Tiene 62 años, nació y se crio en el barrio Don Bosco, es mamá, abuela y está jubilada. Sin embargo, sigue trabajando porque lo disfruta.
Mabel nació en Cipolletti y creció en el barrio Don Bosco junto a sus seis hermanos. Cuando recuerda aquellos años habla de una niñez hermosa, de una familia grande y de una época que todavía conserva en la memoria con especial cariño. Desde muy joven tuvo, además, un deseo que parecía claro: quería estudiar Medicina. Su padre tenía una idea muy concreta para sus hijos y siempre les decía que quería verlos con un título. Pero en aquellos años la posibilidad de estudiar una carrera universitaria no era sencilla. Medicina significaba irse hasta otra provincia y sus padres no estuvieron de acuerdo con que una de sus hijas se marchara lejos.
El sueño quedó pendiente y la vida siguió. Se casó con quien todavía hoy es su compañero de vida, con quien lleva 43 años, y llegaron sus tres hijos. Para Mabel, ser madre significaba también estar presente. Por eso buscó trabajos que le permitieran acompañarlos y durante un tiempo se dedicó a limpiar casas. Era una manera de tener ingresos y, al mismo tiempo, poder organizar sus horarios alrededor de sus hijos.
Cuando tenía apenas 23 años apareció una situación que modificaría para siempre su relación con la salud. Le diagnosticaron lupus. Era una mujer muy joven y tuvo que empezar a conocer una enfermedad que hasta entonces le resultaba ajena. En ese momento fue atendida por el doctor Manzano, quien le explicó qué implicaba vivir con lupus.
Para Mabel, aquella explicación médica tuvo también otro efecto: volvió a aparecer en su vida aquella vieja inquietud por la medicina, aquella vocación que había quedado guardada desde la adolescencia.
Fue entonces cuando decidió estudiar para auxiliar farmacéutica. Lo hizo mientras atravesaba la enfermedad y, poco a poco, comenzó a acercarse al mundo de las farmacias. Encontró allí una manera posible de estar vinculada con aquello que siempre le había interesado: la salud y el cuidado de las personas.
Durante ese período también se acercó cada vez más a la fe. Había sido católica, pero con el tiempo tomó otro camino religioso y encontró allí una forma de sostenerse frente a las dificultades. Tres años después de aquel diagnóstico, los controles comenzaron a dar negativos y, según recuerda Mabel, el lupus dejó de aparecer en sus estudios. Ella interpreta ese momento de su vida como un milagro de Dios y la fe pasó a ocupar un lugar todavía más importante en su historia.
Sin embargo, hubo una tragedia familiar que dejó una marca todavía más profunda. Hace 37 años, un accidente ocurrido en el barrio La Paz de Cipolletti cambió para siempre la historia de su familia. Su hermana Mirta cruzaba la calle junto a su pequeña hija Marielita cuando fueron atropelladas por un policía que circulaba en un automóvil. La niña murió en el acto y Mirta sobrevivió, pero quedó en estado vegetativo durante muchos años, hasta su fallecimiento.
Mabel recuerda aquel episodio como un quiebre abrupto. La muerte de su sobrina y el estado en el que quedó su hermana afectaron profundamente a toda la familia y, con el paso del tiempo, nada volvió a ser exactamente igual. Cuando cuenta esa parte de su vida, la emoción todavía aparece. No se trata solamente de un recuerdo doloroso, sino de una historia familiar que atravesó generaciones y que dejó heridas difíciles de explicar.
Del vínculo de Mirta quedó también un hijo, el sobrino de Mabel, con quien ella mantiene una relación cercana. Él creció marcado por aquella tragedia y durante un tiempo estuvo atravesado por la tristeza y el enojo. Pero muchos años después ocurrió algo que Mabel recuerda especialmente: antes de morir, el hombre que había protagonizado aquel accidente logró encontrarlo y le pidió perdón por lo ocurrido.
Para Mabel, aquel pedido de perdón forma parte de una historia mucho más grande, en la que aparecen el dolor, el paso del tiempo, la fe y la posibilidad de perdonar. Nada podía cambiar lo que había sucedido con Marielita, ni devolverle a su hermana los años de vida que quedaron condicionados por aquel accidente, pero aquel encuentro significó algo para su sobrino y también quedó guardado en la memoria de Mabel.
En medio de esa historia familiar también llegó la maternidad. Una de las cosas que más recuerda es que su sobrina Marielita siempre le decía que iba a tener una nena. Y Mabel finalmente tuvo una hija, Lorena. La vida, con sus coincidencias y sus vueltas inesperadas, terminó dejando otro hilo entre aquella niña que murió y la familia que siguió adelante.
Mabel tiene además dos hijos varones y cinco nietos. Una de sus hijas es pediatra, y esa profesión inevitablemente vuelve a conectarla con aquel sueño de juventud. Ella quiso ser médica y no pudo. Su hija sí llegó a serlo. No hace falta que Mabel lo explique demasiado: hay algo de aquella vocación que parece continuar, de otra manera, en su familia.
Ella encontró su propio camino en la farmacia. Hoy, aunque ya está jubilada, continúa trabajando en Farmacia Norte, en la esquina de La Esmeralda y Arenales. Y cuando habla de ese trabajo no lo hace desde la obligación de quien necesita mantenerse ocupada, sino desde el entusiasmo de alguien que todavía disfruta de lo que hace.
La farmacia se convirtió en mucho más que un lugar de trabajo. Allí construyó vínculos y desarrolló una forma particular de atender, basada en la paciencia, la empatía y el conocimiento de quienes llegan todos los días buscando un medicamento.
Lo demuestra especialmente con los pacientes que tienen enfermedades crónicas. Si sabe que una persona necesita un determinado medicamento todos los meses, intenta dejarlo preparado para que no tenga que ir y venir innecesariamente. También conoce las dificultades económicas que atravesaban muchos jubilados, que llegan preocupados porque no pueden afrontar el costo de sus remedios. También hay jubilados que la esperan a ella para que les aplique las vacunas correspondientes.
Esa manera de trabajar tiene mucho que ver con la vocación que alguna vez la llevó a querer estudiar Medicina. Mabel no pudo convertirse en médica, pero terminó construyendo una profesión vinculada a la salud en la que el trato con el otro ocupa un lugar central. Quienes la ven detrás del mostrador de la farmacia encuentran a una mujer amable, de voz dulce y pausada, que escucha, recuerda y conoce a sus clientes.
Fuera de la farmacia también encontró espacios para cuidarse a sí misma. Le gusta cantar y asegura que hacerlo la ayuda a distraer la cabeza. Comenzó vinculada al coro de la iglesia y con el tiempo siguió tomando clases de canto. También va al gimnasio y mantiene esas actividades como parte de su rutina.
A los 62 años, Mabel mira su vida desde un lugar en el que conviven muchos caminos que alguna vez parecieron separados. Está aquella niña del barrio Don Bosco que quería estudiar Medicina; está la joven que recibió un diagnóstico de lupus y decidió estudiar de todos modos; está la madre que eligió trabajos que le permitieran estar cerca de sus hijos; está la mujer que atravesó una tragedia familiar que todavía le provoca lágrimas; está la creyente que encontró en la fe una forma de sostenerse y está la auxiliar farmacéutica que, aun jubilada, continúa detrás de un mostrador atendiendo a quienes necesitan un medicamento.
Quizás su sueño de ser médica nunca desapareció del todo. Simplemente encontró otra forma de realizarse. Porque Mabel no cura enfermedades, pero conoce a quienes las padecen. No prescribe tratamientos, pero sabe qué medicamento espera cada persona que entra a la farmacia. No lleva adelante una consulta médica, pero muchas veces es quien escucha primero la preocupación de una persona que llega buscando ayuda.
Y allí, entre cajas de medicamentos, nombres conocidos y conversaciones cotidianas, aquella vocación que nació en una niña de Cipolletti parece haber encontrado finalmente su lugar.