo con emoción.
Y para que no queden dudas de su pasión, hay algo que a muchos les molesta y les genera sufrimiento: el pelotazo en el patio. Para él, en cambio, es parte de sus tareas cotidianas. Cuando alguien tire una pelota por encima del paredón de O’Higgins, seguramente aparecerá Carlos para recuperarla. Sin apuro y con una sonrisa, devolverá el balón, sin importar cuántas veces tenga que hacerlo.
De hecho, durante el partido ante Sol de América, una pelota quedó atrapada en un árbol y, escalera mediante, él mismo la bajó.
“Cuando quieran seguir el partido, vayan a buscar alguna pelota a casa. Hace poquito quedó una arriba de un árbol, agarré una escalera y con un fierro la saqué antes que se fueran los chicos. Acá están tranquilos siempre que caen para el lado mío”, concluyó.