La historia de una madre que construyó un hogar con años de trabajo y hoy necesita volver a empezar junto a sus cuatro hijos
En una fotografía tomada en 2019, Mabel sonríe con la bandera argentina entre las manos. Acaba de terminar la secundaria nocturna en el CENS 21 y fue elegida abanderada de su promoción. Tiene cuatro hijos y trabaja como empleada doméstica. Está convencida de que nunca es tarde para volver a empezar.
Después de la pandemia dio otro paso: inició la carrera de Recursos Humanos. Mientras sostenía a su familia con su trabajo, también fue levantando, de a poco, la planta alta de su casa para que cada uno de sus hijos tuviera su propio espacio.
Ese sueño quedó reducido a cenizas el martes 23 de junio a las 15. Un cortocircuito provocó un incendio que destruyó por completo la planta alta de la vivienda ubicada en la esquina de Cinco Saltos y Primeros Pobladores, en el barrio Juventud y Desarrollo. Allí dormían Nahiara, de 21 años; Alma, de 18; Juani, de 14; y Benjamín, de 10.
En apenas unos minutos desaparecieron camas, colchones, ropa, calzado, útiles escolares, muebles y recuerdos acumulados durante años. Todo ocurrió en un abrir y cerrar de ojos: aquella tarde, Nahiara y Benjamín estaban en la casa cuando escucharon un fuerte ruido. Pensaron que eran los gatos. Al subir, descubrieron que una de las habitaciones ya estaba en llamas.
Según reconstruyó la familia, un cable deteriorado de un alargue habría sufrido un golpe de tensión que generó un chispazo sobre un colchón de goma espuma. El fuego avanzó con una velocidad imposible de contener.
“Mi hermano me gritó que se estaba prendiendo fuego mi cama. Quise entrar, pero el fuego me vino de frente. Fue rapidísimo. Me quemé el pelo y las cejas”, recuerda Nahiara.
En medio del humo hubo un gesto que la familia no olvida. Benjamín logró sacar a “La Messi”, la perra de la familia, antes de que el humo cubriera toda la vivienda. Poco después llegó Alma, que reaccionó rápido y comenzó a pedir ayuda mientras los vecinos llamaban a los bomberos.
Mabel estaba trabajando cuando recibió el llamado que ninguna madre quiere escuchar: “Mami, se prende fuego la casa”. Un compañero le prestó un auto, ya que ella anda en bicicleta y regresó de inmediato. Al llegar encontró a sus hijos y a los vecinos entrando y saliendo para rescatar lo que todavía podía salvarse.
Gracias a esa red de ayuda lograron sacar la heladera, la cocina, el lavarropas, la mesa, las sillas y parte de los muebles del piso inferior. Los bomberos lograron contener el fuego antes de que alcanzara el resto de la vivienda.
Al día siguiente, entre los restos ennegrecidos, Nahiara encontró una sola fotografía intacta: una imagen junto a Luciano, su novio desde hace un año y medio. Él había dejado su trabajo como repartidor de agua para ayudar a la familia durante la emergencia. Cuando volvió al día siguiente, fue despedido. Hoy, en medio de la precariedad, ambos intentan rearmarse mientras ella sigue buscando trabajo.
La vida cotidiana también cambió. La familia duerme en la planta baja sobre colchones prestados por vecinos. Los más chicos pasan algunas noches en la casa de su padre porque ya no hay espacio para todos. El barrio no tiene gas y la única forma de calefaccionarse es con una estufa a leña, en pleno invierno, cuando el frío vuelve más difícil cada día.
Mabel no suele hablar de sí misma. Prefiere agradecer. Agradece a los vecinos que entraron cuando todos salían, a quienes acercaron colchones, ropa y alimentos, y a quienes siguen pasando a preguntar qué hace falta. Mientras habla, abre uno de los roperos que sobrevivieron al incendio y revisa lo poco que quedó. Entre la ropa chamuscada aparece una pequeña prenda rosa, manchada de hollín. La sostiene unos segundos y baja la mirada.
“Perdí todo… hasta los recuerdos de cuando las nenas eran chiquitas”, dice.
La frase queda suspendida en el aire. Afuera, el frío golpea con fuerza. Adentro, el olor a humo todavía se mezcla con la leña que intenta calefaccionar la casa. Sobre colchones prestados, la familia vuelve a compartir el mismo espacio. Entre mates, vecinos que entran y salen con donaciones y “La Messi” caminando de un lado a otro, también vuelven las primeras risas.
Porque hay pérdidas que pueden reconstruirse con el tiempo. Otras no. Mabel lo sabe. Aun así, mientras guarda esa pequeña prenda rosa, ya piensa en cómo volver a levantar, una vez más, la casa que construyó con años de trabajo para sus cuatro hijos. Sin embargo, esta vez no podrá hacerlo sola. La familia se quedó prácticamente con lo puesto y necesita de la solidaridad para volver a empezar.
Para levantar el techo y reconstruir las habitaciones se solicitan donaciones de materiales de construcción, así como también ropa y calzado para los chicos. Quienes deseen colaborar con la reconstrucción de este hogar pueden coordinar donaciones o realizar un aporte a nombre de Mabel. Cualquier ayuda, por mínima que sea, es el ladrillo que falta para devolverles su espacio.
Alias: Mabel.Ponce.84.
Nombre del titular: Lidia Mabel Ponce.
Número de cuenta: CA $ 14951978651610.