Con 72 y 76 años siguen, junto a sus hijas, al frente del mítico comercio. Las anécdotas y la emoción de estos queridos vecinos que son el uno para el otro. Cómo subsisten en el rubro y se reinventan como pareja.
Parecen dos noviecitos que recién empiezan la relación. Se toman de la mano, se miran tiernamente, se ríen. Con un pequeño detalle: llevan 52 años de casados y trabajaron -hasta el día de hoy- toda la vida juntos sin acusar el desgaste en tiempos en que abundan los divorcios y las parejas cada vez se toleran menos. “Nos conocimos en una de mis presentaciones como músico, cantaba en una banda -Nueva Vida- y tenía pelo largo pero me lo corté antes de ir a pedirle la mano a mi suegro”, admite él entre risas.
“Pasar las 24 horas juntos, como pareja, nos ha ayudado un montón. Nunca hubo problemas serios entre nosotros. Más allá de pavadas cotidianas, ‘esta galletita va acá’, ‘no mejor allá’, de eso no pasa”, confiesa ella antes de posar para las fotos de LM Cipolletti.
Caso sorprendente si los hay, María Cristina Oses (72 años) y Edgardo Américo Illesca (76), conocido popularmente como Pollo, tienen “cinco hijos” y el kiosco, “que para nosotros es como uno más de la familia”, coinciden.
Se refieren al mítico Norte 55, de Mengelle 1258, casi esquina Ituzaingó, el tradicional comercio cipoleño en el que desde inicios de 1993 transcurre gran parte de la vida de estos queridos vecinos de nuestra ciudad.
Es decir, 33 años al servicio de la comunidad, que los reconoce y los estima al punto de que “no nos dejan ir de vacaciones, cuando llega la época del descanso nos piden que no cerremos”, revelan agradecidos a los fieles clientes.
Orgullosamente cipoleños y fanáticos del Albinegro, ella es hija de Pedrito Oses, recordado masajista de Cipolletti y él de Pedrito Illesca, quien fuera canchero y utilero de la popular entidad. Justo el día que el club de sus amores cumplió 100 años de vida, recibieron al equipo de LM Cipolletti para compartir su bella historia.
“Siempre la luchamos a la par, incluso antes del kiosco. Hasta que a Américo lo despidieron de Massalin Particulares -la distribuidora de Marlboro-, yo tenía el emprendimiento en casa, hacía pan casero y él al regresar salía a repartir en la motito. Volvía de la Pepsi Cola, la embotelladora Comahue y a las 12.10 yo le tenía bolsita llenas de panes caseros listas. Así trabajábamos los dos y a la noche pegábamos ladrillos, hacíamos contrapisos, colocábamos ventanas…”, repasa la mujer aquellos comienzos a puro esfuerzo.
Un paso importante fue cuando Américo “pasó de ser obrero de la Pepsi a oficinista de Olivetti. Mejor sueldo, mejores condiciones, pudimos avanzar. Luego llegó lo de Marlboro”, resume y le vende golosinas a un adolescente cuyo padre “venía a comprarnos a su misma edad”.
Encontraron su Norte laboral justamente en el kiosco que lleva ese nombre. “Un día pasó por el kiosco, que llevaba unos 20 años en funcionamiento, llegó a casa y nos dijo ‘tengo que hablar con ustedes, a partir de ahora todos tienen trabajo... ¡Era nuestro, que alegría!'.
"Fue el 18 o 19 de enero de 1993. Recuerdo que Grecia había cumplido un año, se crió adentro del kiosco y por eso lo ama tanto. Todos mis hijos se perdieron parte de la adolescencia por atender el comercio, Unos 20 años lo trabajamos de 7 de la mañana a 12 de la noche. Iban a la escuela, le pagamos los viajes de egresados, la fiesta de 15 con el negocio”, valora Cris al repasar la trayectoria.
Américo tenía ciertos vínculos con el sector y conocimientos del rubro ya que “como era cigarrero visitaba todos los kioscos de la zona”. Hasta que tuvo el propio. Primero el fondo de comercio y luego el local. Desde entonces “estamos más tranquilos, no tenemos que pagar el alquiler. Nuestras hijas mujeres lo trabajan aún hoy a la par nuestra”. Se refieren a Soledad, María Lura y Grecia, ya que los varones, “Marcelo y Cristian” trabajan en otro lugar.
La actividad laboral se entremezcla con el rol de abuelos. “Día por medio cuidamos a una de las nietita, temprano. Luego el otro nieto viene del colegio, en verdad lo vamos a buscar y lo traemos a almorzar”, señalan. Tienen 11 nietos y 3 bisnietos, “hace 10 días llegó la más reciente” cuentan y una clienta que se entera a la pasada los felicita.
“Fue uno de los primeros kioscos que tuvo teléfono público, la gente venía a hablar e involuntariamente escuchábamos todo, discusiones familiares, tristezas, noviazgos… ¡De todo! Fue muy loco”, señalan a modo de anécdota.
Con el correr de los años, la afinidad con los clientes históricos les permitió ganarse la confianza total de ellos. “Siempre fuimos una especie de psicólogos de los clientes de años. Le sabemos toda la vida, preocupaciones, así que siempre estamos charlando con ellos, animándolos”.
Se divierten al evocar viejos tiempos. Recuerdos que despiertan nostalgias. Como aquellas inolvidables vacaciones en masa. “Américo compró un camión para trabajar a la par del kiosco, hacía fletes y en enero cerrábamos el kiosco por vacaciones y nos íbamos todos atrás del camión a Las Grutas. Con los hijos, novias de hijos, amigos… Iban atrás los pibes, lo cerramos con lonas, todos juntos, chochos. La pasábamos re bonito”, comentan y le venden un atado de puchos a un personaje de la zona.
Kiosco Norte 55 (“cuando lo compramos se llamaba Norte y como nosotros siempre estuvimos con la música y el 55 en la quiniela es la música, le agregamos ese número”), subsiste a pesar de que creció la competencia. En parte, gracias a la fidelidad de los vecinos.
“Es hermoso cuando vienen con sus hijos a comprar figuritas. ‘Mirá yo venía al kiosco desde cuando era como vos’, le dicen a los chicos. Otros vienen con el título, recién recibidos, re felices de vernos. Nos cuentan ‘acá venía a comprar mi pistola sebita…’, acá compraba las rhodesias para la escuela".
El fuerte del polirubro sigue siendo “la venta de cigarrillos. Eso sí, se nota la crisis, los que fumaban Marlboro, ahora compran cigarrillos sueltos, baratos. Tenemos de todo, hilo de bordar, destornillador, regalos, bijouterie, lo que busques”.
“En los mejores años trabajábamos todos los días, ahora los domingos no abrimos. Para Navidad comprábamos pollos, poníamos en el fondo la mesa como podíamos y brindábamos ahí. Después en la vereda, llevábamos la mesa y repetíamos el 'chin-chin' con clientes que venían y nos quedábamos hasta la madrugada”, rememoran con inevitable melancolía estos vecinos del barrio Brentana.
“Eternamente agradecidos a Cipolletti, por permitirnos conformar una familia, estar felices. Cierro los ojos y me veo debajo de la tribuna de Cipo de pibe -dice Américo con emoción-. Mucho esfuerzo, nos encomendamos a Dios para salir adelante”, se despide reconfortado.
“Para nosotros el kiosco es nuestra vida, mi hijo dice 'no vengas más, quédate en la casa', pero si lo dejo me enfermo. Américo también está un poquito cansado, pero esto nos ayuda, nos hace estar lúcido, vitales. Los domingos cuando estamos en casa extrañamos, los clientes son amigos, el kiosco es la vida para nosotros”, resumen en el final.
Para ellos, nada es como trabajar juntos a la par. Y van por más.